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El martes contábamos la historia del soldado que perdió sus genitales en la guerra de Afganistán convirtiéndose más tarde en el primero en el mundo en recibir un trasplante de pene y escroto. Sin embargo, aunque las explosiones también le dejaron sin testículos, y la operación era posible, no se dio. ¿Por qué?

Aquella operación pionera tuvo lugar con 11 cirujanos de la Universidad Johns Hopkins, quienes lograron trasplantar el pene completo, el escroto y la pared abdominal parcial de un donante de órgano fallecido al cuerpo del soldado.

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Ataron al paciente la uretra, las arterias, los vasos sanguíneos, los músculos y los nervios, pero los testículos no, algo que los cirujanos decidieron desde el principio, según Damon Cooney, profesor de cirugía plástica y reconstructiva de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins. 

Cuenta Cooney que las personas que pierden sus testículos suelen optar por tomar testosterona para reemplazar las hormonas y recibir prótesis testiculares para restaurar la apariencia. Técnicamente, un trasplante de testículo es posible, y de hecho permitiría a los receptores abandonar la terapia de reemplazo hormonal.

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Sin embargo, el principal problema es que el órgano trasplantado podría producir la descendencia genética del donante. Sin el consentimiento del donante fallecido se plantea una complicación ética que cualquier hospital quiere evitar desde el principio. Para Jeffrey Kahn, director del Instituto de Bioética Johns Hopkins Berman:

Si tuviera que trasplantar testículos, eso haría que el donante no solo sea un donante de partes del cuerpo, sino también un donante de esperma. Efectivamente es una donación de esperma sin consentimiento, y eso no debería suceder. 

¿Cómo es posible? Durante el desarrollo de un embrión, las células germinales, los “abuelos” celulares del esperma, viajan a las gónadas nacientes. Estas células germinales luego se dividen para formar células madre que pueden producir más de sí mismas, y más de las células que, a través de una serie de divisiones, producen espermatozoides.

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Por lo tanto, incluso si esos testículos se trasplantan a un nuevo cuerpo, continuarán produciendo espermatozoides que transporten el ADN del donante. Dicho de otra forma, y como explica Cooney, “si alguien que usa testículos donados pudiera concebir un hijo, el material genético sería del donante”.

Por esa razón los hospitales suelen pedir por escrito el permiso del donante en vida, si no lo ha hecho, tomarle los testículos habría sido “algo bastante espantoso”, finaliza Kahn. “Convertir a una persona muerta en un donante de esperma sin que lo supieran es cruzar una línea muy peligrosa”. [The Verge]