Incubar un huevo parece sencillo cuando hay suficiente sol o un cuerpo caliente para mantenerlo a temperatura estable. Pero para un dinosaurio gigante que vivía cerca del límite sur del mundo habitable del Cretácico, el problema era mucho más complicado.
Un equipo de científicos de Japón y Argentina ha encontrado más de 250 fragmentos de cáscaras de huevo de dinosaurio en la Formación Chorrillo, en el sur de la Patagonia. Los restos datan del final del Cretácico, durante el Maastrichtiense, y probablemente pertenecieron a titanosaurios, los enormes saurópodos de cuello largo que dominaron buena parte de Sudamérica.
Huevos en un lugar demasiado frío
Cuando estos dinosaurios vivían allí, la región se encontraba aproximadamente entre los 55° y 60° de latitud sur.
Eso significa que los animales anidaban mucho más cerca del polo sur de lo que se pensaba. Según los investigadores, el clima de aquella zona pudo parecerse al de la actual Nueva York: frío durante buena parte del año y con fuertes variaciones estacionales.
El problema es que los huevos de dinosaurio necesitaban mantenerse dentro de un rango térmico adecuado durante semanas o incluso meses para permitir el desarrollo del embrión.
Y los titanosaurios, por su enorme tamaño, difícilmente podían sentarse sobre sus nidos como hacen muchas aves actuales.

Las cáscaras ofrecen una pista
Los fragmentos estudiados presentan poros grandes y muy numerosos.
Ese detalle es importante porque los huevos enterrados suelen necesitar una mayor porosidad para permitir el intercambio de oxígeno a través del suelo o del material que los cubre.
Los investigadores consideran que los huevos probablemente permanecían enterrados, pero eso plantea otra cuestión: cubrirlos con tierra no habría proporcionado suficiente calor en un clima tan frío.
Por tanto, necesitaban alguna fuente adicional de temperatura.
Una incubadora hecha con plantas
La posible respuesta aparece en animales actuales.
Los cocodrilos de agua salada y algunas aves australianas, como los talégalos, construyen grandes montículos de hojas, ramas y otros restos vegetales y colocan sus huevos en su interior.
Cuando esa materia orgánica comienza a descomponerse, los microorganismos generan calor. El resultado funciona como una incubadora natural capaz de mantener temperaturas relativamente estables incluso cuando el ambiente exterior es frío.

Los científicos plantean que los titanosaurios pudieron utilizar una estrategia similar.
No existen restos directos de aquellos montículos, por lo que la hipótesis todavía no puede demostrarse. Sin embargo, la combinación entre la elevada porosidad de las cáscaras, la latitud del yacimiento y las bajas temperaturas estimadas hace que la idea sea plausible.
De confirmarse, significaría que algunos dinosaurios no dependían únicamente del clima para reproducirse. También habrían modificado activamente su entorno para crear las condiciones necesarias para que sus crías sobrevivieran.
Una especie de incubadora biológica, construida decenas de millones de años antes de que los humanos inventaran la nuestra.