El cambio climático no solo eleva el nivel del mar, modifica los ecosistemas y altera las temperaturas. También está cambiando, aunque de manera casi imperceptible, la velocidad a la que gira la Tierra.
Entre 2000 y 2020, la redistribución de agua provocada principalmente por el deshielo aumentó la duración del día a un ritmo equivalente a 1,33 milisegundos por siglo. Esto no significa que hayamos ganado de golpe esa cantidad, sino que representa la tendencia calculada para ese periodo.
Un estudio publicado en Journal of Geophysical Research: Solid Earth reconstruyó los cambios climáticos en la rotación terrestre durante los últimos 3,6 millones de años. Según sus modelos, la aceleración actual del alargamiento del día destaca sobre todas las variaciones climáticas analizadas desde finales del Plioceno.

La Tierra se comporta como un patinador
Cuando el hielo de Groenlandia, la Antártida y los glaciares de montaña se derrite, parte del agua termina en los océanos y se desplaza hacia latitudes más alejadas del eje de rotación.
El efecto puede compararse con el de un patinador que gira con los brazos pegados al cuerpo y después los extiende. Al alejar una parte de su masa del centro, aumenta su momento de inercia y gira más lentamente. En la Tierra, esa pequeña desaceleración se traduce en días ligeramente más largos.
El planeta también cambia de velocidad por la circulación atmosférica, los movimientos oceánicos, los terremotos y los procesos del núcleo y el manto. Por eso, algunos días concretos pueden ser excepcionalmente cortos aunque la contribución climática mantenga una tendencia de largo plazo hacia la desaceleración.
Un registro escondido en fósiles microscópicos
Los investigadores no pudieron medir directamente cuánto duraba un día hace millones de años. Para reconstruirlo utilizaron información paleoclimática obtenida, entre otras fuentes, de los foraminíferos bentónicos.
Estos organismos unicelulares fabrican conchas de carbonato cálcico cuya composición química conserva pistas sobre la temperatura del océano y el volumen de hielo continental existente en cada periodo.
A partir de esos registros, el equipo reconstruyó las variaciones del nivel del mar y calculó cómo los desplazamientos de agua debieron modificar la distribución de masa y la rotación terrestre. Para gestionar las grandes incertidumbres de los datos antiguos empleó un modelo probabilístico de aprendizaje profundo restringido por principios físicos.
Por tanto, los fósiles no revelan directamente la duración del día. Proporcionan información sobre el clima y el nivel del mar, que después se transforma en una estimación mediante modelos geofísicos.

La Luna sigue frenando la rotación
La Tierra lleva muchísimo tiempo ralentizándose por la interacción gravitatoria con la Luna. Las mareas disipan energía y transfieren momento angular al satélite, haciendo que los días se alarguen gradualmente mientras la Luna se aleja.
Hasta ahora, este efecto ha sido uno de los principales responsables del aumento secular de la duración del día. Sin embargo, bajo escenarios de emisiones elevadas, la contribución del cambio climático podría alcanzar unos 2,62 milisegundos por siglo hacia 2100 y superar al efecto de la fricción lunar como principal influencia de largo plazo.
Esto todavía es una proyección, no algo inevitable. Dependerá de las futuras emisiones y de la cantidad de hielo que termine perdiéndose.
No lo notaremos, pero los instrumentos sí
Una variación de una fracción de milisegundo no altera nuestros horarios, el sueño ni la duración perceptible del día. El problema del cambio climático no está en que vayamos a disponer de unas horas notablemente más largas.
Sin embargo, conocer con exactitud la orientación y la velocidad de rotación terrestre es fundamental para la navegación espacial, la observación astronómica y determinados sistemas de posicionamiento y medición temporal. Incluso diferencias muy pequeñas deben incorporarse a sus cálculos.
El alargamiento del día no es, por sí mismo, una nueva amenaza climática. Es más bien una señal extraordinariamente precisa de hasta qué punto la actividad humana está redistribuyendo la masa del planeta: suficiente para modificar incluso la manera en que la Tierra gira.