Todas las familias parecen conocer a uno. El ventilador empieza a hacer un ruido preocupante, el mando a distancia deja de responder y una pata de la silla amenaza con separarse del resto. Mientras alguien propone comprar uno nuevo, el padre de la casa ya ha aparecido con un destornillador, una caja llena de tornillos imposibles de clasificar y la seguridad de que todavía puede arreglarse.
Desde fuera, la escena puede parecer una mezcla de tacañería, terquedad y dificultad para aceptar que algunos objetos han llegado al final de su vida. Sin embargo, reducirla únicamente al dinero deja fuera algo importante: las cosas que utilizamos durante años pueden acumular recuerdos, representar etapas familiares y convertirse en pruebas materiales de que todavía somos capaces de resolver problemas.
Eso no significa que la psicología haya identificado una especie de “instinto reparador paterno”. El artículo de The Economic Times que popularizó esta idea relaciona el comportamiento con teorías sobre identidad, utilidad personal y concentración, pero no cita una investigación que haya estudiado específicamente a padres que arreglan electrodomésticos. La explicación resulta verosímil, aunque es más una interpretación de distintos conceptos psicológicos que una conclusión científica directa.
La psicología no ha estudiado al “padre del destornillador” como una categoría universal

No todos los padres reparan cosas, ni todas las personas aficionadas a arreglarlas son hombres o tienen hijos. La conducta también depende de la educación, la economía familiar, la disponibilidad de herramientas, la cultura y la facilidad con la que un producto puede abrirse sin quedar destruido.
De hecho, un estudio publicado en 2025 en la revista Circular Economy and Sustainability analizó las decisiones de reparación relacionadas con ropa, muebles y aparatos electrónicos. Según los investigadores Jens Dorland y Michael Søgaard Jørgensen, el dinero continuaba siendo la motivación más importante, aunque el apego al producto y la percepción de que podía repararse también influían significativamente.
Por tanto, a veces un padre arregla la tostadora porque no quiere gastar en otra. No hay nada psicológicamente misterioso en ello. Pero incluso una decisión que comienza como ahorro puede transformarse después en algo emocional: cuanto más tiempo, atención y esfuerzo se invierte en un objeto, más difícil puede resultar tratarlo como algo desechable.
Una silla vieja puede contener más recuerdos que madera
Las posesiones no tienen únicamente un valor funcional. También pueden actuar como extensiones de nuestra identidad y como recordatorios físicos de personas, lugares y etapas de la vida.
Tal como explica la Asociación Estadounidense de Psicología a partir del trabajo del investigador Russell Belk, los objetos que poseemos pueden incorporarse a la imagen que tenemos de nosotros mismos. Una herramienta heredada, una mesa construida para la primera casa familiar o una radio utilizada durante décadas no son intercambiables por artículos nuevos, aunque estos funcionen mejor.
La reparación permite conservar ese vínculo sin condenar el objeto a permanecer guardado e inutilizable. Un análisis publicado en la revista Memory, Mind & Media estudió precisamente cómo la restauración de pertenencias familiares puede reactivar recuerdos autobiográficos. Según el investigador Christopher McCarroll, muchos objetos de escaso valor económico se conservan porque funcionan como portadores del pasado y conectan a sus propietarios con familiares, experiencias y relatos compartidos.
El estudio explica que reparar esos objetos no solo devuelve su función. También refuerza su capacidad para provocar recuerdos mediante la vista, el tacto, el sonido e incluso el olor. Una silla restaurada vuelve a ocupar su lugar en la casa; una radio reparada vuelve a sonar; un reloj heredado vuelve a marcar el tiempo. El objeto deja de ser un recuerdo inmóvil y puede participar nuevamente en la vida familiar.
En ese sentido, reemplazarlo no ofrece necesariamente una solución equivalente. Una lámpara nueva puede iluminar mejor, pero no contiene las noches de estudio, las conversaciones o las mudanzas que quedaron asociadas con la anterior.
Arreglar algo también sirve para demostrar que todavía puedes hacerlo

Existe otro mecanismo que ayuda a explicar la insistencia. Reparar exige diagnosticar un problema, utilizar habilidades y conseguir un resultado visible. Cuando funciona, produce una pequeña confirmación de competencia: algo estaba roto y, gracias a la propia intervención, ha vuelto a servir.
Esta idea aparece en el conocido “efecto IKEA”. En una serie de experimentos, Michael Norton, Daniel Mochon y Dan Ariely comprobaron que las personas otorgaban más valor a objetos que habían ensamblado ellas mismas que a productos idénticos construidos por otras personas. Según el trabajo publicado en el Journal of Consumer Psychology, el efecto aparecía cuando la tarea se completaba con éxito; fracasar o deshacer el trabajo eliminaba buena parte de esa valoración adicional.
Reparar no es exactamente lo mismo que construir, pero comparte dos elementos: la inversión de esfuerzo y la sensación de haber producido un cambio concreto. Después de desmontar, comprender y recomponer un objeto, este ya no es únicamente “la vieja cafetera”. También es la cafetera que alguien consiguió salvar.
En el caso de algunos padres, esa competencia puede entrelazarse con la identidad familiar. De acuerdo con una revisión publicada por la revista de psicología In-Mind, una identidad paterna fuerte suele relacionarse con comportamientos como proveer, cuidar, enseñar y asumir responsabilidades. El concepto de generatividad describe precisamente la necesidad adulta de contribuir al bienestar de las siguientes generaciones.
Arreglar una bicicleta, enseñar a utilizar una herramienta o mantener funcionando algo necesario puede encajar en esa identidad. No porque todos los padres expresen afecto de esa manera, sino porque algunas personas han aprendido a demostrar cuidado mediante acciones prácticas antes que con palabras.
Reparar puede ser amor, ahorro o simplemente costumbre
Resulta tentador convertir cada arreglo doméstico en una gran metáfora emocional. La realidad suele ser menos perfecta. Algunas personas reparan por conciencia ambiental; otras porque crecieron en épocas de escasez; otras disfrutan resolviendo problemas y muchas simplemente saben que el modelo antiguo era mejor que el nuevo.
El apego tampoco siempre es saludable. Conservar objetos irreparables, acumular piezas sin utilidad o gastar mucho más de lo que costaría un reemplazo puede generar conflictos. Y una reparación improvisada en aparatos eléctricos, instalaciones de gas o elementos estructurales puede ser peligrosa cuando no se poseen los conocimientos necesarios.
Pero la imagen del padre empeñado en salvar una silla vieja tampoco debería descartarse automáticamente como tacañería. En ocasiones está protegiendo dinero. En otras, una historia. Y, muchas veces, ambas cosas al mismo tiempo.
Porque después de años de ajustes, pegamento y tornillos sustituidos, el objeto termina conservando algo que ningún producto recién salido de una caja puede incluir: la prueba de que alguien de la familia se negó a darlo por perdido.