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Ciencia

Los romanos consultaban a los dioses con cinco huesos: el misterioso oráculo que ofrecía 56 respuestas

Mucho antes de las aplicaciones y las bolas mágicas, un monumento de piedra permitía buscar respuestas sobre el futuro mediante un ritual de azar. Sus inscripciones acaban de revelar cómo funcionaba.
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¿Qué harías si pudieras preguntarle a los dioses qué decisión tomar, cuándo actuar o si el futuro te deparaba algo bueno? En la Antigüedad, algunas personas no necesitaban acudir a un adivino para intentarlo: bastaba con lanzar unos huesos y consultar el mensaje correspondiente. Lo que hoy podría parecer un juego de azar tenía entonces un significado religioso y formaba parte de la búsqueda de respuestas ante las incertidumbres de la vida.

Un hallazgo arqueológico realizado en 2024 ha permitido conocer mejor uno de estos sistemas de adivinación. Se trata de un monumento de piedra caliza con inscripciones que contenían 56 respuestas diferentes, vinculadas a las combinaciones obtenidas al lanzar unos dados especiales.

Su funcionamiento recuerda, salvando las distancias, a una bola mágica capaz de ofrecer consejos, aunque en este caso las respuestas estaban relacionadas con las divinidades del mundo romano.

Un monumento de piedra escondía un sistema de adivinación

El descubrimiento se produjo en Kibyra, una antigua ciudad situada en el suroeste de la actual Turquía. Allí, los investigadores estudiaron las inscripciones de un bloque de piedra que había conservado parte de un curioso mecanismo para consultar la voluntad de los dioses.

La investigación, respaldada por el Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía y publicada en la revista científica Gephyra, aporta información sobre unas prácticas religiosas que estuvieron extendidas por el sur de Asia Menor durante el Imperio romano, aproximadamente entre los años 120 y 210 d. C.

El elemento más llamativo del hallazgo es la cantidad de respuestas que ofrecía el monumento. En lugar de proporcionar un mensaje genérico, el sistema contemplaba 56 posibilidades distintas. Cada una estaba asociada a una combinación numérica concreta, de modo que el resultado de una tirada determinaba qué inscripción debía consultar la persona.

La piedra conservada mide alrededor de 1,2 metros de altura y sus cuatro caras tienen entre 58 y 71 centímetros de anchura. No obstante, los arqueólogos consideran que formaba parte de una estructura más grande, coronada originalmente por una estatua del dios Hermes.

Esta figura no era un detalle decorativo sin importancia. Hermes estaba relacionado con los viajeros, el comercio y la comunicación, por lo que su presencia encajaba con un espacio destinado a transmitir mensajes que los participantes interpretaban como señales divinas.

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©Ender BAYINDIR – ShutterStock

Cinco huesos de animales decidían qué mensaje recibir

El procedimiento empleado por los antiguos romanos era sencillo en apariencia, aunque dependía de un conjunto de reglas específicas. Para realizar la consulta se utilizaban cinco astrágalos, pequeños huesos procedentes de las articulaciones de ovejas o cabras que podían funcionar como dados.

A diferencia de los cubos modernos, estos objetos tenían cuatro caras posibles, asociadas a los valores 1, 3, 4 y 6. Además, las caras opuestas sumaban siete, una característica que formaba parte de su particular distribución numérica.

Quien deseaba obtener una respuesta podía lanzar los cinco huesos al mismo tiempo o repetir la tirada utilizando uno solo. Lo importante era la combinación de resultados obtenida, no el orden en el que aparecían. Cada combinación válida remitía a uno de los 56 mensajes grabados en el monumento.

Así, el azar determinaba qué inscripción debía leerse, mientras que la tradición religiosa proporcionaba el significado de la respuesta. No se trataba de que un sacerdote inventara un consejo en el momento, sino de consultar un repertorio previamente establecido.

Este sistema permitía convertir una situación cotidiana en una experiencia religiosa. Una persona preocupada por una decisión podía lanzar los huesos y recibir un mensaje que interpretaría como una orientación sobrenatural. El resultado no garantizaba que sus problemas se resolvieran, pero ofrecía una manera de afrontar las dudas mediante una práctica reconocida por su comunidad.

Hermes, Zeus y Afrodita también formaban parte de las respuestas

La ubicación original del monumento aporta otras pistas sobre su función. Los arqueólogos creen que estuvo instalado en el ágora de Kibyra, la plaza pública donde se concentraban numerosas actividades sociales y comerciales.

Si esta hipótesis es correcta, el oráculo habría ocupado un lugar accesible para los habitantes de la ciudad y para los comerciantes que llegaban desde otros territorios. No habría sido necesario viajar hasta un santuario lejano para realizar una consulta de este tipo, algo que probablemente facilitaba su utilización.

La estructura fue donada por un benefactor cuyo nombre se encuentra demasiado desgastado para poder recuperarlo. Aunque se desconoce su identidad, su contribución habría permitido incorporar este servicio religioso a la vida pública de la ciudad.

Con el paso del tiempo, el monumento perdió parte de su estructura original y terminó reutilizado en el muro de una capilla. Esa transformación explica por qué no se conserva completo, pero también muestra cómo los materiales antiguos podían adquirir nuevas funciones en etapas posteriores.

Los mensajes recuperados reflejan, además, una sorprendente diversidad de consejos. Algunos invitaban a actuar con prudencia y advertían contra las decisiones precipitadas. Otros transmitían optimismo y sugerían que la paciencia podía conducir al éxito. Entre las respuestas figuran recomendaciones equivalentes a «estás pensando demasiado» y promesas de triunfo para quienes esperasen el momento adecuado.

Las inscripciones también mencionan a distintas divinidades, entre ellas Zeus, Cronos, Poseidón y Afrodita. Cada una aportaba un marco religioso a las respuestas, mientras que Hermes mantenía una relación especial con el monumento por su probable presencia en la parte superior.

Un repertorio compartido revela cómo se transmitían las creencias

Al comparar las inscripciones de Kibyra con las de otros monumentos de la región, los investigadores encontraron semejanzas que apuntan a la existencia de un repertorio común de mensajes adivinatorios. Esto sugiere que el sistema no era una invención aislada, sino parte de una tradición que circulaba entre diferentes comunidades.

Sin embargo, las coincidencias no eran perfectas. Algunas diferencias entre los textos y ciertos errores atribuibles al cantero indican que las inscripciones podían sufrir modificaciones durante su transmisión. Incluso en un procedimiento relacionado con la interpretación de señales divinas, la intervención humana dejaba su huella.

El hallazgo permite acercarse a una faceta menos conocida de la sociedad romana: la necesidad de buscar orientación ante las dudas cotidianas. Más allá de los grandes templos, las conquistas y los emperadores, también existían prácticas accesibles que conectaban el azar con las creencias religiosas.

Hoy, aquellos cinco huesos pueden parecer simples objetos de juego. Sin embargo, en Kibyra servían para algo mucho más importante para quienes los utilizaban: transformar una tirada en una respuesta y encontrar, en unas palabras grabadas sobre piedra, una posible señal sobre qué hacer a continuación.

 

[Fuente: La Razón]

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