En los últimos meses, un telescopio que ha sido clave para estudiar los fenómenos más energéticos del universo ha comenzado a descender hacia una zona peligrosa. Su reentrada sería inevitable sin una intervención rápida, y la NASA ha recurrido a una solución que combina innovación, riesgo y cooperación con el sector privado. La misión no solo es urgente: es única.
Un rescate orbital sin precedentes
El telescopio Neil Gehrels Swift, en servicio desde 2004 y especializado en la detección de estallidos de rayos gamma, atraviesa un momento crítico. Su órbita se ha ido degradando hasta situarse en torno a los 400 kilómetros, un descenso que lo llevaría a reentrar en la atmósfera hacia finales del próximo año. Para evitarlo, la NASA ha seleccionado a Katalyst Space Technologies, una empresa con sede en Arizona, para ejecutar una maniobra inédita: capturar el observatorio y elevarlo directamente a la órbita desde la que operó al inicio de su misión, cerca de los 600 kilómetros de altitud.
A diferencia de telescopios como el Hubble, que fueron diseñados para recibir mantenimiento en órbita, Swift nunca se concibió para ser capturado o asistido. Esto convierte la misión en un reto técnico mucho mayor. En su anuncio reciente, Katalyst confirmó que el vehículo encargado del rescate viajará a bordo de Pegasus, un cohete de lanzamiento aéreo construido por Northrop Grumman y liberado desde un avión L-1011 Stargazer a unos 12.000 metros de altitud.
Pegasus, con capacidad para transportar cerca de media tonelada a la órbita terrestre baja y con un historial de 45 misiones, será clave para colocar la nave de rescate en la trayectoria adecuada. Su fiabilidad y disponibilidad permitieron cumplir los plazos de una operación extremadamente ajustada.
El desafío de llegar a tiempo
Según directivos de Northrop Grumman, la mayor parte del hardware necesario ya estaba preparada, lo que facilitó acelerar el cronograma. La misión utilizará la versión Pegasus XL, ligeramente más grande y pesada, aunque los detalles del acuerdo siguen sin hacerse públicos. El presupuesto total asciende a unos 30 millones de dólares, una cifra modesta si se compara con los 500 millones de dólares que costó originalmente el observatorio Swift.
Lo extraordinario es la velocidad de desarrollo: desde la adjudicación del contrato hasta el lanzamiento habrán transcurrido apenas ocho meses. Para misiones en órbita baja, suele requerirse una planificación mayor, como ocurrió en las históricas reparaciones del Solar Maximum Mission y del satélite Intelsat VI. Esta exigencia temporal convierte al rescate de Swift en una operación distinta a cualquier precedente.
Katalyst afirma que ajustará la estrategia de inserción orbital según evolucionen las condiciones de Swift. Si la altitud o la geometría de la órbita cambian, podrían modificarse los parámetros del lanzamiento. La precisión es esencial para iniciar una aproximación segura.
Durante las dos o tres semanas posteriores a llegar a la órbita correcta, la nave robótica realizará una aproximación lenta y controlada. En esa fase inicial captará imágenes de alta resolución que permitirán evaluar el estado real del telescopio antes de intentar cualquier contacto físico.
La maniobra final: precisión milimétrica
El vehículo de Katalyst, de 1,5 metros de longitud y 350 kilos de masa, utilizará tres brazos robóticos para capturar el telescopio. Este paso es especialmente delicado: Swift no dispone de mecanismos diseñados para el acoplamiento, y muchas de sus ópticas deben evitar cualquier exposición directa a fuentes brillantes como el Sol, la Tierra o la Luna.
Por ello, el equipo de ingeniería lleva meses realizando lo que describen como un “trabajo detectivesco”. Han analizado imágenes históricas del satélite, consultado con equipos de la NASA y con los fabricantes originales (una compañía que hoy forma parte de Northrop Grumman) para identificar posibles puntos seguros de captura. Este estudio minucioso ha revelado tanto un punto de agarre principal como varios secundarios que podrían utilizarse si fuera necesario.
Tras la captura, el plan consiste en impulsar al observatorio hasta recuperar su altitud inicial. Si todo se desarrolla según lo previsto, Swift volverá a orbitar a unos 600 kilómetros de la Tierra, la misma altitud que le aseguró más de dos décadas de funcionamiento continuo.
Una misión que abre un camino completamente nuevo
Los responsables del proyecto esperan que este impulso orbital garantice muchos años adicionales de servicio científico. Más allá de salvar un telescopio, la NASA ve esta misión como una oportunidad para inaugurar una nueva generación de operaciones rápidas y asistencias en órbita ejecutadas con vehículos privados.
Si la operación culmina con éxito, demostrará que es posible rescatar satélites no preparados para mantenimiento y hacerlo en plazos extremadamente cortos, algo que podría revolucionar la sostenibilidad de las misiones espaciales en las próximas décadas.
[Fuente: La Razón]