Una extraña formación blanca en medio del paisaje rojizo de Madagascar llamó la atención de los científicos de la NASA. Vista desde el espacio, parece una enorme mancha brillante que contrasta con las montañas y los terrenos áridos que la rodean.
Sin embargo, lo más sorprendente no es su apariencia, sino su composición: está formada por un tipo de roca que también se encuentra en la superficie de la Luna.
Se trata del macizo de Saririaky, ubicado en el sur de Madagascar, una estructura geológica que comenzó a formarse hace al menos 600 millones de años.
El 28 de agosto de 2026, un astronauta de la Estación Espacial Internacional fotografió el lugar. La NASA publicó la imagen el 5 de octubre y explicó por qué esta formación podría ayudar a comprender mejor la historia de nuestro satélite natural.
La extraña roca blanca que se parece a la superficie lunar
El macizo de Saririaky ocupa aproximadamente 100 kilómetros cuadrados y está compuesto principalmente por anortosita, una roca ígnea que se forma cuando el magma se enfría lentamente debajo de la superficie terrestre.
Durante ese proceso se desarrollan cristales minerales relativamente grandes, especialmente de feldespato plagioclasa. La particularidad de esta roca es que también constituye una parte importante de las tierras altas de la Luna.
Estas regiones lunares presentan colores claros y reflejan una mayor cantidad de luz solar que las grandes llanuras oscuras conocidas como mares lunares.
De hecho, las diferencias entre ambas superficies pueden distinguirse a simple vista cuando observamos la Luna desde la Tierra.
An astronaut on the ISS photographed a 100 km² patch of southern Madagascar that is made of the same rock as the Moon's bright highlands.
The rock is anorthosite. On the Moon, it makes up the pale highlands you can see with the naked eye. The Saririaky massif in Madagascar is at… pic.twitter.com/CNS5GaPqKY
— Atomik (@poatomik) October 13, 2026
Cómo se formó esta estructura hace 600 millones de años
La historia del macizo de Saririaky está relacionada con enormes movimientos tectónicos que transformaron la Tierra durante el Precámbrico.
Según la NASA, la formación se encuentra dentro de una zona de cizalla dúctil, donde las rocas experimentaron grandes presiones y temperaturas. Estas condiciones provocaron deformaciones sin que necesariamente se fracturaran, modificando sus estructuras originales.
En las imágenes satelitales pueden observarse largos patrones aproximadamente paralelos que revelan la acción de esas fuerzas.
Los investigadores consideran que estas transformaciones estuvieron relacionadas con los procesos tectónicos que contribuyeron a la formación de Gondwana, el antiguo supercontinente que reunía territorios de África, Sudamérica, India, Australia y la Antártida.
A unos 60 kilómetros al norte existe otra formación de anortosita que, según algunas hipótesis, pudo haber estado conectada con Saririaky antes de separarse mediante deformaciones tectónicas.
Por qué Madagascar puede ayudar a comprender la Luna
Aunque ambas formaciones contienen anortosita, sus historias geológicas son diferentes. Las anortositas lunares tienen más de 4.000 millones de años y se habrían formado cuando la Luna primitiva estaba cubierta por un enorme océano de magma.
Al enfriarse, ciertos minerales menos densos ascendieron y contribuyeron a formar las primeras capas de su corteza. Los científicos conocen parte de este proceso gracias a las muestras lunares recogidas durante las misiones Apolo.
Sin embargo, esos materiales son limitados y resulta útil estudiar rocas terrestres con características semejantes.
Las rocas terrestres que funcionan como laboratorios lunares
Madagascar no es el único lugar donde existen formaciones de anortosita.
También se encuentran en Canadá, Escandinavia, India y Estados Unidos. La NASA destaca especialmente los depósitos de las montañas Beartooth, en Montana, cuyas características minerales presentan semejanzas importantes con las muestras lunares.
El estudio de estas formaciones permite investigar cómo cristaliza el magma y cómo evolucionan las cortezas planetarias.
El macizo de Saririaky demuestra que algunos de los secretos geológicos de la Luna también pueden investigarse desde nuestro propio planeta, examinando rocas que llevan cientos de millones de años expuestas en la Tierra.