En el corazón de la sierra de Atapuerca, un equipo internacional ha documentado uno de los episodios más crudos de violencia prehistórica en Europa. En la cueva de El Mirador, once personas fueron despellejadas, descarnadas, cocinadas y comidas en un corto lapso de tiempo, dejando tras de sí un rastro arqueológico que reescribe nuestra visión sobre el canibalismo en el Neolítico.
Violencia extrema en el Neolítico final

Los restos, pertenecientes a niños, adolescentes y adultos, muestran cortes, fracturas para extraer médula ósea, marcas de dientes humanos y señales de cocción. Según el análisis isotópico de estroncio, todas las víctimas eran de origen local y el ataque se produjo en cuestión de días, justo antes de que la cueva pasara a usarse como sepulcro.
Los investigadores descartan una hambruna o un ritual funerario: las pruebas apuntan a un acto de violencia intergrupal, posiblemente la eliminación de un grupo familiar entero. Este tipo de prácticas, documentadas en yacimientos como Talheim (Alemania) o Els Trocs (Huesca), muestran que el canibalismo podía ser usado como arma de control social.
Un patrón que se repite en la prehistoria

La cueva de El Mirador ya había revelado un episodio de canibalismo en la Edad del Bronce, pero este nuevo hallazgo demuestra que estas prácticas se daban mucho antes, en el Neolítico final. Para los autores, el caso se asemeja a otros sitios europeos donde la violencia y el consumo de enemigos iban de la mano, como en Fontbrégoua (Francia) o Herxheim (Alemania).
El estudio, publicado en Scientific Reports, convierte a El Mirador en un punto clave para entender cómo la violencia estructurada y el canibalismo formaban parte de las dinámicas sociales de las comunidades prehistóricas. Un pasado incómodo que, sin embargo, nos habla de la complejidad de las relaciones humanas desde sus orígenes.