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Ciencia

La humanidad acababa de llegar a la Luna cuando unos ingenieros diseñaron una nave de 54.000 toneladas para alcanzar otra estrella. Necesitaba 250 explosiones de fusión cada segundo

El Proyecto Daedalus no nació como una novela de ciencia ficción, sino como un estudio de ingeniería con una exigencia concreta: cruzar casi seis años luz dentro de una vida humana. Su solución fue una gigantesca nave no tripulada capaz de acelerar hasta el 12% de la velocidad de la luz.
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En 1973, enviar una nave a otra estrella era una idea casi ridícula.

El ser humano acababa de pisar la Luna, las sondas Pioneer estaban empezando a aventurarse hacia los planetas exteriores y ni siquiera habíamos explorado de cerca Júpiter. Sin embargo, un grupo de ingenieros decidió saltarse varios capítulos de la historia espacial y hacerse una pregunta mucho más incómoda: si realmente quisiéramos construir una nave interestelar, ¿qué aspecto tendría?

No querían un motor warp, agujeros de gusano ni tecnologías que violaran las leyes conocidas de la física. Querían números.

El resultado fue Project Daedalus, un estudio desarrollado entre 1973 y 1978 por 13 miembros de la British Interplanetary Society. La organización estableció tres condiciones: la nave debía utilizar tecnología existente o razonablemente extrapolable, poder dirigirse a diferentes estrellas y completar el viaje dentro de una vida laboral humana.

Cuando terminaron, tenían sobre el papel una máquina de 54.000 toneladas, casi toda ella combustible, diseñada para alcanzar más del 12% de la velocidad de la luz. Y el motor que iba a conseguirlo funcionaría haciendo explotar diminutas cápsulas de combustible nuclear 250 veces por segundo.

Daedalus era básicamente una ametralladora de pequeñas explosiones nucleares

La humanidad acababa de llegar a la Luna cuando unos ingenieros diseñaron una nave de 54.000 toneladas para alcanzar otra estrella. Necesitaba 250 explosiones de fusión cada segundo
© Shutterstock / Titima Ongkantong.

La gran barrera de cualquier viaje interestelar no es simplemente la distancia. Es llevar suficiente energía para recorrerla en un tiempo razonable. Los cohetes químicos funcionan extraordinariamente bien para abandonar un planeta, pero cargan con una limitación brutal: gran parte de su masa inicial debe ser combustible, y ese combustible también tiene que ser acelerado.

Daedalus intentaba escapar de esa trampa mediante fusión por confinamiento inercial. Su motor introduciría diminutas cápsulas de deuterio y helio-3 en una cámara de reacción. Unos haces de electrones las comprimirían y calentarían hasta provocar pequeñas reacciones de fusión. El plasma resultante sería controlado mediante campos magnéticos y expulsado hacia atrás para producir empuje.

Una cápsula tras otra. 250 cada segundo.

La nave tendría dos etapas. La primera aceleraría durante algo más de dos años hasta aproximadamente el 7% de la velocidad de la luz. Después sería descartada y la segunda continuaría funcionando hasta llevar al vehículo por encima del 12% de c, unos 36.000 kilómetros por segundo. Tras unos 3,8 años de aceleración, Daedalus apagaría definitivamente sus motores.

Entonces vendría la parte aparentemente sencilla: dejarla volar durante otros 46 años. Su destino era la estrella de Barnard, situada a unos 5,9 años luz. Todo el viaje requeriría aproximadamente medio siglo. Había una pega considerable: no podría frenar.

Daedalus atravesaría el sistema a toda velocidad, disponiendo únicamente de un breve encuentro para utilizar sus instrumentos y sondas secundarias antes de continuar hacia el espacio interestelar.

Llevar 500 toneladas de instrumentos a otra estrella exigía 50.000 toneladas de combustible

La humanidad acababa de llegar a la Luna cuando unos ingenieros diseñaron una nave de 54.000 toneladas para alcanzar otra estrella. Necesitaba 250 explosiones de fusión cada segundo
© Yuri_B.

Aquí aparece la escala descomunal del proyecto. De las aproximadamente 54.000 toneladas iniciales, unas 50.000 corresponderían únicamente al combustible de fusión. El vehículo científico final rondaría las 450-500 toneladas. Y aquello no era simplemente un motor enorme con cámaras pegadas encima.

El equipo estudió navegación, comunicaciones, estructura, sistemas científicos e incluso un problema que se vuelve aterrador únicamente cuando empiezas a viajar a una fracción importante de la velocidad de la luz: el polvo. A 12% de la velocidad de la luz, encontrarse con una diminuta partícula interestelar deja de parecerse a chocar contra polvo.

Se parece bastante más a recibir un proyectil. Daedalus incorporaba por ello sistemas destinados a proteger la nave del bombardeo de partículas durante sus décadas de viaje. Los ingenieros estaban intentando resolver problemas que ninguna nave construida hasta entonces había tenido siquiera la oportunidad de experimentar.

Y aun así, el proyecto tenía una ambición deliberadamente limitada: no transportaría personas. Era una sonda.

El desafío de enviar seres humanos, mantenerlos vivos durante décadas y después frenar decenas de miles de toneladas al llegar a otro sistema convertía el problema en algo todavía más gigantesco.

Años después, NASA volvió a hacer las cuentas y el resultado seguía siendo un siglo

Daedalus no fue un delirio aislado de los años 70. Una década más tarde, investigadores de la Academia Naval estadounidense elaboraron con apoyo de NASA Project Longshot, otro diseño preliminar de una sonda impulsada mediante fusión destinada esta vez a Alfa Centauri. El informe planteaba ensamblarla en una estación espacial y realizar un viaje de aproximadamente 100 años.

Longshot sería mucho más pequeña que Daedalus, con unas 396 toneladas al inicio de la misión, y recurriría además a un reactor nuclear para alimentar los sistemas necesarios para iniciar las reacciones de fusión. Su objetivo ya no era simplemente atravesar el sistema objetivo, sino poder realizar observaciones mucho más prolongadas.

Décadas después, la British Interplanetary Society volvió sobre el problema con Project Icarus, cuyo propósito era precisamente comprobar cuánto habían madurado las tecnologías necesarias desde Daedalus. La propia organización sigue situando la propulsión espacial por fusión en niveles tecnológicos muy bajos, lejos de una nave operativa.

Ese es probablemente el detalle más fascinante de toda esta historia. Daedalus nunca se construyó. No teníamos el motor, no disponíamos de decenas de miles de toneladas de su combustible ideal y tampoco sabíamos fabricar muchos de los sistemas que necesitaba. Pero sus diseñadores consiguieron transformar una frase como “viajar a otra estrella” en algo que podía empezar a escribirse en planos.

Una nave de dos etapas. 54.000 toneladas. 250 pulsos de fusión por segundo. Cuatro años acelerando. 46 viajando en silencio. La ciencia ficción imaginaba naves interestelares desde hacía décadas. Daedalus hizo algo mucho más incómodo: puso una calculadora sobre la mesa y mostró el monstruo que tendríamos que construir para convertirlas en realidad.

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