Lo que alguna vez fue terreno de ciencia ficción empieza a tomar forma como infraestructura real. La NASA no quiere limitarse a volver a pisar la Luna: quiere construir las condiciones para permanecer allí. Y para eso necesita algo mucho menos romántico que una bandera o una huella sobre el polvo lunar: energía constante.
La nueva apuesta pasa por acelerar el desarrollo de un reactor nuclear de fisión para la superficie lunar. Según la directiva firmada el 4 de agosto de 2025 por el administrador interino Sean Duffy, la energía nuclear de superficie es una pieza “esencial” para futuras arquitecturas de energía en la Luna y Marte, además de un asunto vinculado a la economía lunar y la seguridad nacional en el espacio.
Un reactor nuclear para iluminar la noche lunar

El nuevo desafío lunar de la NASA tiene una cifra clave: al menos 100 kilovatios eléctricos. La directiva interna de la agencia pide que las propuestas industriales contemplen esa potencia mínima, el uso de un sistema de conversión de ciclo Brayton cerrado y disponibilidad para lanzamiento en el primer trimestre del año fiscal 2030.
La cifra no sale de la nada. Hasta ahora, el proyecto de Fission Surface Power de NASA y el Departamento de Energía venía trabajando en conceptos de unos 40 kilovatios, pensados para una demostración lunar a comienzos de la década de 2030. La nueva directiva sube la ambición: según el documento, la industria indicó que las operaciones humanas de larga duración, incluida la utilización de recursos in situ, necesitarían al menos 100 kWe.
La razón es sencilla: en la Luna, depender solo del Sol no alcanza. NASA recuerda que un sistema de fisión puede ofrecer energía continua sin importar el lugar, la luz solar o la temperatura, y que un reactor podría instalarse incluso en regiones donde la luz no llega o durante noches lunares que pueden durar más de 14 días terrestres cerca de los polos.
Este reactor permitiría mantener en funcionamiento hábitats humanos, instrumentos científicos, sistemas de comunicación, vehículos y tecnologías de extracción o procesamiento de recursos. No se trata solo de explorar: se trata de preparar el terreno para una presencia estable. En ese escenario, la energía no es un complemento técnico. Es la diferencia entre visitar la Luna y empezar a habitarla.
Una carrera tecnológica con trasfondo geopolítico

La decisión de Estados Unidos no ocurre en el vacío. La propia directiva de la NASA menciona que China y Rusia han anunciado desde marzo de 2024 varios esfuerzos conjuntos para colocar un reactor en la Luna hacia mediados de la década de 2030, y advierte que el primer país en lograrlo podría condicionar la presencia de otros actores en zonas estratégicas.
Reuters también informó que China y Rusia contemplan una planta nuclear para alimentar la International Lunar Research Station, el proyecto lunar liderado por China y Rusia, con un modelo básico alrededor del polo sur lunar previsto para 2035. La energía de esa futura base combinaría reactores, grandes paneles solares e infraestructura de calefacción y electricidad.
Ahí está la verdadera tensión del plan. El reactor no es solo una máquina para sobrevivir a la noche lunar. Es una pieza de poder. Quien controle la energía podrá sostener laboratorios, minería, comunicaciones, movilidad, hábitats y operaciones durante largos periodos. En la Luna, tener electricidad constante puede ser tan importante como llegar primero.
Por eso la NASA ya no habla únicamente de ciencia, sino también de economía lunar, Marte y seguridad nacional. La directiva ordena avanzar rápido, designar un responsable del programa y lanzar una solicitud de propuestas a la industria en un plazo corto.
La Luna, durante décadas imaginada como un paisaje silencioso y vacío, empieza a parecer otra cosa: un nuevo tablero de infraestructura. Y en ese tablero, el recurso decisivo quizá no sea el agua helada, ni el regolito, ni siquiera el lugar de aterrizaje. Puede ser algo mucho más básico: quién consigue encender la luz cuando el Sol desaparece durante dos semanas.