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Ciencia

La geometría no nació en una pizarra ni parece ser exclusivamente humana. Un experimento con monos, niños y adultos tsimane’ revela que el cerebro de los primates reconoce formas, paralelismos y ángulos con una intuición sorprendentemente parecida

Babuinos y macacos resolvieron un juego geométrico en el que no podían guiarse por colores, tamaños ni pistas evidentes. Sus aciertos y errores siguieron un patrón similar al de los niños pequeños, lo que apunta a una capacidad mental mucho más antigua que las matemáticas enseñadas en la escuela.
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Mucho antes de aprender qué es un ángulo recto, una línea paralela o un polígono, los niños ya parecen notar que algunas formas están mejor organizadas que otras. Reconocen ciertas relaciones espaciales sin conocer sus nombres y detectan cuándo una figura ha sido deformada, aunque nadie les haya explicado todavía las reglas de la geometría.

Lo sorprendente es que esa habilidad quizá no comenzó con los seres humanos. Un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences sostiene que los monos también poseen una intuición básica para comparar figuras geométricas y que, al hacerlo, recurren a mecanismos mentales muy parecidos a los observados en niños y adultos.

La investigación reunió a ocho primates adultos (cuatro macacos rhesus y cuatro babuinos oliva), 58 niños estadounidenses de entre tres y seis años, 79 adultos del pueblo indígena tsimane’ de Bolivia y 21 adultos de Estados Unidos. La comparación permitió observar la influencia de tres factores difíciles de separar: la especie, la edad y la educación formal.

Un juego de figuras diseñado para eliminar todos los atajos fáciles

La geometría no nació en una pizarra ni parece ser exclusivamente humana. Un experimento con monos, niños y adultos tsimane’ revela que el cerebro de los primates reconoce formas, paralelismos y ángulos con una intuición sorprendentemente parecida
© Rochester Institute of Technology.

El experimento no consistía en pedir a los monos que identificasen un cuadrado o contasen los lados de un triángulo. Los investigadores utilizaron una tarea de emparejamiento en una pantalla táctil: aparecía una figura de muestra y los participantes debían escoger cuál de las opciones conservaba una relación geométrica semejante.

Los animales recibían pequeños tentempiés de fruta como recompensa. Sin embargo, no podían resolver la prueba buscando simplemente el mismo color, el mismo tamaño o algún detalle llamativo, porque los objetos habían sido diseñados para eliminar esas pistas. La respuesta correcta dependía de reconocer la estructura general de la figura.

Esta distinción es importante. Una cosa es aprender que una imagen concreta va acompañada de comida y otra bastante más compleja es reconocer que dos formas pertenecen a una misma organización geométrica, aunque hayan cambiado de tamaño, posición u orientación.

Los investigadores repitieron la tarea con los niños y los adultos. La inclusión de los tsimane’ resultaba especialmente útil porque sus comunidades no siguen el mismo sistema de escolarización formal que la población estadounidense. De ese modo, el equipo podía estudiar si las respuestas dependían exclusivamente de haber aprendido geometría en un aula.

Los monos también detectaron algo que se consideraba exclusivamente humano

La geometría no nació en una pizarra ni parece ser exclusivamente humana. Un experimento con monos, niños y adultos tsimane’ revela que el cerebro de los primates reconoce formas, paralelismos y ángulos con una intuición sorprendentemente parecida
© Rochester Institute of Technology

El centro de la investigación es el llamado efecto de regularidad. Los humanos suelen distinguir mejor las figuras que contienen propiedades euclidianas claras (como lados paralelos, ángulos rectos o relaciones ordenadas) que aquellas formas irregulares en las que esas características han sido alteradas.

Estudios anteriores habían encontrado este efecto en personas de edades, culturas y niveles educativos diferentes, pero no de manera convincente en primates no humanos. Una posible explicación era que las personas empleaban representaciones simbólicas: no solo veían líneas y contornos, sino conceptos abstractos semejantes a “paralelo”, “perpendicular” o “ángulo recto”. Los monos, en cambio, supuestamente se limitaban a procesar rasgos visuales más simples.

El nuevo trabajo cuestiona esa separación tan tajante. Después de adquirir suficiente experiencia con la tarea, los babuinos y los macacos también mostraron el efecto de regularidad. Además, los modelos que mejor explicaban sus decisiones combinaban información perceptiva con representaciones más abstractas, una mezcla muy similar a la observada en los niños.

Eso no significa que un babuino comprenda la geometría como un matemático adulto. Los adultos humanos mostraron una influencia más fuerte de las propiedades simbólicas y abstractas. La conclusión es más sutil: no parece existir una frontera absoluta entre una mente humana “geométrica” y una mente animal puramente visual, sino distintos grados de una arquitectura cognitiva compartida.

La escuela quizá no enseña geometría desde cero: construye sobre algo mucho más antiguo

Para Jessica Cantlon, neurocientífica cognitiva de la Universidad Carnegie Mellon y autora sénior del estudio, lo más inesperado no fue únicamente que los monos superasen la prueba. Sus patrones de respuesta sugerían que monos, niños y adultos organizaban las relaciones geométricas de una manera fundamentalmente parecida.

La interpretación evolutiva es poderosa. La capacidad para percibir estructuras espaciales regulares podría haber aparecido antes de la separación entre los linajes humanos y otros primates. Muchísimo después, nuestra especie habría convertido esa intuición inicial en palabras, símbolos, demostraciones, arquitectura y matemáticas.

El hallazgo también cambia la forma de pensar la educación. Un niño no llegaría a su primera clase de geometría con la mente vacía: ya contaría con expectativas sobre las formas, las distancias y la organización del espacio. Enseñar geometría consistiría entonces en dar nombres, reglas y precisión a intuiciones que ya estaban presentes.

El estudio tiene límites claros. Solo participaron ocho monos y la prueba analizó la comparación de figuras bidimensionales, no la capacidad de comprender axiomas, resolver teoremas o realizar razonamientos matemáticos complejos. Tampoco demuestra que todas las especies interpreten el espacio del mismo modo.

Pero sí derriba una idea bastante cómoda: que la geometría apareció de repente cuando los humanos comenzaron a dibujar líneas y escribir fórmulas. Sus raíces podrían ser mucho más profundas. Antes de existir las pizarras, los compases o incluso nuestra propia especie, el cerebro de los primates ya parecía saber que algunas formas encajan mejor que otras.

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