La búsqueda de inteligencia extraterrestre podría tener una nueva aliada inesperada: las luciérnagas. Sus destellos, que durante millones de años han servido para comunicarse en la oscuridad, inspiraron a un equipo de investigadores a desarrollar una estrategia para distinguir posibles señales artificiales entre las emisiones naturales del universo. La propuesta plantea que, para encontrar una civilización distante, quizá no sea necesario comprender su mensaje. Bastaría con reconocer que hay algo en él que no encaja con su entorno.
El trabajo, publicado el 7 de septiembre en la revista científica Scientific Reports y difundido el 30 de octubre por Phys.org, propone ampliar los métodos tradicionales de búsqueda extraterrestre. En lugar de concentrarse exclusivamente en comunicaciones complejas o patrones fácilmente reconocibles, los científicos sugieren prestar atención a señales simples cuya estructura parece diseñada para destacar del ruido cósmico.
Las luciérnagas esconden una solución a uno de los problemas de la búsqueda extraterrestre

Las luciérnagas utilizan la bioluminiscencia para producir destellos que les permiten comunicarse, especialmente durante el apareamiento. Cada especie desarrolla patrones particulares de duración, frecuencia e intensidad luminosa que facilitan el reconocimiento entre individuos. Lo interesante es que esas señales deben distinguirse de un entorno visual complejo y, al mismo tiempo, consumir la menor cantidad posible de energía.
El equipo encabezado por Cameron Brooks, de la Universidad Estatal de Arizona, utilizó ese principio para construir un modelo matemático de comunicación extraterrestre. Según explica Phys.org, los investigadores se apoyaron en un estudio previo sobre los patrones de comunicación de las luciérnagas, publicado en 2022, que analizaba cómo estos insectos pueden desarrollar señales distintivas en medio de otros destellos.
La lógica resulta especialmente interesante para la astronomía. Una civilización que intentara anunciar su existencia podría enfrentarse a un problema similar: transmitir una señal reconocible entre millones de emisiones naturales sin desperdiciar cantidades enormes de energía. En ese escenario, la comunicación más detectable no necesariamente sería la más compleja, sino aquella que mejor se diferenciara de todo lo demás.
Esta perspectiva también amplía lo que entendemos por una posible señal de inteligencia. Como explica la NASA, la búsqueda de tecnofirmas contempla desde emisiones de radio y láser hasta sustancias artificiales en atmósferas planetarias. Todas comparten una característica: podrían revelar actividades tecnológicas sin necesidad de comprender quién las produjo.
Los investigadores utilizaron miles de púlsares para comprobar si la estrategia funcionaba

Para poner a prueba el modelo, los científicos recurrieron a los púlsares, estrellas de neutrones que giran rápidamente y emiten pulsos periódicos de radiación. Su extraordinaria regularidad los convierte en una referencia especialmente útil para estudiar cómo diferenciar una señal potencialmente artificial de los fenómenos naturales.
De acuerdo con el estudio original, el equipo trabajó con información del catálogo de púlsares del Australia Telescope National Facility. El análisis consideró 3.724 púlsares y utilizó un conjunto de 158 objetos situados a menos de 16.000 años luz para construir uno de los escenarios de prueba.
A partir de esos datos, los investigadores generaron señales hipotéticas de radio y analizaron qué características podían hacerlas sobresalir del fondo natural. El modelo evaluó dos factores principales: la diferencia entre los patrones artificiales y las emisiones de los púlsares, y la energía necesaria para producirlos. Los resultados mostraron que era posible optimizar señales relativamente sencillas para distinguirlas del entorno sin exigir transmisiones extraordinariamente complejas.

El hallazgo no significa que se haya identificado una comunicación extraterrestre. Se trata de una demostración matemática basada en simulaciones, no de una detección real. Sin embargo, plantea una posibilidad importante: algunos métodos actuales podrían pasar por alto señales artificiales simplemente porque no se ajustan a nuestras expectativas sobre cómo debería comunicarse una civilización avanzada.
La propuesta complementa los esfuerzos que instituciones como el SETI Institute realizan para buscar y verificar posibles tecnofirmas. Cualquier señal sospechosa necesitaría observaciones independientes y análisis adicionales antes de atribuirle un origen inteligente.
La conclusión abre una pregunta fascinante. Si algún día una civilización distante intenta hacerse notar, ¿su mensaje se parecerá a una transmisión sofisticada o a una secuencia de pulsos aparentemente sencilla? Los investigadores todavía no tienen esa respuesta, pero su trabajo sugiere que una de las claves para reconocerla podría encontrarse en los pequeños insectos que iluminan nuestros bosques.