Durante décadas, el divorcio de los padres se ha incluido entre las experiencias infantiles capaces de dejar consecuencias psicológicas muchos años después. Y, observando únicamente los números, parece tener sentido.
Una nueva investigación encontró que los adultos cuyos padres se divorciaron antes de que cumplieran 18 años presentaban un 41% más de probabilidades de haber recibido un diagnóstico de depresión que aquellos cuyos padres permanecieron casados durante toda su infancia.
Pero cuando los investigadores comenzaron a analizar qué estaba ocurriendo dentro de esas familias, apareció una explicación mucho más compleja.
El estudio analizó a más de 128.000 adultos
El trabajo, publicado en Psychiatry Research, utilizó datos del Behavioral Risk Factor Surveillance System de Estados Unidos correspondientes a 2021-2024.
La muestra final reunió a 128.264 adultos mayores de 18 años. Aproximadamente una cuarta parte había experimentado el divorcio de sus padres durante la infancia, mientras que un 1,7% declaró que sus padres nunca habían estado casados.
Entre quienes crecieron con padres que permanecieron casados, el 14,1% declaró haber recibido alguna vez un diagnóstico de depresión. La cifra aumentaba hasta el 19,2% entre los hijos de padres divorciados y alcanzaba el 18,7% entre aquellos cuyos padres nunca se habían casado. A primera vista, parecía confirmar una relación clara.

Entonces introdujeron la salud mental de los padres en la ecuación
La diferencia comenzó a desvanecerse cuando los científicos tuvieron en cuenta otras experiencias familiares.
Más de uno de cada cinco participantes cuyos padres se habían divorciado informó haber vivido con un progenitor que sufría algún problema de salud mental. Entre quienes crecieron con padres que continuaron casados, esa proporción era inferior a uno de cada diez.
La diferencia era todavía mayor con los trastornos por consumo de sustancias: afectaban al 35% de las familias donde hubo divorcio frente al 15% de aquellas donde los padres permanecieron casados.
Al ajustar estadísticamente por enfermedad mental parental, la asociación entre divorcio y depresión adulta se redujo alrededor de un 68%. Después de considerar también otros factores familiares, dejó de ser estadísticamente significativa.
El divorcio podría ser una señal de problemas más amplios
Los investigadores no concluyen que los divorcios sean irrelevantes ni que una separación conflictiva no pueda afectar a un niño. La interpretación es diferente: el divorcio rara vez ocurre aislado de todo lo demás.
Problemas de salud mental, consumo de sustancias, conflictos familiares, estrés económico u otras adversidades pueden preceder a la separación, contribuir a ella y afectar simultáneamente al bienestar psicológico del niño.
Algo parecido ocurrió entre las personas cuyos padres nunca estuvieron casados. Inicialmente mostraban un 31% más de probabilidades de depresión, pero la relación también desaparecía después de ajustar por los problemas de salud mental y consumo de sustancias de los progenitores.

El estudio tampoco demuestra causa y efecto
Existe una limitación importante.
El trabajo es observacional y se basa en adultos recordando circunstancias de su infancia. Además, “depresión” significaba haber respondido que alguna vez un profesional sanitario les había comunicado un diagnóstico, no una evaluación clínica realizada específicamente para el estudio.
Los investigadores también excluyeron a participantes que habían sufrido abuso físico o sexual durante la infancia para intentar separar esos factores del efecto analizado. Por tanto, el resultado no significa que “el divorcio no afecte a los niños”.
Lo que cuestiona es una explicación mucho más simple: que la separación de los padres sea por sí sola la causa principal del mayor riesgo de depresión décadas después. La variable que parece importar más podría ser qué estaba ocurriendo dentro del hogar antes, durante y después de esa ruptura.