Cuando se piensa en la contaminación del océano por plástico, la imagen habitual es la de una isla de basura flotando en medio del Pacífico. Pero buena parte de esos residuos empezó su viaje mucho más cerca de las personas: en una calle, un desagüe o un arroyo urbano. Desde allí, la corriente los lleva hasta el mar.
Esa es la lógica detrás de una iniciativa piloto en Chile. En el estero El Sauce, en Llolleo, cerca de la desembocadura del río Maipo, en la región de Valparaíso, se instaló una barrera diseñada para interceptar la basura flotante antes de que llegue a la costa. En ocho meses de funcionamiento, atrapó más de 400 kilos de residuos.
Cómo funciona la Barrera Azul

El proyecto, conocido como Barrera Azul, es impulsado por la organización Ojos de Mar junto con Parley for the Oceans, una red internacional dedicada a la protección de los océanos. Se trata de un sistema de intercepción adaptado a las características del estero, que retiene los residuos flotantes antes de que la corriente los arrastre hacia la costa.
Los residuos capturados se retiran y se clasifican por tipo de material. Esa información permite saber qué tipo de basura predomina en la zona y, a partir de ahí, diseñar medidas para reducirla desde su origen. El proyecto incluye, además, jornadas de limpieza en playas y en áreas cercanas.
Los responsables aclaran que los 400 kilos corresponden solo a este piloto y no representan la cantidad total de residuos que transporta el río Maipo. Aun así, la cifra muestra cuánto plástico puede salir de un solo curso de agua pequeño.
Los ríos pequeños, grandes contaminadores
Durante años se creyó que la mayor parte del plástico llegaba al océano a través de unos pocos ríos gigantes, como el Yangtsé o el Ganges. Un estudio publicado en 2021 en la revista Science Advances cambió esa visión. El trabajo, liderado por Lourens Meijer, de la organización The Ocean Cleanup, estimó que los ríos del mundo vierten al océano entre 0,8 y 2,7 millones de toneladas de plástico por año, y que más de 1.000 ríos son responsables del 80% de esa cantidad.
Lo más llamativo fue que muchos de esos ríos no son grandes, sino cursos de agua urbanos relativamente pequeños. Según el estudio, los ríos pequeños que atraviesan zonas densamente pobladas, cerca de la costa y con una gestión deficiente de residuos, están entre los más contaminantes del planeta. Eso significa que el problema está mucho más distribuido de lo que se pensaba, y que intervenir en muchos puntos pequeños puede tener un efecto importante.
Barreras en todo el mundo
Por eso, en los últimos años se multiplicaron las barreras fluviales. The Ocean Cleanup desarrolló una familia de dispositivos llamados Interceptores, que se instalan en ríos de distintos países. Uno de los casos más conocidos es el del río Motagua, en Guatemala, que según la organización arrastra unas 20.000 toneladas de plástico por año hacia el mar Caribe, alrededor del 2% de las emisiones fluviales globales. Allí se probó una gran valla construida sobre el cauce seco, que retiene la basura durante las crecidas repentinas, aunque las primeras pruebas mostraron lo difícil que es resistir la fuerza del agua: una inundación dañó gravemente la estructura.
Las barreras tienen límites. No atrapan los microplásticos ni los residuos que viajan sumergidos, y requieren mantenimiento constante. Además, retirar la basura no resuelve el problema de fondo, que es la cantidad de plástico que se produce y se desecha sin control.
Pero tienen una ventaja clara frente a la limpieza del océano: es mucho más fácil y barato capturar los residuos cuando todavía están concentrados en un cauce que cuando ya se dispersaron en el mar. Una vez allí, el plástico puede persistir durante décadas, fragmentarse en partículas cada vez más pequeñas y afectar a la fauna que lo ingiere o queda atrapada en él.