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Ciencia

Impactante: Un estudio revela que las personas que llegan a vivir más de 100 años suelen provenir de zonas pobres y remotas

Las regiones con más habitantes extremadamente longevos parecían esconder una fórmula extraordinaria. Sin embargo, una investigación detectó un patrón inesperado que obliga a revisar esas historias.
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Llegar a los 100 años suele presentarse como la recompensa de una vida saludable. Dietas basadas en vegetales, actividad física cotidiana, vínculos sociales sólidos y una existencia alejada del estrés aparecen una y otra vez como los ingredientes de una vejez excepcional.

Esa idea convirtió a determinadas comunidades remotas en auténticos laboratorios de longevidad. Investigadores, documentalistas y viajeros llegaron hasta ellas con una misma pregunta: ¿qué hacen sus habitantes para vivir tanto?

Pero detrás de algunos de esos récords podría existir una explicación bastante menos inspiradora. Al analizar dónde se concentran las personas que supuestamente superaron los 100 e incluso los 110 años, un demógrafo encontró que muchas procedían de lugares pobres, aislados y con sistemas deficientes de registro civil.

La relación parecía paradójica. Las edades más extraordinarias no siempre aparecían en regiones con mejores hospitales, mayor educación o una esperanza de vida elevada, sino precisamente donde comprobar una fecha de nacimiento podía resultar mucho más difícil.

La pista apareció en los documentos que faltaban

El investigador detrás de este trabajo es Saul Justin Newman, demógrafo de University College London. Su análisis de los registros de centenarios y supercentenarios (personas que alcanzan al menos los 110 años) lo llevó a estudiar no solamente cómo vivían, sino también la calidad de los documentos utilizados para certificar sus edades.

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© Andrew Angelov – shutterstock

El patrón resultó llamativo. En Estados Unidos, la aparición de supercentenarios estaba relacionada con zonas y periodos en los que todavía no existía un registro completo de nacimientos. En otros países, los casos de longevidad extrema tendían a concentrarse en regiones con pobreza, bajos ingresos, menor alfabetización, delincuencia elevada y una esperanza de vida relativamente corta.

Eso no significa que todas las personas centenarias hayan mentido sobre su edad. La investigación plantea, en cambio, que una parte de los registros podría estar distorsionada por errores administrativos, documentos incompletos, fechas aproximadas o casos de fraude vinculados con el cobro de pensiones.

Newman también identificó anomalías difíciles de ignorar. Las fechas de nacimiento de algunos supercentenarios aparecían con una frecuencia inusual en el primer día del mes o en jornadas divisibles por cinco. Este tipo de concentración suele surgir cuando una fecha exacta es desconocida y alguien la redondea al completar un formulario.

Su trabajo recibió en 2024 el primer premio Ig Nobel de Demografía, un reconocimiento destinado a investigaciones que primero provocan una sonrisa y después invitan a pensar. Sin embargo, detrás de la anécdota existe un problema científico real.

El dato que puso bajo sospecha a las famosas Zonas Azules

La investigación también alcanzó a las llamadas Zonas Azules, regiones conocidas por reunir una cantidad aparentemente excepcional de habitantes centenarios. Okinawa, en Japón; Cerdeña, en Italia; Icaria, en Grecia, y la península de Nicoya, en Costa Rica, son algunos de los ejemplos más famosos.

Durante años, estos lugares fueron asociados con dietas tradicionales, comunidades unidas y una vida cotidiana más activa. Sin embargo, Newman sostiene que parte de su reputación podría apoyarse en datos demográficos menos sólidos de lo que se creía.

Uno de los antecedentes más desconcertantes surgió en Japón. Una revisión oficial descubrió que miles de personas registradas como centenarias ya habían muerto o no podían ser localizadas. El problema no se limitaba necesariamente a Okinawa ni demostraba que todos los récords fueran falsos, pero revelaba hasta qué punto un fallecimiento sin registrar podía mantener a alguien “vivo” durante décadas dentro de una base de datos.

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© Pixabay

Guerras, migraciones, archivos destruidos y sistemas administrativos antiguos también pueden provocar inconsistencias. En regiones remotas, una edad declarada puede pasar de un documento a otro hasta adquirir apariencia de certeza, aunque el dato original nunca haya sido comprobado adecuadamente.

Desde esa perspectiva, el supuesto secreto para superar los 110 años quizá no siempre esté en la alimentación o en la genética. En algunos casos, podría encontrarse en una oficina con archivos incompletos.

Una hipótesis provocadora que todavía genera debate

El trabajo de Newman obliga a mirar la longevidad extrema con mayor cautela, pero no representa la última palabra. El estudio difundido como prepublicación científica no había sido revisado por pares cuando recibió el Ig Nobel, y otros especialistas cuestionaron sus conclusiones.

En 2025, investigadores vinculados al estudio demográfico de las Zonas Azules publicaron una respuesta académica en la que defendieron sus procesos de validación y sostuvieron que las edades de las poblaciones clásicas fueron verificadas mediante estándares aceptados. La discusión, por lo tanto, continúa abierta.

Aun así, la investigación deja una advertencia difícil de ignorar: un certificado repetido muchas veces no necesariamente convierte una fecha equivocada en verdadera. Para estudiar los límites de la vida humana no basta con contar personas centenarias; también es necesario reconstruir su identidad, confirmar sus documentos y verificar que continúen con vida.

Quizá ciertas comunidades sí posean hábitos capaces de favorecer un envejecimiento saludable. Pero antes de buscar una fórmula extraordinaria en sus dietas o costumbres, la ciencia debe resolver una pregunta mucho más básica: ¿esas personas realmente tienen la edad que figura en los registros?

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