Olvidar nombres, perder detalles de experiencias pasadas o necesitar más tiempo para recordar determinada información son cambios que pueden aparecer con el envejecimiento. Durante décadas, la ciencia ha intentado comprender qué sucede exactamente dentro del cerebro cuando la memoria comienza a deteriorarse. Ahora, un descubrimiento apunta hacia una posibilidad extraordinaria: que parte de esa pérdida pueda estar relacionada con proteínas cuyo funcionamiento sería posible restaurar.
Un equipo internacional de investigadores, encabezado por el bioquímico español Rubén Hervás, de la Universidad de Hong Kong, identificó un mecanismo molecular que podría explicar por qué los recuerdos se debilitan con el paso de los años. Lo más sorprendente es que, al intervenir sobre una proteína concreta, consiguieron mejorar la memoria de moscas de la fruta envejecidas.
Según los resultados descritos por los investigadores y recogidos por El País, el trabajo requirió seis años de experimentos y el estudio de aproximadamente diez millones de moscas. El hallazgo, atribuido a una nueva investigación publicada en Cell, abre una línea de investigación sobre el deterioro de la memoria asociado con la edad. Aunque todavía no se ha demostrado que funcione en humanos, sus implicaciones podrían ser importantes.
Diez millones de moscas revelan por qué nuestros recuerdos podrían debilitarse

Los investigadores analizaron los cerebros de moscas de la fruta en ocho etapas distintas de su vida, desde sus primeros días hasta los 35 días de edad, cuando estos insectos presentan signos avanzados de envejecimiento. Su objetivo era observar cómo evolucionaban las proteínas relacionadas con la conservación de los recuerdos y determinar si sufrían transformaciones que explicaran el deterioro de la memoria.
El análisis se concentró en Orb2, una proteína que puede adoptar estructuras amiloides funcionales necesarias para mantener recuerdos a largo plazo. Aunque las proteínas amiloides suelen relacionarse con enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer, algunas cumplen funciones beneficiosas. En el caso de Orb2, su organización molecular contribuye a los procesos que permiten que determinados recuerdos persistan.
Los experimentos sugieren que, con la edad, estas estructuras pueden volverse más rígidas y menos funcionales, dificultando los mecanismos celulares que ayudan a conservar la memoria. La clave apareció cuando los científicos modificaron la producción de una proteína conocida como Funes, que pertenece al grupo de las chaperonas moleculares. Estas proteínas ayudan a otras moléculas a adquirir y mantener las estructuras que necesitan para funcionar correctamente. Al aumentar Funes en moscas envejecidas, los investigadores observaron que las estructuras de Orb2 recuperaban características asociadas con estados más jóvenes y que los insectos mejoraban su capacidad de recordar.
El efecto contrario también fue posible: al incrementar otra chaperona, denominada CG6693, aparecieron alteraciones proteicas y problemas de memoria incluso en moscas jóvenes. Estos resultados apuntan a que el envejecimiento de la memoria podría estar relacionado, al menos parcialmente, con el deterioro de los mecanismos moleculares encargados de mantener los recuerdos.
Una proteína que podría cambiar nuestra comprensión del envejecimiento cerebral

La relación entre Funes y la memoria no es completamente nueva. Una investigación publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences en enero de 2026 ya había demostrado que aumentar esta proteína mejoraba la formación de recuerdos a largo plazo en moscas.
El nuevo trabajo amplía esa perspectiva al explorar los cambios que experimentan estas estructuras durante el envejecimiento y la posibilidad de revertir algunos de sus efectos. La proteína recibió su nombre en homenaje a Funes, el personaje de Jorge Luis Borges que podía recordar prácticamente todo lo que experimentaba. Sin embargo, su importancia científica va mucho más allá de esa referencia literaria.
Los resultados sugieren que la pérdida de memoria no dependería exclusivamente de la desaparición de neuronas o conexiones cerebrales, sino también de alteraciones en las proteínas responsables de conservar determinados recuerdos. Esta posibilidad podría abrir nuevas estrategias de investigación orientadas a proteger el funcionamiento de la memoria durante el envejecimiento.
¿Estamos realmente cerca de recuperar la memoria perdida?

La pregunta más importante es si el mecanismo identificado en moscas podría funcionar también en seres humanos. Nuestra especie posee proteínas relacionadas funcionalmente con Orb2, entre ellas CPEB3, que participa en procesos vinculados con la plasticidad neuronal y la memoria. Hervás considera que, si las transformaciones observadas en moscas también ocurren en humanos, podrían desarrollarse tratamientos destinados a mantener estas proteínas en estados más funcionales. Sin embargo, todavía existen obstáculos importantes. No hay evidencia de que aumentar Funes permita recuperar recuerdos perdidos en personas, ni de que este procedimiento pueda tratar enfermedades como el alzhéimer.
El investigador recibió financiación para estudiar si los mecanismos moleculares descubiertos se conservan en humanos. Confirmar esa relación será fundamental antes de plantear posibles aplicaciones terapéuticas. Por ahora, el descubrimiento ofrece algo que la ciencia llevaba tiempo buscando: una nueva explicación molecular de por qué la memoria puede deteriorarse con los años y una posible manera de intervenir sobre ese proceso.
Quizá todavía estemos lejos del fin del olvido, pero estos experimentos sugieren que algunos mecanismos relacionados con la pérdida de memoria podrían ser modificables, una posibilidad que abre nuevas preguntas sobre cómo envejece nuestro cerebro.