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Ciencia

Un patrón de 60 millones de años conecta las profundidades de la Tierra con grandes cambios en la vida

Un análisis del registro fósil y de distintos indicadores geológicos encontró un patrón de unos 60 millones de años que aparece tanto en la biodiversidad marina como en procesos tectónicos y químicos de los océanos. Los investigadores creen que las profundidades de la Tierra podrían haber marcado repetidamente el ritmo de la vida en la superficie.
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La historia de la vida en la Tierra parece caótica. Continentes que chocan, océanos que desaparecen, volcanes gigantescos y especies que aparecen y se extinguen durante cientos de millones de años.

Pero detrás de ese aparente desorden podría existir un ritmo sorprendentemente regular.

Investigadores encontraron una periodicidad cercana a 60 millones de años en distintos procesos ocurridos durante el Fanerozoico, el eón que comenzó hace unos 539 millones de años y comprende gran parte de la historia conocida de los animales.

Lo extraño es que ese ritmo no aparece únicamente en los fósiles. También puede observarse en procesos relacionados con la tectónica de placas y la química de los océanos, lo que apunta a una posible conexión entre el interior de la Tierra y la evolución de los ecosistemas marinos. El trabajo fue publicado en Communications Earth & Environment.

Un patrón de 60 millones de años conecta las profundidades de la Tierra con grandes cambios en la vida
© Magnific

Los fósiles llevan décadas mostrando una extraña señal de 60 millones de años

Los paleontólogos ya habían detectado anteriormente oscilaciones de aproximadamente 60 millones de años en los registros de biodiversidad marina.

El nuevo estudio intentó descubrir de dónde podía proceder esa señal.

Los científicos analizaron series temporales de diversidad, extinciones y aparición de géneros animales marinos, y las compararon con reconstrucciones de fenómenos ocurridos tanto en la superficie como en el interior del planeta.

Encontraron que el patrón era especialmente visible durante el Paleozoico, aproximadamente entre hace 539 y 252 millones de años.

Además, sus resultados sugieren que las extinciones, más que las apariciones de nuevas especies, serían uno de los principales factores detrás de esa oscilación de biodiversidad.

Esto no significa que ocurra una extinción masiva exactamente cada 60 millones de años. El fenómeno es una periodicidad estadística de largo plazo, no una cuenta regresiva capaz de predecir la próxima crisis biológica.

La misma señal aparece dentro del funcionamiento de la Tierra

La sorpresa llegó cuando compararon esos datos con reconstrucciones tectónicas.

Los investigadores encontraron una periodicidad similar en parámetros relacionados con la actividad tectónica global, junto con señales geoquímicas conservadas en los océanos antiguos, especialmente variaciones de los isótopos de estroncio y azufre.

La hipótesis es que todos estos procesos podrían estar conectados.

Cuando aumenta la actividad tectónica, fenómenos como el vulcanismo y la formación de arcos continentales pueden modificar la cantidad de dióxido de carbono liberado, alterar el clima y cambiar la velocidad a la que las rocas continentales se erosionan químicamente.

Y aquello que ocurre en tierra termina llegando al océano.

Un patrón de 60 millones de años conecta las profundidades de la Tierra con grandes cambios en la vida
© Magnific

Más nutrientes pueden terminar significando menos oxígeno

Una meteorización continental más intensa transporta nutrientes hacia los mares. Esto puede aumentar la productividad biológica y la cantidad de materia orgánica que posteriormente debe descomponerse.

El problema es que la degradación de esa materia consume oxígeno.

Los investigadores proponen que, especialmente durante el Paleozoico, estas alteraciones pudieron favorecer periódicamente océanos con concentraciones menores de oxígeno y condiciones químicas menos favorables para muchos animales marinos.

Esos cambios en el estado redox del océano podrían haber aumentado las tasas de extinción y, posteriormente, dejado su huella en el registro fósil.

No es un reloj que “controle” literalmente toda la vida

La idea de un reloj oculto bajo nuestros pies resulta atractiva, pero necesita un matiz importante.

El estudio no demuestra que exista un mecanismo interno que provoque automáticamente una extinción cada 60 millones de años, ni que toda la biodiversidad terrestre siga ese ciclo.

Lo que encuentra es una correlación de largo plazo, especialmente fuerte en los ecosistemas marinos del Paleozoico, y propone una explicación física para ella. Los propios autores presentan la tectónica, la meteorización continental y la química oceánica como partes de un sistema interconectado que todavía necesita seguir estudiándose.

Aun así, la conclusión resulta fascinante: la evolución de la vida en la superficie podría haber estado parcialmente acompasada por procesos que comienzan cientos o miles de kilómetros bajo nuestros pies.

La Tierra, en ese sentido, no sería simplemente el escenario donde ocurre la evolución. Su propio funcionamiento interno habría ayudado a marcar su ritmo.

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