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Ciencia

La isla japonesa famosa por sus centenarios tiene una lección incómoda: las nuevas generaciones ya no viven igual

Okinawa se hizo famosa por la extraordinaria longevidad de sus generaciones más antiguas. Su dieta tradicional estaba dominada por vegetales, soja y batata, con pocas calorías y escasa comida ultraprocesada. Pero los estudios muestran que no existe un ingrediente milagroso: alimentación, actividad cotidiana y entorno social parecen formar parte de una combinación mucho más compleja.
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Durante décadas, Okinawa fue uno de los grandes laboratorios naturales de la longevidad humana. En estas islas del sur de Japón se documentó una proporción excepcional de personas que alcanzaban edades muy avanzadas, especialmente entre las generaciones nacidas antes de la Segunda Guerra Mundial.

La explicación popular suele reducirse a un “secreto japonés”: comer hasta estar lleno solo al 80%, consumir batata morada o mantener una actitud tranquila ante la vida.

La ciencia ofrece una respuesta bastante menos espectacular, pero más interesante: no parece existir un único secreto.

La antigua dieta de Okinawa era muy diferente de la occidental

Los estudios que reconstruyeron la alimentación tradicional de Okinawa encontraron una dieta predominantemente vegetal, baja en calorías y relativamente pobre en grasas saturadas. Su base no era el sushi ni enormes cantidades de pescado, sino verduras, soja y, especialmente, batata.

Hacia mediados del siglo XX, la batata llegó a representar aproximadamente dos tercios de las calorías de la dieta tradicional en algunos registros. También eran habituales el tofu, el miso, vegetales verdes y amarillos y pequeñas cantidades de pescado y carne.

Eso convierte a la batata en un alimento históricamente importante, pero no en un “superalimento” capaz de explicar por sí mismo por qué alguien llega a los 100 años.

El patrón completo importa mucho más.

Comer menos también podría haber formado parte de la ecuación

Otra característica estudiada es el relativamente bajo consumo energético de las generaciones antiguas.

Investigaciones sobre habitantes mayores de Okinawa estimaron que, durante etapas anteriores de su vida, su consumo calórico podía situarse aproximadamente entre un 10% y un 15% por debajo de sus necesidades estimadas, sin sufrir malnutrición.

Aquí suele aparecer el concepto hara hachi bu, una expresión tradicional asociada a dejar de comer antes de sentirse completamente lleno.

La idea encaja con un patrón de moderación alimentaria, pero conviene separar tradición de evidencia: no hay un ensayo que demuestre que parar exactamente al “80%” sea la causa de la longevidad de Okinawa. Los investigadores hablan más prudentemente de una dieta históricamente baja en calorías y rica en alimentos poco procesados.

Okinawa también demuestra que la longevidad puede desaparecer

Hay un detalle especialmente revelador.

Las generaciones más jóvenes de Okinawa ya no conservan la misma ventaja de longevidad respecto del resto de Japón. Estudios demográficos recientes han mostrado que el deterioro comenzó a hacerse visible especialmente entre adultos jóvenes desde finales del siglo XX.

Una de las hipótesis es la progresiva occidentalización del estilo de vida después de la Segunda Guerra Mundial: más grasas, alimentos diferentes y abandono parcial de la alimentación tradicional. Sin embargo, los investigadores también señalan que no puede atribuirse el cambio exclusivamente a la dieta.

Factores como actividad física cotidiana, genética, condiciones sociales, apoyo comunitario y atención a las personas mayores también han sido propuestos para explicar parte de la longevidad histórica de la población.

La lección de Okinawa es menos exótica de lo que parece

No necesitamos importar batatas moradas desde Japón ni calcular cuándo nuestro estómago está exactamente al 80%.

Lo verdaderamente interesante de Okinawa es que su población más longeva creció con un patrón difícil de encontrar en muchas sociedades actuales: muchos alimentos vegetales, poca comida altamente procesada, moderación energética y una vida cotidiana relativamente activa.

Y quizá la mayor prueba de que no existe una fórmula mágica sea la propia Okinawa: las islas siguen estando en el mismo lugar y la batata sigue existiendo, pero las generaciones más recientes ya no muestran la extraordinaria ventaja de longevidad que hizo famosa a la región.

El “secreto”, si existe, probablemente nunca fue un alimento. Era todo un estilo de vida.

Fuente: Futura-Sciencies.

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