Nadie lo nota, y ningún mapa va a cambiar en lo que dure una vida humana. Pero la península ibérica, el bloque de corteza terrestre que ocupan España y Portugal, está rotando lentamente en el sentido de las agujas del reloj. Y el responsable de ese giro está al sur: la placa africana, que avanza hacia Europa sin detenerse.
La conclusión proviene de un estudio liderado por Asier Madarieta-Txurruka, geólogo de la Universidad del País Vasco, publicado en la revista Gondwana Research en octubre de 2025. Aunque el trabajo tiene ya un año, sigue circulando porque ofrece una de las imágenes más completas de cómo se deforma la corteza en el extremo occidental del Mediterráneo.
Un choque en cámara lenta

Las placas euroasiática y africana se acercan entre 4 y 6 milímetros por año. Para ponerlo en perspectiva, las uñas humanas crecen varias veces más rápido. Pero sostenido durante millones de años, ese avance es suficiente para levantar cordilleras, generar terremotos y cerrar mares.
El problema es que el límite entre ambas placas no es una línea limpia. En el Atlántico y frente a Argelia está bien definido, pero al sur de la península se vuelve difuso y complejo. Allí aparece un actor extra: el arco de Gibraltar, una estructura geológica formada por las cordilleras Béticas, en el sur de España, y el Rif, en Marruecos, que se desplaza hacia el oeste.
Por qué la península gira
Para entender el rompecabezas, el equipo combinó dos tipos de datos. Por un lado, las mediciones de satélites de navegación GNSS, que registran con precisión milimétrica cómo se mueve la superficie del terreno. Por otro, los datos de los terremotos de las últimas décadas, que revelan las tensiones acumuladas en la corteza.
El resultado dibuja un mapa con dos comportamientos distintos. Al este del estrecho de Gibraltar, el arco de Gibraltar absorbe buena parte de la presión del choque entre Europa y África, como un amortiguador, y limita cuánto de ese empuje llega a la península. Al oeste del estrecho, en cambio, el contacto entre Iberia y África es más directo.
Ese empuje desde el suroeste, sin un amortiguador de por medio, es el que retuerce lentamente el bloque ibérico y lo hace girar en el sentido de las agujas del reloj. El estudio no precisa a qué velocidad gira la península: lo que confirma es la dirección del movimiento y su origen.
Lo que dice sobre los terremotos

El trabajo tiene una utilidad práctica. Los patrones de deformación permiten identificar zonas donde podría haber fallas activas ocultas o mal cartografiadas. Los autores señalan dos regiones que necesitan estudios geológicos más detallados: el oeste de los Pirineos, en Navarra, y el área al oeste del arco de Gibraltar, entre Cádiz y Sevilla.
Eso no significa que se espere un terremoto inminente. El estudio no predice sismos, sino que ayuda a mejorar la evaluación del riesgo a largo plazo. Sus resultados se incorporan a la base de datos de fallas cuaternarias activas de Iberia, que gestiona el Instituto Geológico y Minero de España.
También tiene límites claros. «La mayoría de los datos precisos de terremotos solo se remontan a 1980, y los datos satelitales precisos a 1999», advirtió Madarieta-Txurruka. En la escala de tiempo de la geología, eso es apenas un parpadeo.
Un Mediterráneo que se está cerrando
El giro ibérico es un pequeño capítulo de una historia mucho más grande. El acercamiento entre África y Europa es el mismo proceso que levantó los Alpes y que, en un futuro geológico muy lejano, podría terminar cerrando el Mediterráneo. La península, atrapada en medio de ese choque continental, se acomoda como puede: girando, milímetro a milímetro, sin que nadie en la superficie lo perciba.