Los titulares celebran que la deforestación en Brasil ha disminuido notablemente, pero bajo la copa de los árboles permanece una amenaza más sigilosa: la degradación del suelo. Un reciente informe científico revela que, mientras los taladores retroceden, el ecosistema continúa deteriorándose a un ritmo preocupante.
Menos árboles talados, pero más suelos heridos

Un estudio de la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de Sao Paulo (FAPESP) señala que, entre 2022 y 2024, la deforestación en la Amazonía brasileña cayó un 54 %. Es una buena noticia, pero viene acompañada de una advertencia: la degradación del suelo aumentó un 163 % en el mismo periodo.
A diferencia de la deforestación, que elimina por completo la vegetación, la degradación no destruye el bosque, pero lo debilita profundamente. La tala selectiva, los incendios forestales y las prolongadas sequías están deteriorando la salud del suelo y afectando de forma crítica a la biodiversidad.
Solo entre 2023 y 2024, las alertas de degradación se incrementaron un 44 %, afectando más de 25.000 km² de selva. Según el informe, dos tercios de estos daños están vinculados directamente a incendios.
El daño que no siempre se ve (pero ya se siente)

El informe, elaborado por el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (INPE) y la Universidad de Sao Paulo, destaca que la degradación es mucho más difícil de detectar que la deforestación. «Se presenta mientras el bosque aún está en pie», advierte Guilherme Mataveli, uno de los autores del estudio.
Con herramientas satelitales cada vez más precisas, los investigadores lograron detectar estos procesos ocultos que comprometen la integridad ecológica de la Amazonía. Luis Aragao, coordinador del programa de Cambio Climático de FAPESP, asegura que estas tecnologías permiten no solo monitorear el daño, sino también planificar políticas sostenibles de restauración.
Este hallazgo llega en un momento clave: Brasil se prepara para acoger la próxima COP30 en Belém. La Amazonía no solo será el escenario, sino también el símbolo de lo que está en juego en la lucha contra el cambio climático. Y sus heridas, aunque no siempre visibles, son profundas.