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Ciencia

Europa guardó durante 2.000 años una copia de seguridad bajo el hielo. Al perforarla, los científicos encontraron la peste, la minería medieval y volcanes situados a miles de kilómetros

Un testigo extraído a 4.450 metros de altitud contiene partículas microscópicas que cuentan una historia ausente de muchos documentos: cuándo se paralizó la economía, qué regiones ardieron y hasta qué respiraban los europeos siglos antes de que existieran estaciones meteorológicas.
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En lo alto del macizo del Monte Rosa existe un lugar donde la historia europea no está escrita con tinta, sino con plomo, ceniza, polvo y fragmentos de carbón casi invisibles. Se llama Colle Gnifetti, se encuentra en la frontera entre Suiza e Italia y lleva siglos atrapando pequeñas muestras de todo aquello que circula por la atmósfera.

En 2013, una expedición internacional extrajo allí un testigo de hielo de aproximadamente 72 metros de longitud. No parecía especialmente espectacular: un largo cilindro blanquecino dividido en secciones. Sin embargo, su interior contenía un registro continuo de unos 2.000 años, formado cuando sucesivas nevadas encerraron partículas transportadas desde diferentes regiones de Europa e incluso desde otros continentes.

El resultado se parece menos a una fotografía climática y más a una grabación ambiental. Cada segmento conserva una combinación química diferente. El calcio puede delatar la llegada de polvo del Sáhara; el plomo, un aumento de la minería; el polen, cambios en los cultivos; y el carbón, incendios que ocurrieron mucho antes de que alguien pudiera medir su extensión desde un satélite.

Un glaciar capaz de leer la economía sin consultar ningún libro

Europa guardó durante 2.000 años una copia de seguridad bajo el hielo. Al perforarla, los científicos encontraron la peste, la minería medieval y volcanes situados a miles de kilómetros
© Nicole Spaulding.

La ubicación de Colle Gnifetti es fundamental. El glaciar se encuentra a unos 4.450 metros, lo bastante alto y frío como para conservar hielo antiguo, pero también suficientemente cerca de los grandes centros históricos europeos para recibir sus emisiones atmosféricas. Su baja acumulación de nieve ha comprimido siglos de información en una distancia relativamente pequeña.

Para analizarla, los científicos emplean técnicas de altísima resolución capaces de estudiar porciones de hielo de apenas 120 micrómetros. Uno de los registros construidos mediante este método reunió alrededor de 316.000 mediciones por elemento y permitió seguir los episodios de polvo sahariano ocurridos entre el año 1 y 1820.

Pero una de las señales más reveladoras no llegó desde el desierto, sino desde las minas europeas. Al fundir minerales de plata y plomo, parte del metal terminaba suspendido en el aire y podía viajar hasta los Alpes. Sus fluctuaciones permiten reconstruir periodos de crecimiento, crisis y recuperación económica sin depender exclusivamente de crónicas, impuestos o registros administrativos.

El hielo, por ejemplo, conserva un aumento de la contaminación por plomo entre los años 640 y 670, relacionado con la reactivación de la minería de plata en Europa occidental y con cambios profundos en el sistema monetario medieval. La actividad humana dejó así una firma química en una montaña situada a cientos de kilómetros de las explotaciones.

La peste negra dejó cuatro años de aire casi limpio

Europa guardó durante 2.000 años una copia de seguridad bajo el hielo. Al perforarla, los científicos encontraron la peste, la minería medieval y volcanes situados a miles de kilómetros
© Nicole Spaulding.

La señal más inquietante aparece a mediados del siglo XIV. Entre 1349 y 1353, coincidiendo con el periodo más destructivo de la peste negra en Europa, la cantidad de plomo depositada en Colle Gnifetti cayó hasta valores cercanos al nivel natural.

No fue una oscilación habitual. Según el análisis de alta resolución, esos cuatro años constituyen el único periodo de todo el registro de dos milenios en el que la contaminación atmosférica por plomo prácticamente desapareció. La mortalidad, la escasez de mano de obra y la paralización de numerosas operaciones mineras redujeron las emisiones de una manera que terminó preservada en el hielo.

La peste no quedó congelada como una bacteria ni como el resto físico de una víctima. Lo que sobrevivió fue su efecto sobre la sociedad. Una epidemia detuvo hornos, vació explotaciones y alteró la economía hasta el punto de cambiar la composición del aire.

Este tipo de hallazgo demuestra por qué los testigos glaciares pueden completar los archivos históricos. Los documentos cuentan lo que las personas vieron, registraron o consideraron importante. El hielo guarda consecuencias que nadie estaba intentando anotar.

El año en que Europa ardió también aparece dentro de la montaña

Colle Gnifetti conserva además rastros de vegetación, cultivos y grandes incendios. Uno de los episodios más marcados corresponde a 1540, cuando una sequía extrema afectó a buena parte de Europa. El registro glaciar muestra una de las mayores concentraciones de carbón de la era preindustrial: más de 4.800 partículas por litro de hielo.

Las capas también permiten colocar fechas precisas gracias a erupciones volcánicas conocidas. Entre ellas se encuentra Eldgjá, el enorme sistema volcánico islandés que entró en erupción entre 934 y 939. Otro estrato contiene fragmentos volcánicos químicamente similares a los hallados en Groenlandia y asociados a una gran erupción ocurrida alrededor del año 536.

Esas partículas cruzaron mares y continentes antes de caer sobre los Alpes. Siglos después, funcionan como separadores dentro de una gigantesca cronología helada: puntos de referencia que ayudan a ubicar todo lo depositado antes y después.

Colle Gnifetti no conserva la historia completa de Europa ni permite atribuir cada partícula a un acontecimiento concreto sin incertidumbre. Pero ofrece algo que ningún manuscrito puede proporcionar: una muestra física y continua de la atmósfera que acompañó a imperios, epidemias, sequías y revoluciones económicas.

Durante dos mil años, Europa fue dejando escapar pequeñas partes de sí misma hacia el cielo. El viento las llevó hasta una cumbre de los Alpes y el hielo hizo el resto.

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