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La ambición silenciosa que explica por qué la guerra no termina

La guerra parece estancada, pero las señales apuntan a que el conflicto avanza hacia un desenlace que no depende de las armas, sino de una ambición silenciosa que lleva décadas creciendo. Lo que Putin busca no coincide con lo que se negocia públicamente, y podría redefinir fronteras, alianzas y el futuro de Europa.
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Aunque la guerra muestra pocos avances visibles, detrás de cada movimiento militar se esconde un objetivo político mucho más profundo. Las ofertas de alto el fuego no prosperan, las negociaciones avanzan a medias y la pregunta central persiste: ¿qué quiere realmente Putin? Condensar todas las señales, discursos, retrocesos y avances permite ver un patrón inquietante que no se limita a Ucrania, sino a un proyecto histórico que ha marcado cada una de sus decisiones.

Lo que revela el estancamiento y por qué Putin no se conforma

Pese a las bajas y al avance lento, Rusia sigue ganando terreno y conserva la capacidad de reponer tropas, algo que Ucrania no puede igualar. Históricamente, quienes avanzan no renuncian a lo obtenido, y Moscú ya controla cerca del 20% del territorio ucraniano, zonas que reclama desde 2014. La guerra, por lo tanto, no empezó en 2022, sino una década antes, cuando Rusia declaró propias Crimea, Donetsk y Lugansk.

Europa, debilitada políticamente, tampoco está en condiciones de asumir en solitario la reconstrucción de Ucrania, mientras enfrenta cambios internos (migración, populismo, crisis económica) que desvían su atención. El apoyo occidental nunca dio a Ucrania las herramientas para ganar, solo para resistir. Por eso, aunque el conflicto se estira, la balanza se inclina hacia Moscú y surge la pregunta clave: ¿por qué Putin no acepta acuerdos favorables?

La ambición que atraviesa décadas de historia

El rechazo ruso a propuestas muy ventajosas revela que el objetivo no es solo territorial. Putin ha repetido durante veinticinco años que la caída de la URSS fue una “catástrofe geopolítica”. En su visión, el colapso fue tan repentino que nunca se resolvió un asunto decisivo: la definición de fronteras y el trato a las minorías rusas en los nuevos países.

Ese argumento ha sido usado para justificar intervenciones en Moldavia, Georgia, el Donbás y la invasión de 2022. En esta lógica, Rusia actúa como garante de poblaciones rusoparlantes que considera maltratadas tras la disolución soviética. El conflicto actual se convierte así en parte de un proceso mayor: el intento de negociar, con Estados Unidos y solo con Estados Unidos, las consecuencias del fin de la URSS.

Esto coloca a Putin más cerca de la tradición de la “Rusia histórica” (la de los zares) que del legado soviético. Su objetivo no es restaurar el comunismo, sino recuperar la influencia perdida y cerrar un capítulo que, para él, quedó abierto desde 1991.

El juego geopolítico que condiciona las negociaciones

Putin quiere que Washington reconozca ese rol imperial, algo comparable a lo ocurrido en Yalta tras la Segunda Guerra Mundial. Pero Estados Unidos no está dispuesto a repetir aquel reparto de zonas de influencia. Además, Rusia ya no tiene el poder militar de la antigua URSS, como quedó demostrado en su desempeño en Ucrania.

Aun así, Moscú mantiene una ventaja estratégica inesperada: su alianza con China, formada tras la invasión. Esta coalición, con Rusia como socio menor, es vista por Washington como uno de los efectos más preocupantes de la guerra. Romper o debilitar esa alianza podría convertirse en la única razón por la que EE. UU. consideraría negociar a un nivel que Putin ansía.

Pero el Kremlin parece creer que su momento puede llegar: si Washington logra una relación económica estable con China y obtiene supremacía en inteligencia artificial (como la que tuvo en los 90 con internet) podría sentirse más fuerte para redefinir el orden global… o para renegociarlo.

El factor interno que vuelve la guerra aún más compleja

Ucrania enfrenta además obstáculos internos: la Constitución impide ceder territorios sin un plebiscito, y Volodímir Zelensky podría perder unas elecciones que vienen marcadas por el ascenso de Valerii Zaluzhnyi, el excomandante que detuvo el avance ruso sobre Kiev. La política interna ucraniana, por lo tanto, se mezcla con las exigencias externas y dificulta cualquier concesión.

Los ceses del fuego suelen convertirse en fronteras definitivas, y Putin lo sabe. Por eso, aunque aceptó la reciente propuesta de 28 puntos, lo hizo con falta de entusiasmo y viendo en ella solo una “base” para algo más ambicioso. Todo indica que su objetivo final no es detener la guerra, sino conseguir una negociación que reescriba la arquitectura de poder que dejó la caída de la URSS.

El final posible: detener la guerra… sin resolver su origen

La única propuesta viable hoy es la de Estados Unidos, ajustada o no, porque no hay otro actor con poder suficiente para imponer un acuerdo. Pero incluso si se lograra un cese de fuego, nada indica que Putin renunciaría a su objetivo mayor: forzar a Washington a reconocer, explícitamente o no, el regreso de Rusia como potencia histórica en su vecindad.

Y hasta que eso no ocurra (o se demuestre imposible) la guerra podría detenerse… pero no terminar.

 

[Fuente: Infobae]

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