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Ciencia

Una empresa de jugo tiró 12.000 toneladas de cáscaras de naranja en un potrero estéril de Costa Rica: 16 años después, era una selva con árboles que tres personas no podían abrazar

En 1997, mil camiones descargaron 12.000 toneladas de cáscaras y pulpa de naranja sobre un potrero degradado en el noroeste de Costa Rica. El experimento se frenó al año siguiente por una demanda judicial, y el sitio quedó prácticamente olvidado durante más de una década. Cuando un investigador de Princeton finalmente lo volvió a encontrar, en 2013, tuvo que buscarlo dos veces: la selva que había crecido ahí ya se había tragado hasta el cartel que marcaba el lugar
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La historia, publicada en 2017 en la revista científica Restoration Ecology, se convirtió en una de las anécdotas más citadas sobre restauración ecológica de bajo costo. Pero lo interesante no es solo el resultado final: es todo el camino, bastante accidentado, que llevó hasta ahí.

Un trato poco convencional entre una empresa y un parque nacional

Naranjas Peladas
© Ayman Rakib – Unsplash

Según reconstruyó la propia Universidad de Princeton, la idea nació de los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, que llevaban años trabajando como asesores técnicos del Área de Conservación Guanacaste (ACG), en el noroeste del país. En 1997 le propusieron un trato a Del Oro, una empresa de jugo de naranja que acababa de instalarse en el límite norte del área protegida: si la compañía donaba parte de sus propias tierras forestadas al área de conservación, podría depositar sin costo sus desechos de cáscara y pulpa de naranja sobre un terreno degradado dentro del parque, para que se biodegradaran ahí.

El acuerdo se firmó y, durante el año siguiente, mil camiones volcaron 12.000 toneladas métricas de residuos de naranja sobre la parcela elegida, unas tres hectáreas de pastizal castigado por el sobrepastoreo.

De cáscaras podridas a tierra negra en seis meses

El propio Timothy Treuer, el investigador de Princeton que lideró la evaluación posterior del sitio, describió el proceso inicial sin mucho glamour: en los primeros meses, la pila de cáscaras pasó por una fase “bastante asquerosa”, cubierta de larvas de mosca, antes de que, en apenas medio año, se transformara en una capa de tierra negra y suelta, rica en materia orgánica. Ese fue el primer indicio de que el experimento estaba funcionando como se esperaba: la fruta se estaba convirtiendo en fertilizante natural directamente sobre el terreno degradado.

La demanda que frenó el experimento y el sitio que se “perdió”

Demanda
© Sasun Bughdaryan – Unsplash

El proyecto no llegó a tener una segunda etapa. TicoFruit, una empresa competidora, demandó a Del Oro alegando que había “profanado un parque nacional”, y la Corte Suprema de Costa Rica falló a favor de la demandante. El acuerdo se canceló, no se volvieron a autorizar nuevos volcados, y la parcela quedó fuera del radar durante los siguientes 15 años: ni siquiera los propios investigadores del área hicieron un seguimiento sistemático de qué había pasado con ese terreno.

Recién en 2013, mientras conversaba con Janzen sobre posibles líneas de investigación, a Treuer se le ocurrió ir a revisar el sitio durante un viaje de trabajo por otra razón a Costa Rica. Le costó dos visitas encontrarlo: la vegetación había crecido tanto que ni siquiera podía ver el cartel de más de dos metros de largo, con letras amarillas bien visibles, que marcaba la entrada al terreno.

Lo que encontraron 16 años después

Ficus Citrifolia
© mridulablog – Shutterstock

Para medir el impacto real del experimento, el equipo de Treuer comparó la parcela tratada con una zona de control cercana que nunca había recibido cáscaras de naranja, usando el mismo método en ambas: extendieron cintas métricas de 100 metros, en líneas paralelas separadas por 25 metros, y catalogaron cada árbol a tres metros de distancia de la cinta.

El resultado sorprendió incluso a los propios investigadores. Treuer esperaba encontrar sobre todo Cecropia, un árbol pionero de crecimiento rápido típico de terrenos muy alterados. En cambio, dos de las especies más comunes del sitio eran árboles asociados a bosques maduros, de crecimiento mucho más lento. Uno de los higuerones medidos era tan grande que hacían falta tres personas con los brazos extendidos para poder rodear su tronco por completo. En conjunto, el área tratada con cáscaras de naranja mostró un aumento del 176% en biomasa aérea (la madera acumulada en los árboles) respecto de la zona de control, además de una diversidad de especies notablemente mayor.

“Es una de las pocas veces que escuché hablar de secuestro de carbono con costo negativo”, resumió Treuer, remarcando que la empresa pagó por depositar sus residuos en lugar de que la restauración implicara un gasto adicional. David Wilcove, coautor del estudio y también de Princeton, lo describió de forma más directa: “es reciclaje en su mejor expresión”.

Por qué esto no es tan simple de replicar en cualquier lado

El propio equipo de investigación fue cuidadoso en remarcar los límites del hallazgo. El experimento funcionó en las condiciones específicas de un bosque tropical estacionalmente seco, con un volumen de residuo orgánico relativamente controlado sobre una superficie pequeña, y en un terreno donde ya existían fuentes de semillas y fauna dispersora cerca. Verter grandes volúmenes de residuos orgánicos sobre un ecosistema no es, por sí solo, una receta garantizada de restauración: mal ejecutado, puede generar exceso de nutrientes, cambios de pH del suelo o condiciones anaeróbicas dañinas para la vegetación existente.

Lo que el caso de Guanacaste sí aporta es evidencia concreta de que, bajo las condiciones adecuadas, un residuo agroindustrial que de otro modo terminaría en un vertedero puede convertirse en insumo activo para regenerar tierra degradada, con beneficios tanto para la empresa que se ahorra el costo de disposición como para el ecosistema que recibe el aporte de nutrientes.

Qué significa para la restauración ecológica

El estudio de Princeton se transformó, con los años, en una referencia frecuente dentro de un campo que crece cada vez más rápido: la búsqueda de alianzas entre industria y conservación que resuelvan, al mismo tiempo, un problema de residuos y un problema de restauración de ecosistemas. La combinación de bajo costo, resultados medibles y un giro casi accidental (el experimento estuvo, literalmente, abandonado durante 15 años antes de que alguien volviera a mirarlo) es lo que convirtió a este potrero de Guanacaste en un caso de estudio mucho más citado de lo que sus propios impulsores originales imaginaron en 1997.

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