Durante mucho tiempo hemos considerado bastante humana una conducta aparentemente sencilla: encariñarnos con un animal de otra especie aunque no obtengamos ningún beneficio evidente a cambio.
Pero quizá esa tendencia no comenzó con nosotros.
Investigadores de la Universidad de Oxford y otras instituciones realizaron la primera revisión sistemática de interacciones sociales amistosas entre primates y animales de otras especies. Encontraron 427 casos que implicaban a 88 especies de primates y 127 especies compañeras, incluidas 55 especies no primates. El estudio fue publicado en Primates.
Monos jugando con cerdos y acicalando perros
Los ejemplos parecen escenas domésticas trasladadas a un bosque.
Los investigadores documentaron macacos de cola corta acicalando perros domésticos en Tailandia, langures grises acariciando ardillas gigantes en Sri Lanka, jóvenes monos de nariz chata jugando con cerdos en China y lémures de cola anillada acicalando lémures de bambú en Madagascar.
Entre todas las conductas recopiladas, las más frecuentes fueron el juego, con 139 casos, y el acicalamiento, con 136. También aparecieron animales cargando, abrazando o descansando junto a individuos de otras especies. Los primates iniciaron la mayoría de las interacciones.
Para construir el catálogo, el equipo combinó 303 casos procedentes de literatura científica, 58 publicaciones de medios y 66 respuestas de primatólogos de todo el mundo.
A new international study led by the University of Oxford suggests that some of the behavioural foundations of human-animal companionship may have far deeper evolutionary roots than previously thought.
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— University of Oxford (@UniofOxford) August 6, 2026
Unos capuchinos llegaron a adoptar a un tití
Uno de los casos más extraordinarios ocurrió en Brasil y fue documentado en 2006.
Un grupo de monos capuchinos salvajes incorporó a una cría de tití y la cuidó durante meses. La conducta iba mucho más allá de simplemente tolerar su presencia.
Precisamente estas situaciones interesan a los investigadores porque muchas relaciones entre especies tienen una explicación práctica: distintos animales pueden permanecer juntos para encontrar comida más fácilmente o detectar depredadores.
Pero jugar, acariciar o cargar repetidamente a otro animal sin una recompensa inmediata evidente apunta hacia una flexibilidad social diferente.
Los individuos jóvenes tendían especialmente a jugar con otras especies, mientras las hembras adultas aparecían con mayor frecuencia realizando acicalamiento. Los machos adultos mostraban menos conductas afiliativas.
Eso no significa que los monos tengan “mascotas”
Los propios investigadores hacen una distinción importante.
No podemos llamar automáticamente “mascotas” a estos animales. Tener una mascota implica una relación mantenida, cuidados relativamente estables y un contexto cultural que en humanos alcanza una complejidad mucho mayor.
Cyril Grueter, investigador de Oxford y autor principal del estudio, plantea algo más prudente: comportamientos como el cuidado, la tolerancia y el juego exploratorio con otras especies podrían constituir algunos de los componentes evolutivos sobre los que posteriormente apareció la relación humana con los animales.
No todas las historias terminaron bien
El contacto tampoco fue siempre amistoso.
Los investigadores encontraron 13 casos en los que el animal compañero terminó muriendo, generalmente después de una manipulación demasiado brusca o un cuidado inadecuado. En Arabia Saudita se documentó incluso a un babuino macho que aparentemente tomó un cachorro doméstico y lo transportó durante periodos prolongados.
Eso refuerza una idea: la curiosidad social hacia otra especie no implica necesariamente comprender sus necesidades.
El estudio tampoco demuestra que nuestras mascotas actuales sean una consecuencia directa de estos comportamientos. Lo que muestra es que la capacidad de interesarse, jugar, cuidar e incluso establecer vínculos con animales completamente distintos no apareció exclusivamente en nuestra especie.
Y quizá esa sea la parte más interesante: cuando un mono acaricia un perro, juega con un cerdo o adopta una cría ajena, podemos estar observando una versión muy antigua de una inclinación que millones de años después terminaría llenando nuestras casas de perros, gatos y otros compañeros animales.