El “Laboratorio de Energía Atómica U-238” de Gilbert. ORAU

Durante un tiempo, los juegos y kits de química como regalo para los más pequeños eran bastante comunes. En Estados Unidos, por ejemplo, causaron un gran furor en la primera mitad del siglo XX. ¿El problema? Que ciertos materiales en poder de los niños pueden resultar muy peligrosos.

Lo cierto es que hoy siguen existiendo este tipo de juegos, pero tienen muy poco que ver con los kits de hace varias décadas, auténticos juguetes “científicos” que podían ocasionar daños irreparables.

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Posiblemente, el aumento de popularidad de estos kit de química se remonta a principios de la década de 1920, cuando el fabricante Alfred Carlton Gilbert llegó con una nueva línea de negocios. Magia y ciencia siempre iban de la mano, por lo que uno de los primeros juegos consistía en hacer desaparecer oro en el agua.

Imagen: Gilbert Heritage Society

¿El problema? Que para ello se necesitaba una generosa dosis de cianuro de sodio en un vaso de agua. Además de disolver el oro, el cianuro (también un veneno muy rápido) podía llegar a matar con unos cientos de miligramos.

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Gilbert no solo vendió kits de química a los más pequeños, también suministró sets con sopletes, varillas de vidrio e instrucciones para fabricar hardware de laboratorio como tubos de ensayo. ¿El problema? Que a las habilidades artesanales para los futuros químicos, se podrían sumar quemaduras de tercer grado por modelar los cristales.

Imagen: Chemical Heritage Foundation Collections

Más tarde apareció el “Laboratorio de Energía Atómica U-238” de Gilbert, el cual se vendió brevemente entre 1951 y 1952, y fue lo suficientemente caro como para mantenerlo fuera del alcance de todos menos de los más niños con padres pudientes.

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El kit incluía una lista de materiales para iniciar a los más pequeños en el apasionante mundo de la energía atómica, por ejemplo: cuatro tipos diferentes de mineral de uranio (con sus isótopos produciendo radiación alfa, beta y gamma), un contador Geiger, un electroscopio para detectar una carga, un fonendoscopio o un manual del gobierno titulado “Prospección para el uranio”, para reclutar jóvenes ciudadanos en la búsqueda de nuevos recursos nucleares.

Por cierto, los minerales venían en frascos de vidrio con una advertencia estricta de que no se retiraran, y que era poco probable que fueran una preocupación para la salud a menos que el frasco se rompiera o haya sido accidentalmente ingerido, algo que los niños “nunca” hacen.

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Es probable que hoy exista mayor seguridad que en la época “dorada” de Gilbert, pero siguen dándose incidentes. En el año 2007 se encontró que algunos kits de juguete CSI: Forensic Lab contenían asbesto. Luego, en el 2011, un juego de química proponía más de 60 actividades “fáciles” que requerían que los pequeños acudieran a la despensa en busca de compuestos para mezclar.

Dicho esto, hace tiempo que existen leyes que regulan este tipo de productos antes de llegar al mercado. En 1969, Estados Unidos lanzó la Ley de Seguridad de los Juguetes, poniendo fin a muchos de los materiales tóxicos (como el plomo) que se incluían, así como otros elementos peligrosos que podrían provocar descargas eléctricas, quemar o incluso irradiar a los niños. [ScienceAlert]