Un ave de hasta cuatro metros de altura y 500 kilos de peso parece difícil de intimidar. El Dromornis stirtoni, considerado uno de los pájaros más grandes que han pisado la Tierra, tenía además un pico enorme que reforzaba su aspecto amenazante. No sorprende que estos animales recibieran el apodo de “patos demonio de la muerte”.
Sin embargo, aquella apariencia escondía una historia diferente. Estos parientes lejanos de los patos y las gallinas eran probablemente vegetarianos. Y, pese a sus dimensiones, su supervivencia dependía de algo que el tamaño no podía garantizar: disponer de suficiente tiempo para llegar a reproducirse.
Un estudio publicado en The Anatomical Record identificó en sus huesos una característica que podría ayudar a explicar su desaparición. La clave estaba en su desarrollo y en una demora que los dejaba expuestos cuando aumentaba la presión sobre la especie.
Como ocurre con la vulnerabilidad de las aves durante sus primeras etapas de vida, el problema no se limitaba a lo que podía sucederles a los adultos. En este caso, los ejemplares jóvenes y los huevos ocupan un lugar central en la explicación.

Un gigante que necesitaba diez años para reproducirse
Trevor Worthy y sus colegas de la Universidad de Flinders estudiaron huesos fosilizados de Dromornis stirtoni para reconstruir su ritmo de crecimiento. Los restos fósiles de animales desaparecidos pueden conservar información que va mucho más allá de sus dimensiones o su aspecto.
Anusuya Chinsamy-Turan, de la Universidad de Ciudad del Cabo y coautora del trabajo, explicó que el análisis microscópico permite identificar señales biológicas relacionadas con el desarrollo. Esas marcas ayudan a establecer cuánto tardaban las aves en alcanzar la edad adulta y la madurez sexual, e incluso cuándo comenzaban a ovular las hembras.
Los resultados mostraron una diferencia importante entre crecer y estar preparado para reproducirse. Durante sus dos primeros años, estos animales aumentaban de tamaño rápidamente. Sin embargo, no alcanzaban la madurez sexual hasta aproximadamente los diez años.
La comparación con los emúes resulta reveladora: estas aves modernas pueden reproducirse a los dos años. El gigante australiano necesitaba mucho más tiempo antes de aportar una nueva generación.
Esa lentitud no había impedido que perdurara durante miles de años. Pero constituía una debilidad frente a nuevas amenazas y ayuda a entender por qué estudiar la reproducción resulta fundamental al investigar la extinción de las aves.
Los adultos imponían respeto, pero sus nidos estaban expuestos
El artículo sitúa la desaparición de estas aves poco después de la llegada de los primeros humanos a Australia. Aunque considera improbable que aquellos pobladores cazaran adultos, plantea que pudieron capturar ejemplares jóvenes y saquear sus nidos.
La pérdida de huevos y polluelos cobra especial importancia cuando una especie tarda tantos años en reproducirse. Alcanzar un tamaño impresionante no resolvía esa dificultad.
Entre las evidencias mencionadas aparecen restos fósiles de huevos con patrones de quemaduras compatibles con la actividad humana. Su interpretación continúa siendo objeto de debate, por lo que el papel de nuestros antepasados debe mantenerse como una posibilidad, sin presentarlo como una conclusión definitiva.
El desarrollo lento, en cambio, destaca como un factor importante de vulnerabilidad. El texto lo compara con algunas especies de dinosaurios cuyos huevos tardaban demasiado en eclosionar, prolongando su exposición a depredadores y cambios del entorno.
Comprender por qué unos linajes sobrevivieron y otros desaparecieron exige mirar más allá de su fuerza o tamaño. En estos gigantes australianos, los huesos señalaron una debilidad mucho menos visible: los largos años necesarios para que comenzara una nueva generación.