En ecología vegetal existe una idea bastante intuitiva: crecer rápido debería tener un coste. Si un árbol destina muchos recursos a producir madera, hojas y raíces, en principio debería disponer de menos reservas para afrontar sequías, enfermedades o ataques de organismos.
Un nuevo estudio publicado en Nature acaba de encontrar una excepción llamativa. Tras estudiar coníferas en 192 lugares distribuidos por cuatro continentes, los investigadores observaron que varias especies originarias del hemisferio norte crecían mucho más cuando habían sido introducidas fuera de su territorio natural, especialmente en regiones del hemisferio sur.
En los casos más extremos, el crecimiento llegó a ser hasta cuatro veces mayor.
Compararon las mismas especies dentro y fuera de su distribución natural
El equipo no se limitó a comparar bosques de regiones distintas. Analizó las mismas especies en sus zonas de origen y en lugares donde habían sido introducidas, entre ellas Pinus contorta, Pinus ponderosa, Pinus radiata y Pinus sylvestris.
Para reconstruir su crecimiento, los científicos extrajeron testigos de madera y estudiaron los anillos anuales de los troncos.
El patrón se mantuvo incluso después de tener en cuenta factores como la edad de los árboles, la competencia, la temperatura, las precipitaciones y distintos indicadores de sequía. Eso sí, el dato de “hasta cuatro veces” corresponde a los casos más extremos y no significa que cualquier pino introducido vaya a crecer a esa velocidad.

La gran sorpresa apareció durante las sequías
Si estos árboles crecían mucho más rápido, lo esperable era que sufrieran más cuando faltara agua. Sin embargo, ocurrió justamente lo contrario.
Las poblaciones introducidas mostraron una menor caída del crecimiento durante los periodos de sequía y, en conjunto, una mayor resiliencia frente a esos episodios. El efecto fue especialmente marcado en el hemisferio sur.
En este caso, “resistir mejor” no significa que los árboles sean inmunes a la sequía. Los investigadores midieron cuánto aumentaba el grosor del tronco antes, durante y después de cada episodio seco.
La ventaja se observó principalmente mientras duraba la sequía: los árboles introducidos reducían menos su crecimiento. En cambio, la velocidad de recuperación posterior no mostró diferencias tan claras.
Crecían más y además almacenaban más energía
El resultado se volvió todavía más extraño cuando los científicos analizaron sus reservas.
Los árboles introducidos presentaban concentraciones mayores de carbohidratos no estructurales, como azúcares y almidón. Estas sustancias actúan como reservas de carbono que pueden utilizarse para mantener el metabolismo o afrontar condiciones adversas.
La paradoja es evidente: si esos árboles estaban creciendo mucho más, cabría esperar que consumieran más reservas. Pero sucedía lo contrario. Crecían más y, al mismo tiempo, almacenaban más carbono. Los investigadores también encontraron diferencias en el δ¹³C de la madera, una señal relacionada con la fotosíntesis, la entrada de CO₂ y la apertura de los estomas. En conjunto, los resultados son compatibles con una mayor capacidad de capturar carbono en las poblaciones introducidas.

Una explicación podría estar en los enemigos que dejaron atrás
Una de las hipótesis propuestas es el llamado “escape de enemigos naturales”.
En su territorio original, un pino convive con insectos, hongos, patógenos y herbívoros que han evolucionado junto a él. Defenderse de ellos consume energía. Cuando la especie es trasladada a otro continente, muchos de esos organismos especializados no la acompañan. Ese ahorro podría permitir que el árbol destinara más carbono tanto al crecimiento como a la acumulación de reservas.
Sin embargo, el estudio no demuestra que esta sea la causa. También podrían influir factores como el suelo, los nutrientes, el manejo forestal u otras características locales. Tampoco significa que plantar especies exóticas sea una solución frente al cambio climático. Algunas de estas coníferas pueden volverse invasoras y desplazar ecosistemas nativos.
Lo importante del hallazgo es que muestra que crecimiento y resistencia a la sequía no siempre tienen que estar enfrentados. Cambiar de entorno puede alterar profundamente el equilibrio ecológico de una especie, hasta permitir que algunos árboles crezcan mucho más sin pagar el coste que la teoría esperaba.