Durante buena parte del siglo XX, el fondo del océano parecía ofrecer una solución tan sencilla como inquietante para un problema creciente: si los residuos radiactivos se hundían a miles de metros y cientos de kilómetros de la costa, podían desaparecer de nuestra vista.
Eso fue exactamente lo que hicieron varios países europeos.
Entre las décadas de 1950 y 1990 se arrojaron al Atlántico nororiental más de 200.000 barriles metálicos de unos 200 litros cargados con residuos radiactivos, generalmente mezclados con hormigón o betún para sobrevivir al impacto contra el fondo. Solo Reino Unido vertió más de 140.000; Bélgica, unos 55.000, y Francia realizó dos grandes operaciones en 1967 y 1969.
Décadas después, el proyecto NODSSUM, liderado por el CNRS francés, ha empezado a regresar hasta ellos. Y algunas de las imágenes muestran exactamente lo que cabía temer después de medio siglo bajo el agua.
Primero encontraron 3.355 barriles. Eso era apenas empezar

Aquí hay una diferencia importante respecto a algunos titulares: los científicos no acaban de descubrir 200.000 barriles. Su existencia estaba documentada. Lo que nunca tuvimos fue un mapa preciso de dónde estaban ni una imagen clara de cómo habían envejecido.
La primera campaña de NODSSUM, realizada en 2025, utilizó el vehículo submarino autónomo UlyX para explorar el fondo a casi 5.000 metros de profundidad. En apenas 163 kilómetros cuadrados consiguió localizar 3.355 barriles, fotografiando ejemplares corroídos, dañados y colonizados por animales marinos. Y eso era únicamente una pequeña ventana al problema.
En 2026, unos 30 investigadores regresaron a bordo del Pourquoi Pas?. Esta vez llevaron el Nautile, un submarino tripulado que realizó 20 inmersiones por debajo de los 4.700 metros para acercarse directamente a algunos recipientes.
Allí encontraron barriles en avanzado estado de deterioro. Y en algunos casos, material saliendo de ellos y extendiéndose sobre el fondo marino.
El fondo del océano no era el desierto sin vida que imaginaron

La ironía histórica es considerable. Cuando comenzaron estos vertidos, las grandes llanuras abisales eran consideradas ambientes casi vacíos. Hoy sabemos que albergan ecosistemas completos, y los propios barriles aparecen cubiertos y rodeados de organismos.
Por eso los científicos están recogiendo agua, sedimentos y seres vivos alrededor de los recipientes para descubrir si los radionúclidos están escapando, cómo se desplazan y si terminan incorporándose a los organismos.
Las mediciones realizadas durante la campaña de 2026 ya detectaron radionúclidos característicos de los residuos a niveles superiores a los esperados para esa región. El dato necesita contexto: las actividades medidas siguen siendo bajas y las muestras pudieron manipularse sin grandes restricciones adicionales de protección radiológica. Los análisis de laboratorio continúan.
Nadie sabe todavía qué ha hecho medio siglo de océano con todo ese material

El objetivo ahora no es generar una alarma sobre las costas europeas, sino responder una pregunta que sorprendentemente continúa abierta: qué ocurre cuando dejamos residuos radiactivos durante décadas a casi cinco kilómetros bajo el mar.
El contenido original tampoco consistía, según el CNRS, en combustible nuclear ni residuos de alta actividad y larga vida. Incluía principalmente materiales de muy baja, baja e intermedia actividad, como equipos de laboratorio y otros desechos contaminados. En conjunto, sin embargo, los vertidos europeos representaron unos 36 petabecquerelios de actividad radiactiva.
Algunos radionúclidos originales ya habrán desaparecido. Otros pueden persistir durante décadas, siglos o muchísimo más tiempo. Y por eso esos barriles se han convertido involuntariamente en un enorme experimento científico.
Europa los arrojó al abismo confiando en que el océano los mantendría lejos para siempre. Casi medio siglo después, los científicos están regresando al lugar y descubriendo qué significa realmente dejar algo enterrado a 4.700 metros cuando ese algo sigue siendo radiactivo.