La imagen resulta extraña incluso para los estándares de conservación: helicópteros sobrevolando volcanes, cazadores especializados rastreando animales entre kilómetros de lava y cabras esterilizadas equipadas con radiotransmisores para localizar a las últimas supervivientes.
No era una operación militar, aunque por momentos pudiera parecerlo. Era el Proyecto Isabela, una campaña puesta en marcha por el Parque Nacional Galápagos y la Fundación Charles Darwin para intentar solucionar un problema que llevaba décadas creciendo: miles de cabras introducidas estaban transformando algunos de los ecosistemas más singulares del planeta.
El resultado fue enorme. En menos de una década se eliminaron más de 140.000 cabras en más de 500.000 hectáreas, con una inversión estimada en unos 10,5 millones de dólares. Y cuando los científicos analizaron qué había ocurrido con las tortugas gigantes del volcán Alcedo, apareció una señal especialmente llamativa: la proporción de ejemplares juveniles pasó aproximadamente del 5% al 24%.
El problema comenzó con unas cabras que prácticamente no tenían límites

Las cabras llegaron a Galápagos de la mano de humanos y terminaron expandiéndose por numerosas islas. En Isabela, animales que originalmente permanecían al sur lograron cruzar el inhóspito istmo de Perry durante el siglo XX y alcanzar la zona del volcán Alcedo. Allí encontraron alimento abundante y prácticamente ninguna barrera natural capaz de contenerlas.
Su población explotó.
A comienzos del Proyecto Isabela se calculaba que solo el norte de Isabela podía albergar unas 100.000 cabras. El problema no era únicamente su número. Al consumir arbustos, árboles, cactus y otras plantas, provocaban sobrepastoreo, erosión y una profunda modificación del paisaje. En Alcedo habían llegado incluso a destruir zonas boscosas que proporcionaban sombra, humedad y agua a las tortugas gigantes durante la estación seca.
Eliminar semejante población con métodos tradicionales era casi imposible. Por eso el proyecto fue escalando.
Primero llegaron los cazadores terrestres. Después, los helicópteros. Solo entre abril de 2004 y mayo de 2005, la caza aérea permitió retirar 55.657 cabras de Isabela. En total, la campaña terminó eliminando alrededor de 62.800 ejemplares de esa isla, mientras que Santiago aportó otras 79.579. Y entonces apareció uno de los métodos más ingeniosos del operativo.
Las últimas cabras fueron encontradas gracias a otras cabras

Cuando quedaban pocos animales, encontrarlos se convirtió en la parte más difícil (y cara) del proyecto. En Santiago, por ejemplo, retirar las últimas 1.000 cabras costó alrededor de dos millones de dólares.
La solución fueron las llamadas “cabras Judas”.
Los investigadores esterilizaban algunos ejemplares, les colocaban radiotransmisores y los liberaban nuevamente. Como las cabras son animales sociales, estos individuos buscaban instintivamente a otros miembros de su especie. Los equipos podían seguir la señal y descubrir así grupos que habían escapado a las campañas anteriores.
En Isabela se utilizaron cientos de ellas. Cuando el proyecto terminó en 2006, 266 permanecieron en la isla como sistema de vigilancia, mientras que el norte de Isabela fue declarado libre de cabras asilvestradas.
Las tortugas dieron una de las mejores pistas de que había funcionado
La erradicación no tenía sentido si el ecosistema no respondía. Por eso los investigadores llevaban años siguiendo a las tortugas gigantes del volcán Alcedo.
El estudio posterior encontró que la proporción de juveniles había pasado de alrededor del 5% en las primeras observaciones al 24% en las posteriores, al tiempo que mejoraban las tasas de crecimiento de los animales. En una población utilizada como comparación en Santa Cruz, donde cabras y burros no habían sido eliminados durante el mismo periodo, esos cambios no aparecieron.
Hubo además un episodio climático poco habitual que aumentó temporalmente el alimento disponible, por lo que los propios investigadores fueron cautos. Aun así, que la población de control no experimentara la misma mejora apuntaba a que la eliminación de los herbívoros invasores había sido el factor principal.
La recuperación también empezó a verse directamente sobre el terreno: árboles rebrotando desde antiguos tocones, más arbustos de las zonas altas, nuevos cactus Opuntia y especies endémicas reapareciendo fuera de los pequeños refugios donde habían conseguido sobrevivir.
Galápagos necesitó helicópteros, millones de dólares y hasta cabras convertidas en rastreadores de su propia especie. La recompensa fue comprobar algo mucho más sencillo: cuando desapareció una de las presiones que estaba arrasando el paisaje, el ecosistema empezó a reconstruirse por sí mismo.