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Ciencia

Hace 385 millones de años, los peces acorazados ya libraban una carrera armamentística bajo el mar. Los pequeños trituraban presas como una prensa; los grandes desarrollaron mandíbulas que funcionaban como un martillo de guerra

Reconstrucciones 3D de ocho peces acorazados del Devónico revelan dos estrategias opuestas para romper presas resistentes: aplastarlas enteras o perforar primero su armadura para poder despedazarlas.
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Muchísimo antes de que aparecieran los dinosaurios, los océanos ya habían entrado en su propia carrera armamentística. Hace unos 385 millones de años, animales cubiertos por conchas y placas protectoras convivían con depredadores que necesitaban encontrar alguna manera de atravesarlas. Y parece que la evolución llegó a dos soluciones completamente diferentes.

Investigadores de la Universidad de Flinders reconstruyeron digitalmente las mandíbulas de ocho especies de placodermos procedentes de la Formación Gogo, en Australia Occidental. Descubrieron que algunos peces pequeños habían convertido sus bocas prácticamente en prensas capaces de aplastar una presa entera, mientras uno de los mayores desarrolló estructuras que concentraban la fuerza sobre puntos concretos, de forma funcionalmente comparable a martillos de guerra y otras armas medievales diseñadas para perforar armaduras.

Ocho mandíbulas fósiles reconstruidas como si volvieran a morder

Hace 385 millones de años, los peces acorazados ya libraban una carrera armamentística bajo el mar. Los pequeños trituraban presas como una prensa; los grandes desarrollaron mandíbulas que funcionaban como un martillo de guerra
© Flinders University.

Los placodermos fueron uno de los grandes experimentos evolutivos de los primeros vertebrados con mandíbula. En lugar de una mandíbula inferior formada por un único hueso como la nuestra, poseían placas óseas emparejadas sostenidas por cartílago, con superficies que iban desde zonas amplias y planas hasta bordes cortantes y estructuras parecidas a dientes.

El equipo estudió ocho especies de Gogo, entre ellas Camuropiscis concinnus, Rolfosteus canningensis, Compagopiscis croucheri, Eastmanosteus calliaspis y Kimberleyichthys. Los fósiles de esta formación son especialmente valiosos porque muchos conservaron su anatomía tridimensional en lugar de quedar completamente aplastados dentro de la roca.

Los científicos escanearon las piezas mediante micro-CT y crearon modelos digitales de unas 500.000 unidades tridimensionales cada uno. Después simularon mordidas y calcularon cuánto se deformaba cada mandíbula al soportar fuerzas equivalentes. También midieron la complejidad de las superficies utilizadas para comer.

La expectativa era bastante intuitiva: una dieta basada en alimentos duros debería favorecer mandíbulas resistentes y superficies planas para triturar. No fue exactamente lo que encontraron.

Los pequeños aplastaban la armadura; el gigante necesitaba agujerearla primero

Hace 385 millones de años, los peces acorazados ya libraban una carrera armamentística bajo el mar. Los pequeños trituraban presas como una prensa; los grandes desarrollaron mandíbulas que funcionaban como un martillo de guerra
© Western Australian Museum / Scientific Reports.

Dos de los peces relativamente pequeños, Camuropiscis y Rolfosteus, combinaban mandíbulas muy resistentes para su tamaño con superficies de mordida anchas y poco complejas.

La explicación propuesta por los investigadores es sencilla: si la presa era suficientemente pequeña para entrar completa en la boca, no era necesario perforarla. Bastaba atraparla entre dos superficies resistentes y comprimir hasta que su concha o armadura cediera.

Kimberleyichthys, el animal con la mandíbula más grande de la muestra, resolvía el mismo problema de otra manera. Su mandíbula combinaba una enorme resistencia estructural con las superficies dentales más complejas del grupo: estructuras elevadas que permitían concentrar la fuerza sobre un área pequeña. Los autores comparan su funcionamiento con las cabezas de martillos de guerra o poleaxes medievales, armas diseñadas no para empujar una armadura, sino para concentrar el impacto hasta atravesarla.

Había una razón: una presa demasiado grande no podía tragarse entera. Primero había que perforarla, romperla y reducirla a fragmentos manejables.

La auténtica clave no era el tamaño del depredador, sino el tamaño de su comida

Entre ambos extremos aparecieron peces con mandíbulas menos resistentes pero filos más especializados, compatibles con cortar tejidos blandos o mantener dietas más generalistas. El estudio concluye que no existió una única solución evolutiva para comer organismos protegidos. Y ahí está el resultado más interesante.

No era simplemente que los peces grandes mordieran más fuerte y los pequeños menos. Lo decisivo era cuánto medía la presa respecto a la boca del depredador. Si cabía entera, podía convertirse la mandíbula en una trituradora. Si no cabía, había que inventar una herramienta para desmontarla primero.

Hace 385 millones de años, el arrecife de Gogo ya tenía depredadores especializados en cortar, triturar y perforar. La mandíbula, una innovación evolutiva todavía relativamente reciente, había dejado rápidamente de ser una simple bisagra para cerrar la boca.

Ya se estaba convirtiendo en una caja de herramientas. Y algunas de esas herramientas funcionaban inquietantemente parecido a las armas que los humanos inventaríamos cientos de millones de años después.

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