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La IA encontró una coincidencia que los historiadores llevaban años discutiendo sin poder demostrar del todo. Los alfabetos armenio y georgiano comparten con la antigua escritura etíope similitudes demasiado precisas como para ser casualidad

Durante mucho tiempo, la similitud entre ciertos alfabetos antiguos parecía solo una intuición visual difícil de demostrar. Ahora, un análisis computacional basado en inteligencia artificial ha detectado coincidencias estructurales tan precisas que reabre una vieja pregunta histórica.

A veces, una sospecha histórica permanece flotando durante siglos sin poder resolverse del todo. Se intuye, se comenta entre especialistas, aparece en comparaciones visuales y luego vuelve a desaparecer por falta de pruebas sólidas. Eso es exactamente lo que ha ocurrido con ciertos alfabetos antiguos de Eurasia y África oriental. Y ahora, curiosamente, ha sido la inteligencia artificial la que ha vuelto a poner el tema sobre la mesa con bastante más fuerza.

Un equipo de investigadores de la Universidad Estatal de San Diego (SDSU) acaba de publicar un estudio en el que utiliza herramientas computacionales para analizar la forma de varios sistemas de escritura antiguos. El resultado es llamativo: el alfabeto armenio, y en menor medida el georgiano y el albanés caucásico, muestran similitudes estructurales con el antiguo sistema de escritura etíope Ge’ez mucho más profundas de lo que hasta ahora se había podido demostrar con simples observaciones a ojo.

No era una intuición nueva, pero sí una hipótesis difícil de probar

La IA encontró una coincidencia que los historiadores llevaban años discutiendo sin poder demostrar del todo. Los alfabetos armenio y georgiano comparten con la antigua escritura etíope similitudes demasiado precisas como para ser casualidad
© Getty Images.

La idea de que algunos alfabetos del Cáucaso podían guardar cierta relación visual con la escritura etiópica no nació ahora. Desde hace tiempo, algunos académicos habían señalado parecidos en curvas, trazos, ángulos y composiciones de ciertas letras. El problema era que ese tipo de comparaciones siempre se movía en un terreno incómodo: el de la subjetividad.

Porque una cosa es decir “estas letras se parecen” y otra muy distinta es demostrar, con criterios claros y repetibles, que esa semejanza tiene un patrón reconocible y no responde solo a la percepción humana. Ahí es donde entra el nuevo estudio.

La inteligencia artificial comparó formas, no historias

Para evitar que el análisis quedara contaminado por hipótesis previas, contexto cultural o interpretaciones históricas, el equipo diseñó un método bastante interesante: entrenaron un sistema informático con más de 28.000 imágenes de caracteres etiópicos para que aprendiera a reconocer únicamente sus rasgos geométricos fundamentales.

Es decir, la IA no sabía nada sobre Armenia, Etiopía, religión, comercio, migraciones ni contactos culturales. Solo observaba formas: líneas rectas, curvas, ángulos, proporciones y estructura general de cada símbolo.

Después, una vez entrenado, el sistema comparó esos patrones con los alfabetos armenio, georgiano y albanés caucásico, calculando matemáticamente el grado de similitud entre ellos. Como control externo, los investigadores añadieron también el alfabeto latino, para comprobar hasta qué punto estas coincidencias eran realmente significativas. Y lo que apareció fue bastante revelador.

El armenio fue el que más se acercó al Ge’ez

La IA encontró una coincidencia que los historiadores llevaban años discutiendo sin poder demostrar del todo. Los alfabetos armenio y georgiano comparten con la antigua escritura etíope similitudes demasiado precisas como para ser casualidad
© D. Zemene et al. 2026.

Entre todos los alfabetos comparados, el que mostró la mayor similitud estructural con la escritura etiópica fue el armenio. El albanés caucásico quedó en una posición intermedia, mientras que el georgiano también mostró coincidencias, aunque menos consistentes.

El dato más llamativo del estudio publicado en Digital Scholarship in the Humanities no fue solo que el armenio “se pareciera bastante”, sino que el nivel de coincidencia resultó ser casi tan alto como el que existe entre el propio Ge’ez y algunas de sus formas precedentes. Dicho de otra manera: la cercanía detectada no parece una mera casualidad estética.

Eso no significa automáticamente que un sistema copiara al otro, y los propios autores del estudio son prudentes con ese punto. Pero sí sugiere que hay una relación morfológica real que merece ser tomada mucho más en serio de lo que se había hecho hasta ahora.

Y la historia, curiosamente, no contradice del todo a la máquina

Lo interesante es que esta coincidencia formal también encaja con un contexto histórico que ya era conocido, aunque nunca había podido apoyarse con una evidencia cuantitativa tan clara.

El alfabeto armenio fue creado hacia el año 405 d. C., en una época en la que la escritura etiópica Ge’ez ya estaba consolidándose y expandiéndose. Además, existen registros de movilidad de poblaciones procedentes de Etiopía hacia lugares como Jerusalén, Egipto y Siria, regiones que funcionaban como nodos de intercambio religioso, cultural y comercial.

Y hay un detalle todavía más sugerente: Mesrob Mashtots, el creador del alfabeto armenio, realizó viajes documentados por distintas zonas del Medio Oriente. Eso no prueba una transmisión directa, claro. Pero sí vuelve bastante más plausible la posibilidad de contactos, influencias cruzadas o exposición indirecta a modelos gráficos compartidos.

Lo interesante aquí no es afirmar una copia, sino entender que los alfabetos no nacen en el vacío. Nacen en un mundo donde las personas viajan, intercambian ideas, textos, símbolos y formas de representar el lenguaje.

La gran novedad no es solo histórica: también es metodológica

La IA encontró una coincidencia que los historiadores llevaban años discutiendo sin poder demostrar del todo. Los alfabetos armenio y georgiano comparten con la antigua escritura etíope similitudes demasiado precisas como para ser casualidad
© Reddit / r/armenia.

Más allá del caso concreto del armenio y el Ge’ez, el verdadero valor del estudio está en otra parte: en demostrar que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta útil para revisar preguntas históricas antiguas desde un enfoque mucho más preciso.

Y eso cambia bastante las reglas del juego. Porque hasta ahora, muchos debates sobre escritura antigua, influencias culturales o evolución gráfica dependían en gran medida del ojo experto del investigador. Ahora empieza a existir la posibilidad de sumar una capa nueva: la de la medición objetiva, reproducible y cuantificable.

En otras palabras, la IA no está sustituyendo a los historiadores. Está haciendo algo quizá más interesante: obligándolos a volver a mirar ciertas intuiciones con mejores herramientas.

A veces, las letras también conservan rutas invisibles

Lo fascinante de este hallazgo no es solo que dos alfabetos separados por miles de kilómetros puedan parecerse. Es que esas similitudes quizá conserven una huella de conexiones humanas que el tiempo había dejado borrosas.

Porque las letras no son solo signos. También son rastros de contacto, de movimiento, de influencia y de memoria cultural. Y si esta investigación tiene razón, entonces puede que parte de la historia entre África oriental y el Cáucaso no haya quedado solo en manuscritos o crónicas antiguas. Puede que haya sobrevivido, discretamente, en la forma misma de las letras.

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