La mente humana puede llegar a convencerse de que tiene una parte del cuerpo que en realidad no existe. Pero un experimento reciente descubrió algo todavía más extraño: esa ilusión puede modificar lo que creemos capaces de hacer con nuestras propias manos. Investigadores británicos consiguieron inducir la sensación de tener un sexto dedo y comprobaron que los participantes cambiaban sus estimaciones sobre el tamaño de los objetos que podían sujetar y los espacios por los que podían pasar la mano. Lo más sorprendente fue que algunos experimentaron esos cambios sin siquiera sentir conscientemente el dedo adicional.
El estudio, publicado en el Journal of Experimental Psychology: Human Perception and Performance, contó con 50 adultos sanos y fue dirigido por investigadores vinculados a Birkbeck, Universidad de Londres. Según explica Medical Xpress, los resultados ofrecen una nueva perspectiva sobre la capacidad del cerebro para actualizar su representación corporal a partir de información visual y táctil, incluso cuando esa información contradice la anatomía real.
Un espejo y unos pocos movimientos bastaron para engañar al cerebro

El experimento utilizó una técnica conocida como ilusión del sexto dedo, basada en la combinación de estímulos táctiles y reflejos. Cada participante colocó su mano izquierda detrás de un espejo, fuera de su campo visual, mientras observaba el reflejo de la derecha. Los investigadores acariciaron simultáneamente los dedos de ambas manos hasta llegar al meñique. Entonces introdujeron una pequeña alteración: mientras tocaban el borde exterior del meñique oculto, realizaban movimientos sincronizados sobre un espacio vacío junto a la mano reflejada.
Esa contradicción entre lo que los ojos veían y lo que la piel sentía podía generar la percepción de un dedo adicional. Como detalla PsyPost, el procedimiento duraba aproximadamente un minuto y después se evaluaba cómo los voluntarios percibían las dimensiones y capacidades de su mano, comparando los resultados con una condición de control.
Las pruebas incluían estimar la abertura mínima por la que podía pasar la mano, utilizando espacios de entre 2,7 y 18 centímetros, y calcular el objeto más grande que podían agarrar, mediante bloques de hasta 25 centímetros de ancho. Después de experimentar la ilusión, los participantes tendían a considerar que necesitaban aberturas mayores y que podían sujetar objetos más grandes. Sin embargo, sus manos no habían cambiado físicamente ni habían adquirido nuevas capacidades.
El descubrimiento más extraño ocurrió entre quienes no sintieron ningún dedo adicional

Uno de los resultados más reveladores fue que 22 de los 50 voluntarios apenas experimentaron o no reportaron conscientemente la sensación de tener un sexto dedo. Aun así, sus estimaciones sobre el espacio necesario para introducir la mano también cambiaron. Esto sugiere que el cerebro puede modificar algunos aspectos de su representación corporal sin que la persona sea plenamente consciente.
De acuerdo con los resultados publicados por la Asociación Estadounidense de Psicología y recogidos en PubMed, la investigación demuestra que la percepción de nuestras capacidades físicas puede actualizarse rápidamente cuando el cerebro interpreta que el cuerpo ha incorporado una parte adicional. Los científicos relacionan este fenómeno con la plasticidad del esquema corporal, una representación interna que utilizamos constantemente para calcular distancias, planificar movimientos e interactuar con los objetos.

El descubrimiento también conecta con investigaciones anteriores publicadas en Scientific Reports, donde se comprobó que las personas podían experimentar la sensación de tener un dedo adicional en posiciones diferentes a las de sus dedos reales. Otros experimentos publicados en Cognition demostraron incluso que el cerebro podía incorporar temporalmente el dedo de otra persona como si fuera propio.
Las implicaciones podrían extenderse al diseño de prótesis y dispositivos robóticos capaces de ampliar las funciones del cuerpo humano. Si el cerebro puede incorporar rápidamente una parte corporal ilusoria a su representación interna, comprender ese mecanismo podría ayudar a desarrollar sistemas más intuitivos de interacción entre humanos y máquinas. Por ahora, los resultados se limitan a percepciones y estimaciones realizadas en condiciones experimentales, no a mejoras reales del movimiento. Pero dejan una conclusión fascinante: nuestro cerebro no necesita que el cuerpo cambie para empezar a comportarse, al menos en sus cálculos, como si ya lo hubiera hecho.