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Ciencia

Japón acaba de ensayar una maniobra que parece absurda: pasar a toda velocidad junto a un asteroide sin tocarlo. La clave era aprender a apuntar con precisión extrema para defender la Tierra de una amenaza futura

La sonda japonesa Hayabusa2 completó un sobrevuelo de alta precisión sobre el asteroide Torifune como parte de su misión extendida. La maniobra buscó demostrar navegación extrema junto a un cuerpo pequeño y oscuro, una tecnología clave si en el futuro hubiera que guiar una nave para desviar un asteroide peligroso.
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A veces, la defensa planetaria no consiste en estrellar una nave contra un asteroide. A veces consiste en hacer algo aparentemente menos espectacular, pero igual de difícil: pasar muy cerca, a enorme velocidad, sin equivocarse. Ni demasiado lejos, porque no se obtienen datos útiles. Ni demasiado cerca, porque la misión termina convertida en un impacto no deseado.

Eso es lo que acaba de intentar Japón con Hayabusa2. La Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial confirmó que la sonda realizó con éxito el sobrevuelo del asteroide Torifune el 5 de julio de 2026, como primer objetivo de exploración de su misión extendida. JAXA informó que, a las 18:35 hora japonesa, la nave seguía operando con normalidad según las comunicaciones desde tierra, y que logró obtener imágenes y datos científicos del asteroide.

La escena tiene un detalle casi absurdo: Hayabusa2 pasó junto a Torifune a unos 5 kilómetros por segundo, es decir, alrededor de 18.000 kilómetros por hora. En junio, JAXA había indicado que el sobrevuelo estaba previsto a una distancia aproximada de 1 kilómetro desde el centro del asteroide. Como Torifune se estima en unos 450 metros de diámetro, eso equivale a una aproximación de apenas unos cientos de metros respecto de su superficie, aunque la distancia final exacta todavía debe consolidarse con los datos de navegación.

No era una colisión, era una prueba de precisión

Japón acaba de ensayar una maniobra que parece absurda: pasar a toda velocidad junto a un asteroide sin tocarlo. La clave era aprender a apuntar con precisión extrema para defender la Tierra de una amenaza futura
© JAXA.

La comparación inevitable es DART, la misión de NASA que en 2022 impactó deliberadamente contra Dimorphos para comprobar si un choque cinético podía alterar la órbita de un asteroide. NASA confirmó entonces que el impacto cambió el periodo orbital de Dimorphos alrededor de Didymos en 32 minutos, superando ampliamente el umbral mínimo de éxito de la prueba.

Hayabusa2, sin embargo, exploró otra parte del mismo problema. No intentó golpear Torifune. Intentó demostrar que una nave puede ser guiada con enorme precisión hacia un objeto pequeño, oscuro y con órbita no perfectamente conocida. JAXA lo explica de forma directa: esta clase de navegación de alta precisión es una tecnología aplicable a futuras misiones que busquen provocar cambios intencionales en la órbita de un asteroide.

Dicho de otra manera: antes de desviar algo, hay que poder apuntarle bien. Y antes de apuntarle bien, hay que saber si una nave puede acercarse lo suficiente como para observar, corregir y ejecutar una maniobra sin depender de imágenes perfectas tomadas desde lejos.

Hayabusa2 no fue diseñada para esto

La dificultad aumenta porque Hayabusa2 no nació como una nave de sobrevuelo rápido. Fue diseñada para una misión de encuentro y retorno de muestras: llegar al asteroide Ryugu, estudiarlo de cerca, tocar su superficie, recoger material y devolver una cápsula a la Tierra. Esa misión principal fue un éxito: JAXA recuerda que la nave llegó a Ryugu en 2018, tomó muestras en 2019 y entregó la cápsula en diciembre de 2020. Luego volvió al espacio profundo para iniciar su misión extendida.

Ese pasado explica el riesgo de Torifune. Las cámaras de Hayabusa2 están pensadas para observar un asteroide durante operaciones cercanas y relativamente lentas, no para captar un objeto que pasa por el campo de visión en segundos. JAXA señaló antes del encuentro que la nave debía acercarse lo máximo posible para obtener datos de buena resolución, pero sin cruzar la línea del impacto accidental.

El sobrevuelo, además, ocurrió contra un objetivo poco complaciente. Torifune, también conocido como 2001 CC21, es un asteroide cercano a la Tierra de unos 450 metros de diámetro estimado, con indicios de forma alargada y un periodo de rotación de aproximadamente cinco horas. Esa combinación hacía que elegir el momento exacto del paso importara: unos minutos de diferencia podían cambiar qué cara del asteroide veía la nave.

Las imágenes importan más de lo que parece

Japón acaba de ensayar una maniobra que parece absurda: pasar a toda velocidad junto a un asteroide sin tocarlo. La clave era aprender a apuntar con precisión extrema para defender la Tierra de una amenaza futura
© IKESHITA Akihiro.

JAXA ya publicó imágenes de Torifune tomadas por la cámara óptica de navegación ONC-T y por el instrumento térmico TIR. La imagen térmica fue capturada el 5 de julio a las 18:29:58 JST, a unos 10 kilómetros del asteroide, según la estimación preliminar de la agencia.

Ese dato puede parecer menor, pero no lo es. En defensa planetaria, una imagen de cerca no sirve solo para ilustrar una nota. Sirve para saber si un asteroide es compacto o poroso, si tiene grandes bloques, si está cubierto de regolito fino, si su superficie absorbe un impacto como una esponja o lo transmite como una roca sólida.

Por eso Hayabusa2 también utilizó otros instrumentos durante la aproximación. JAXA informó que, desde alrededor de una hora antes del máximo acercamiento, la nave operó el espectrómetro infrarrojo cercano NIRS3, el generador de imágenes térmicas TIR y el LIDAR, además de la cámara ONC-T. La agencia aclaró que solo una parte de los datos había llegado inicialmente a la Tierra y que el resto se transmitirá en operaciones posteriores.

El siguiente objetivo será todavía más extraño

Torifune no es el final de Hayabusa2. Es una escala dentro de una misión extendida mucho más larga. El destino principal será 1998 KY26, un asteroide de apenas unas decenas de metros de diámetro al que la nave debería llegar en 2031. JAXA lo describe como un objeto de rotación extremadamente rápida, con un periodo de unos 10 minutos, donde la fuerza centrífuga puede superar la débil gravedad de la superficie.

Ese objetivo es importante porque muchos asteroides pequeños podrían sobrevivir parcialmente a su entrada en la atmósfera y causar daños regionales. JAXA sostiene que entender si estos cuerpos son monolitos, agregados de rocas o estructuras más frágiles es información crítica para diseñar futuras medidas de desvío.

En ese sentido, Torifune fue una especie de ensayo general. No porque representara una amenaza para la Tierra, sino porque obligó a operar una nave antigua en un escenario donde la precisión, la velocidad y la incertidumbre se mezclan de forma incómoda.

Hayabusa2 ya había demostrado que podía traer a casa polvo de un asteroide. Ahora demostró algo menos vistoso, pero quizá igual de importante: que puede acercarse a una roca espacial a velocidad extrema, verla durante un instante y seguir viva. La defensa planetaria no se construye solo con grandes impactos. También se construye con estas maniobras tensas, casi silenciosas, donde fallar por poco puede significar fallar por completo.

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