Saltar al contenido
Ciencia

Durante décadas usamos los mapas para explicar cómo estaba dividido el mundo. En 2026 han vuelto a cumplir una función mucho más inquietante: decidir cómo debería dividirse

Groenlandia, Gaza, Cisjordania, el Ártico o Ceuta parecen conflictos completamente distintos. Todos comparten algo: una línea sobre un mapa puede determinar quién controla un territorio, por dónde puede moverse una población y hasta dónde pretende llegar la influencia de una potencia.
Por

Tiempo de lectura 4 minutos

Comentarios (0)

Un mapa parece un objeto extraordinariamente neutral. Unos colores, algunas líneas y nombres impresos encima de continentes que, en teoría, simplemente están ahí.

La geopolítica de 2026 está recordándonos que esas líneas nunca fueron tan inocentes.

No porque los cartógrafos estén inventando países, sino porque buena parte de las grandes tensiones internacionales actuales pueden reducirse a una pregunta territorial: dónde termina una soberanía, quién controla determinada franja de tierra, qué rutas deben permanecer abiertas y hasta qué punto una potencia considera que otra está entrando en su zona de influencia.

El Orden Mundial ha definido precisamente 2026 como un año marcado por el regreso de los mapas como arma geopolítica. Y hay una razón para ello: desde el discurso estadounidense sobre el hemisferio occidental hasta las líneas que fragmentan Gaza y Cisjordania, el mapa ha dejado de limitarse a representar algunas disputas. Se ha convertido en parte de ellas.

Estados Unidos está recuperando una palabra antigua: hemisferio

Durante décadas usamos los mapas para explicar cómo estaba dividido el mundo. En 2026 han vuelto a cumplir una función mucho más inquietante: decidir cómo debería dividirse
© Shutterstock / kirill_makarov.

Una de las expresiones más reveladoras llegó directamente desde Washington. En enero, la Casa Blanca publicó unas declaraciones del secretario de Estado Marco Rubio bajo un título difícil de interpretar como una casualidad: “Este es nuestro hemisferio”. La Administración Trump presenta esa política como una cuestión de seguridad nacional destinada a impedir que narcotraficantes, actores vinculados a Irán u otras potencias hostiles consoliden posiciones en América.

Vista desde otra perspectiva, esa misma doctrina recuerda algo mucho más antiguo: las esferas de influencia. En ellas, un Estado no se preocupa únicamente por lo que ocurre dentro de sus propias fronteras. También considera estratégicamente intolerable que determinados rivales acumulen poder en países que percibe como pertenecientes a su entorno.

Esa lógica ayuda a entender por qué Groenlandia, el Caribe, Panamá o Venezuela pueden aparecer dentro de una misma conversación estratégica aunque estén separados por miles de kilómetros. El Orden Mundial interpreta esta política como una reivindicación estadounidense de predominio sobre el hemisferio occidental. Y Groenlandia demuestra además que las líneas del mapa esconden otra dimensión.

El Ártico está adquiriendo una importancia militar creciente. La OTAN lanzó en febrero Arctic Sentry, una actividad destinada a reforzar su presencia en la región, justificándola por el aumento de la actividad militar rusa y el creciente interés chino. En junio reforzó también su flanco septentrional con una nueva presencia multinacional en Finlandia.

En un mapa escolar, el extremo norte parece casi vacío. En uno estratégico aparecen rutas marítimas, plataformas continentales, bases, recursos y territorios disputados.

En Oriente Próximo, mover una línea unos kilómetros puede cambiar la vida de millones de personas

Durante décadas usamos los mapas para explicar cómo estaba dividido el mundo. En 2026 han vuelto a cumplir una función mucho más inquietante: decidir cómo debería dividirse
© Shutterstock / tomertu.

Hay lugares donde la cartografía deja de ser una abstracción todavía más claramente. Gaza es uno de ellos.

En mayo de 2026, Naciones Unidas señalaba que el Gobierno israelí afirmaba controlar aproximadamente el 60% de la Franja, frente al 52% anterior. Las áreas controladas, las zonas de seguridad y las restricciones de movimiento convierten un territorio de apenas unas decenas de kilómetros de longitud en un mosaico donde una línea puede determinar quién puede regresar a casa, dónde llega la ayuda o qué carreteras permanecen accesibles.

En Cisjordania ocurre algo distinto, pero igualmente cartográfico. Una actualización de OCHA contabilizó en abril 925 obstáculos al movimiento entre puestos de control, barreras y otros elementos que condicionan los desplazamientos palestinos, la cifra más alta registrada por el organismo.

A eso se suma la expansión de asentamientos. En junio, cinco miembros europeos del Consejo de Seguridad advirtieron de que el desarrollo de E1 podría dividir Cisjordania en dos y separar todavía más Jerusalén Este del resto del territorio palestino. Israel, por su parte, vincula muchas de sus políticas territoriales y militares a argumentos de seguridad y mantiene posiciones diferentes respecto al estatus futuro de esas áreas.

Es difícil encontrar un ejemplo mejor de por qué los mapas importan. Unos pocos kilómetros cuadrados sobre el papel pueden alterar la continuidad territorial de un futuro Estado.

Ceuta demuestra que una frontera puede ser diminuta y tener consecuencias continentales

Después está Ceuta. En un mapamundi apenas ocupa unos píxeles. Geopolíticamente es una frontera entre España y Marruecos, entre territorio de la Unión Europea y África y, al mismo tiempo, uno de los accesos terrestres a la UE.

El propio Consejo Europeo incluye Ceuta y Melilla dentro de la ruta migratoria del Mediterráneo occidental, utilizada por personas que atraviesan Marruecos o Argelia con el objetivo de entrar en España.

Por eso una valla de unos pocos kilómetros puede convertirse rápidamente en una cuestión europea. Hasta abril de 2026, la UE había registrado 24.839 llegadas irregulares en sus principales rutas, de las cuales 7.923 correspondían a las rutas occidentales.

Lo interesante es que Groenlandia, Gaza y Ceuta no tienen prácticamente nada más en común. Y precisamente por eso funcionan tan bien juntas.

Una representa competición entre grandes potencias. Otra, un conflicto territorial prolongado con enormes consecuencias humanas. Ceuta concentra soberanía, migración y relaciones entre vecinos. El Ártico añade recursos, rutas comerciales y seguridad militar. Pero todas recuerdan la misma vieja regla: la política internacional termina encontrándose tarde o temprano con la geografía.

Quizá por eso los mapas parecen haber recuperado protagonismo en 2026. Durante las décadas de globalización resultaba fácil imaginar un mundo en el que las fronteras importaban cada vez menos frente al comercio, Internet y las cadenas internacionales de suministro.

El mapa nunca desapareció. Lo que está ocurriendo ahora es bastante más incómodo: las grandes potencias, los ejércitos y los gobiernos han vuelto a discutir no solo qué ocurre dentro de las líneas que ya conocemos, sino quién tiene derecho a dibujarlas, controlarlas o impedir que otro las atraviese. Y cuando eso sucede, un mapa deja de servir únicamente para saber dónde estamos. Empieza a decirnos dónde puede comenzar el próximo conflicto.

Compartir esta historia

Artículos relacionados