Hacia el año 2200 antes de Cristo, mientras se derrumbaban el Reino Antiguo de Egipto y el Imperio acadio en Mesopotamia, en el sureste de la península ibérica empezaba a crecer algo nuevo. En menos de cinco siglos, la sociedad de El Argar pasó de controlar unos 5.500 kilómetros cuadrados a unos 34.000, con ciudades amuralladas, élites que se enterraban con armas y joyas de plata, y un control férreo de las minas de cobre.
Muchos arqueólogos consideran que El Argar fue uno de los primeros Estados de Europa occidental, aunque el debate sigue abierto. Lo que se conocía mucho menos era la otra mitad de la historia: qué pasaba con los pueblos que vivían al norte de sus fronteras, y cómo lograron no ser absorbidos.
Más de 1.500 poblados bajo la lupa

Un estudio de Marcello Peres y Roberto Risch, de la Universidad Autónoma de Barcelona, publicado en el Journal of Archaeological Research, reunió información sobre 1.517 poblados de la Edad del Bronce repartidos en unos 177.000 kilómetros cuadrados de la Meseta y el Levante, una superficie que duplica la de Andalucía.
El patrón que encontraron es llamativo. Más del 83% de esos asentamientos medía menos de 2.000 metros cuadrados, y casi la mitad no llegaba a 500. Solo el 1,5% superaba una hectárea. Además, más de tres cuartas partes estaban fortificados, construidos en lugares elevados o ambas cosas a la vez. Y el 87% eran fundaciones nuevas, levantadas justo cuando El Argar empezaba a expandirse.
Los autores describen esta estrategia con dos palabras: atomización y «enrocamiento». En lugar de concentrarse en grandes ciudades, que habrían sido presas más fáciles, las comunidades del norte se repartieron en muchos núcleos pequeños y defendibles. En La Mancha aparecen además las motillas, fortificaciones con pozos para asegurar el agua; el estudio contabiliza 45.
La frontera, un lugar violento

Los restos humanos confirman que la tensión no era solo teórica. En la Motilla del Azuer, en Daimiel (Ciudad Real), el 48% de los hombres adultos analizados presenta lesiones compatibles con violencia, frente al 9,1% de las mujeres. Uno de ellos, un joven de unos 20 años enterrado entre 2040 y 1870 antes de Cristo, muestra heridas de tres tipos de arma distintos, incluidas hachas de cobre y una daga. Según el análisis forense, lo atacaron varias personas a la vez.
En el norte de Murcia, en plena zona fronteriza, hasta el 37,5% de los esqueletos tiene heridas de arma. En cambio, en el valle medio del Tajo, más alejado, solo el 9% de los individuos presenta lesiones, y sin señales claras de violencia entre personas.
Armas en las minas, marfil en el resto
El estudio sugiere que El Argar no usó la misma estrategia en todas partes. En las zonas mineras y de frontera, como Sierra Morena, se concentran alabardas, espadas y dagas con remaches de plata. Los análisis de isótopos de plomo indican que entre el 17% y el 24% del metal argárico analizado provenía del distrito minero de Linares-La Carolina, en Jaén.
En el Levante y La Mancha, en cambio, casi no aparecen esas armas, pero sí marfil de elefante africano. En Mola d’Agres, en Alicante, se encontraron 48 piezas, y en la Lloma de Betxí, en Valencia, más de la mitad de 46 objetos de marfil estaban guardados en una sola vasija. Los autores plantean que los botones de marfil pudieron funcionar como una forma temprana de dinero o como señal de alianza, aunque reconocen que es una hipótesis sin confirmar.
El Argar también fundó colonias aisladas en territorio ajeno, como la Illeta dels Banyets, en El Campello, una pequeña isla a unos 40 kilómetros de los asentamientos argáricos más cercanos. Y el ADN muestra contactos: una persona enterrada en La Almoloya, en Murcia, estaba emparentada con otra de La Horna, en Alicante.
Una estrategia que también usaron otros pueblos
Para explicar cómo una población dispersa puede resistir a un Estado, los autores recurren a un ejemplo etnográfico: los matsigenka de la Amazonía peruana, que históricamente sobrevivieron a presiones externas repartiéndose en aldeas pequeñas y móviles. La idea es que la dispersión no es un signo de atraso, sino una forma deliberada de evitar ser dominados.
El estudio tiene limitaciones que los propios autores reconocen. Solo 134 de los 1.517 poblados han sido excavados, y los ejes principales del análisis estadístico explican apenas el 19% de las diferencias entre regiones. Aun así, cambia la manera de mirar la Edad del Bronce ibérica: las culturas que la arqueología del siglo XX separaba en compartimentos, como el Bronce Manchego o el Bronce Valenciano, aparecen ahora como piezas de un mismo tablero, organizado en buena medida alrededor de la amenaza de El Argar.
El Argar desapareció hacia el 1550 antes de Cristo. Sus vecinos del norte, dispersos y amurallados, siguieron ahí.