La nueva carrera lunar no terminará cuando una bandera vuelva a tocar el suelo. Esta vez, Estados Unidos y China no pretenden realizar una visita breve, recoger algunas piedras y regresar a casa: ambos están desarrollando sistemas para permanecer en la Luna, instalar infraestructuras y utilizar los recursos disponibles en su superficie.
El destino elegido por los dos programas es el polo sur. Allí, las paredes y los bordes elevados de ciertos cráteres reciben luz durante periodos prolongados, mientras que sus profundidades permanecen sumidas en una oscuridad que puede durar miles de millones de años. Esas regiones permanentemente sombreadas alcanzan temperaturas cercanas a los −203 °C y conservan depósitos de hielo de agua.
La combinación resulta extraordinaria: energía solar en las alturas y agua congelada en las depresiones. El problema es que esos lugares no se distribuyen uniformemente. Los puntos donde coinciden iluminación, hielo accesible, terreno seguro y comunicación con la Tierra forman un conjunto limitado que varias potencias desean ocupar al mismo tiempo.
El agua puede convertir un campamento lunar en algo parecido a una ciudad
Transportar un kilogramo desde la Tierra hasta la Luna sigue siendo difícil y costoso. Por eso, el hielo lunar no interesa únicamente para proporcionar agua potable. Mediante electrólisis puede separarse en oxígeno e hidrógeno, útiles para respirar, generar energía o producir propelente para cohetes.
Una base capaz de extraer recursos locales dependería menos de los suministros terrestres. También podría convertirse, a largo plazo, en una estación de repostaje para vehículos que operen alrededor de la Luna o viajen hacia otros destinos. La NASA ya desarrolla tecnologías para obtener agua y oxígeno del regolito, almacenar energía y construir carreteras, plataformas de aterrizaje y barreras protectoras con materiales lunares.
Pero todavía se desconoce cuánto hielo puede recuperarse realmente, a qué profundidad se encuentra y si aparece en grandes depósitos o mezclado en bajas concentraciones con el suelo. NASA seleccionó sus regiones de aterrizaje buscando proximidad a zonas permanentemente sombreadas, aunque intenta evitar que los motores, el polvo o las actividades humanas contaminen muestras científicas que llevan eones intactas.
Tampoco bastará con colocarse junto a un cráter. Una base necesitará superficies relativamente planas, acceso a luz, rutas transitables, comunicaciones y distancia suficiente de otras instalaciones para que el polvo levantado por un aterrizaje no destruya paneles solares o instrumentos cercanos.
Estados Unidos y China ya han comenzado a mover sus piezas

Estados Unidos completó en abril de 2026 Artemis II, el primer vuelo tripulado alrededor de la Luna en más de medio siglo. El siguiente paso será Artemis III, una demostración prevista para 2027 en órbita terrestre baja que probará encuentros y acoplamientos entre Orion y los módulos desarrollados por SpaceX y Blue Origin. El primer regreso a la superficie se ha trasladado a Artemis IV, actualmente previsto para 2028.
La estrategia estadounidense va mucho más allá de ese alunizaje. La nueva hoja de ruta de NASA divide la construcción de su base en tres fases: experimentación y misiones robóticas hasta 2029, despliegue de infraestructura y primeros hábitats entre 2029 y 2032, y estancias humanas prolongadas a partir de entonces.
China avanza con un calendario paralelo. Chang’e 7, programada para la segunda mitad de 2026, estudiará el entorno y los recursos del polo sur mediante un orbitador, un módulo de descenso, un vehículo y una pequeña sonda saltadora. Chang’e 8 probará tecnologías para utilizar materiales locales y ambas misiones deberían formar la base inicial de la Estación Internacional de Investigación Lunar.
Pekín también desarrolla la nave Mengzhou, el módulo Lanyue y el cohete Larga Marcha 10 para enviar astronautas alrededor de 2030, explica Reuters. La primera versión de su estación internacional está proyectada para 2035 en la región polar, con una ampliación mucho mayor durante la década de 2040.
Nadie puede quedarse con la Luna, pero llegar primero sigue otorgando poder
Legalmente, Estados Unidos o China no pueden reclamar un cráter, una montaña ni un depósito de hielo como territorio nacional. El Tratado del Espacio Ultraterrestre de 1967 establece que la Luna no está sujeta a apropiación mediante soberanía, ocupación o cualquier otro mecanismo. Además, exige que las actividades tengan en cuenta los intereses de los demás y eviten interferencias perjudiciales.
El vacío aparece cuando se pasa del territorio a los recursos. Los Acuerdos Artemis (un marco no vinculante impulsado por Estados Unidos y no firmado por China) sostienen que la extracción de materiales espaciales no constituye necesariamente una apropiación nacional. También contemplan “zonas de seguridad” temporales para coordinar actividades y evitar interferencias.
En teoría, esas zonas no crearían fronteras. En la práctica, una base, una mina, una central energética y sus rutas de acceso podrían reservar operacionalmente algunos de los lugares más útiles. Nadie sería dueño del suelo, pero otros actores tendrían que mantener cierta distancia para no poner en peligro las instalaciones.
Esa será probablemente la verdadera lucha por la Luna. No veremos países coloreando mapas como hicieron los imperios terrestres, sino robots, antenas, reactores y plataformas de aterrizaje creando hechos consumados sobre el terreno.
La primera potencia que consiga extraer agua, generar energía y mantener una tripulación tendrá algo más valioso que una bandera: una ventaja logística capaz de definir quién establece las reglas de la vida lunar durante las próximas décadas.