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Ciencia

España llenó sus montes de eucaliptos para tener madera rápida y barata. Décadas después, la ciencia confirma que muchas de esas plantaciones funcionan como un desierto verde para las aves

Un estudio de la Universidade de Santiago de Compostela y el CSIC analizó 240 parcelas en el Parque Natural das Fragas do Eume. La conclusión es contundente: cuanto mayor es la presencia de eucalipto, menor es la riqueza y abundancia de aves forestales autóctonas.
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Durante décadas, el eucalipto pareció una solución perfecta para el monte del noroeste español. Crece rápido, se corta en turnos cortos, alimenta la industria de la celulosa y ofrece rendimiento económico en zonas rurales donde muchas alternativas fueron desapareciendo. Visto desde una hoja de cálculo, era casi imbatible.

Visto desde el bosque, la historia es bastante más incómoda.

Según Arbolapp, una herramienta del Real Jardín Botánico-CSIC y la FECYT, las especies de Eucalyptus presentes en España son introducidas, proceden de forma natural sobre todo de Australia, Tasmania y Nueva Zelanda, y se plantan profusamente por su rápido crecimiento, especialmente para pasta de papel y carbón vegetal. La misma ficha recuerda que algunas especies naturalizadas ya figuran en el Atlas de plantas alóctonas invasoras en España.

Ahora, un estudio publicado en Forest Ecology and Management ha puesto números a una sospecha antigua: para muchas aves, un eucaliptal no funciona como un bosque autóctono. Funciona más bien como una plantación productiva con muy pocos recursos ecológicos. El trabajo, firmado por Fernando García-Fernández, María Vidal, Adrián Regos y Jesús Domínguez, comparó 240 parcelas de bosques nativos y plantaciones de eucalipto en el noroeste ibérico.

El coste ambiental del omnipresente eucalipto

El escenario elegido no es cualquiera. El estudio se centró en el entorno del Parque Natural das Fragas do Eume, uno de los grandes refugios del bosque atlántico costero en la Península Ibérica. Allí, las plantaciones de eucalipto conviven con fragmentos de bosque autóctono, lo que permite comparar de forma bastante directa qué ocurre con las aves en uno y otro paisaje.

La diferencia fue clara. De acuerdo con el artículo, la estructura y composición vegetal de los bosques nativos y de los eucaliptales difiere de forma sustancial, y tanto la riqueza de especies como la abundancia de aves fueron significativamente más bajas en las plantaciones de eucalipto. La proporción de eucalipto apareció como el predictor más fuerte de esa reducción.

Dicho de forma simple: cuanto más eucalipto domina una zona, menos aves forestales consigue sostener. No porque los pájaros tengan una cruzada estética contra el árbol australiano, sino porque el sistema ofrece menos alimento, menos refugio y menos lugares adecuados para reproducirse.

Un árbol grande no siempre hace un bosque

España llenó sus montes de eucaliptos para tener madera rápida y barata. Décadas después, la ciencia confirma que muchas de esas plantaciones funcionan como un desierto verde para las aves
© Getty Images / Alf Ribeir.

El punto clave del estudio es que los eucaliptos maduros no sustituyen a los árboles autóctonos maduros. Pueden tener tamaño, sombra y presencia en el paisaje, pero no cumplen las mismas funciones para la fauna.

Según el trabajo publicado en Forest Ecology and Management, los árboles nativos maduros fueron esenciales para sostener especies forestales, especialmente aquellas vinculadas a ecosistemas de bosque maduro. En cambio, los eucaliptos maduros no funcionaron como sustitutos adecuados y solo beneficiaron a un pequeño subconjunto de especialistas forestales.

Esto afecta especialmente a aves que dependen de insectos y de cavidades naturales. Un roble viejo, un castaño o un bosque mixto ofrecen huecos, cortezas, ramas muertas, sotobosque, diversidad vegetal y comunidades de artrópodos. Un eucaliptal de rotación corta, pensado para producir madera, se tala antes de generar buena parte de esas estructuras.

El resultado es el famoso “desierto verde”: hay árboles, hay verde, hay paisaje forestal a simple vista. Pero falta la complejidad biológica que convierte una masa arbolada en un hábitat funcional.

El problema no es solo Galicia, pero Galicia lo muestra muy bien

El eucalipto se ha convertido en una pieza central del paisaje gallego y cantábrico. El propio resumen del estudio señala que, en el noroeste de España, las plantaciones de eucalipto cubren ya alrededor del 30% de la superficie forestal, una expansión que ha transformado profundamente los paisajes rurales y ha generado preocupación por su impacto en la biodiversidad nativa.

El debate viene de lejos. En 2017, el Comité Científico de Flora y Fauna Silvestres del entonces Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente emitió un dictamen en el que recomendaba incluir varias especies naturalizadas de Eucalyptus en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras. El texto argumentaba su “alto riesgo de invasión” por características biológicas, fisiológicas y ecológicas, y aconsejaba extremar la precaución con nuevas introducciones y plantaciones.

La discusión, sin embargo, nunca fue únicamente ecológica. También es económica. Según la Xunta de Galicia, el sector forestal-madera gallego superó en 2025 las 3.300 empresas, facturó casi 2.500 millones de euros, representó el 1,7% del PIB gallego y sumó más de 19.400 afiliados en sus cuatro ramas principales: silvicultura, explotación forestal, industria de la madera, industria del papel y fabricación de muebles.

La solución no pasa necesariamente por arrancarlo todo

Lo interesante del estudio es que no plantea una salida maximalista. No dice simplemente “hay que eliminar todos los eucaliptos”, sino algo bastante más práctico: introducir heterogeneidad dentro de las plantaciones.

Los autores recomiendan integrar franjas de retención sin gestionar dentro de los eucaliptales para mejorar la diversidad estructural del hábitat. Es decir, dejar zonas donde pueda crecer vegetación nativa, donde aparezca sotobosque, donde se acumulen recursos y donde la fauna encuentre algo más que una plantación homogénea.

Esa idea es potente porque reconoce el conflicto real. El eucalipto tiene un peso económico enorme y forma parte de la vida de muchas comunidades rurales. Pero eso no convierte sus impactos en irrelevantes. La pregunta ya no es si produce madera, porque la produce. La pregunta es cuánto bosque se está sacrificando para producirla.

El monte verde que no siempre está vivo

El eucalipto no es “el mal” convertido en árbol. Es una especie útil en determinados contextos, con una enorme capacidad productiva y con una industria entera organizada alrededor. El problema aparece cuando una solución forestal pensada para producir madera ocupa demasiado espacio y empieza a sustituir funciones ecológicas que no puede cumplir.

La ciencia no está diciendo que cada eucalipto sea un desastre. Está diciendo algo más incómodo: que cubrir grandes superficies con plantaciones homogéneas tiene un peaje biológico serio. Menos aves, menos insectos, menos cavidades, menos sotobosque, menos complejidad.

Desde lejos, un eucaliptal puede parecer un bosque. Desde dentro, para muchas aves, es otra cosa: un lugar verde donde casi no queda nada que hacer.

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