Hace unos 10.000 millones de años, el universo era un lugar bastante más violento de lo que conocemos. Las galaxias chocaban entre sí, se fusionaban y reorganizaban sus estrellas bajo fuerzas gravitatorias capaces de transformar por completo su estructura. En aquel escenario, sobrevivir conservando un delicado disco de estrellas parecía una tarea extraordinariamente difícil.
Sin embargo, la Vía Láctea consiguió llegar hasta nuestros días manteniendo precisamente esa estructura. Y lo hizo sin desarrollar un gran bulbo central clásico, una concentración esférica de estrellas que suele aparecer en galaxias que han experimentado fusiones importantes.
Durante años, esta particularidad ha desconcertado a los astrónomos. ¿Cómo consiguió nuestra galaxia atravesar miles de millones de años de encuentros gravitatorios sin perder su forma? Ahora, una investigación internacional liderada desde el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y la Universidad de La Laguna ha encontrado dos posibles explicaciones. Y una de ellas sugiere que determinadas colisiones galácticas podrían ser mucho menos destructivas de lo que imaginábamos.
La Vía Láctea tiene algo extraño en su centro, y eso complica su propia historia

Muchas galaxias espirales presentan un bulbo clásico: una gran acumulación de estrellas que sobresale por encima y por debajo del disco galáctico. Estas estructuras suelen relacionarse con procesos violentos de formación y fusión de galaxias.
Nuestra galaxia es diferente. Aunque posee una región central abultada, su estructura dominante tiene una forma alargada, parecida a una caja o un cacahuete, relacionada con la barra de estrellas que atraviesa el centro galáctico. No parece albergar un bulbo clásico masivo comparable al de otras galaxias.
Esta distinción es fundamental para comprender el misterio. Los modelos cosmológicos indican que las grandes galaxias crecieron mediante la incorporación de sistemas más pequeños y, en ocasiones, mediante fusiones importantes. Esos acontecimientos deberían haber perturbado sus discos y favorecido la aparición de estructuras centrales prominentes.
Entonces, ¿por qué todavía encontramos galaxias con discos bien definidos y sin grandes bulbos clásicos? Para responder, los científicos pusieron en marcha BEARD, un proyecto internacional que estudia galaxias similares a la Vía Láctea utilizando observaciones astronómicas y simulaciones informáticas.
Estudiaron 54 galaxias y descubrieron que algunas colisiones no son tan destructivas
El equipo seleccionó 54 galaxias espirales sin bulbos clásicos significativos y dedicó más de 600 horas de observación a estudiar sus características desde el Observatorio del Roque de los Muchachos, en La Palma.
Los primeros resultados, publicados en 2026, muestran que existen al menos dos caminos capaces de explicar la supervivencia de estos discos galácticos. El primero es relativamente sencillo: algunas galaxias evitaron las grandes fusiones que podrían haber destruido su estructura. Pero el segundo resulta mucho más sorprendente.
Según una investigación publicada en Astronomy & Astrophysics, una galaxia puede experimentar una fusión importante y conservar buena parte de su disco si las condiciones del encuentro son favorables.

Los investigadores comprobaron, mediante simulaciones, que las galaxias con discos conservados tienen mayor probabilidad de experimentar fusiones con sistemas ricos en gas, cuyos movimientos están alineados con el plano del disco y giran en el mismo sentido.
La diferencia es importante. Una colisión desordenada puede alterar profundamente las órbitas de las estrellas, mientras que un encuentro con determinadas características puede permitir que el disco sobreviva o se reconstruya posteriormente.
De hecho, el análisis encontró que aproximadamente el 74% de las galaxias sin bulbo estudiadas en la simulación habían experimentado al menos una fusión importante durante su historia.
Nuestra galaxia podría haber sobrevivido gracias a una especie de danza cósmica
La explicación recuerda a dos bailarines que se encuentran siguiendo movimientos compatibles. Aunque interactúan, la coordinación reduce el carácter destructivo del encuentro.
Algo parecido podría haber sucedido con algunas galaxias espirales. La investigación del proyecto BEARD, presentada por el IAC, plantea que la orientación de las fusiones y la cantidad de gas disponible desempeñan un papel fundamental en la conservación de los discos.
La Vía Láctea, además, conserva evidencias de encuentros antiguos con otras galaxias. Uno de los más conocidos es el asociado a Gaia-Enceladus, cuyos restos estelares todavía pueden identificarse en nuestro entorno galáctico. Sin embargo, eso no demuestra que nuestra galaxia haya atravesado exactamente el tipo de fusión descrito por BEARD. La investigación ofrece mecanismos plausibles para explicar su evolución, no una reconstrucción definitiva de todos sus encuentros pasados.
Todavía quedan preguntas abiertas sobre el origen de las barras galácticas, la evolución de los discos y el papel de las galaxias satélite. Pero los resultados están cambiando una idea importante: una colisión entre galaxias no tiene por qué terminar destruyendo la estructura de ambas.
Quizá la Vía Láctea no sobrevivió porque consiguió esquivar todos los encuentros violentos del universo primitivo. Puede que su historia sea mucho más extraordinaria: que algunas de esas colisiones contribuyeran a construir la galaxia que hoy habitamos sin destruir el disco que la caracteriza.