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Ciencia

La sal pudo hacer todavía más extrema la “Tierra bola de nieve” de hace 700 millones de años

Un nuevo estudio propone que los cristales de sal acumulados sobre el hielo marino pudieron intensificar las grandes glaciaciones del Neoproterozoico. Al reflejar hasta el 93% de la luz solar, estas superficies habrían reforzado el enfriamiento una vez que la Tierra ya estaba ampliamente congelada.
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Hace unos 700 millones de años, nuestro planeta atravesó algunos de los episodios glaciales más extremos conocidos. Durante las llamadas fases de “Tierra bola de nieve”, enormes cantidades de hielo cubrieron las latitudes terrestres y pudieron extenderse incluso hasta regiones tropicales.

La explicación habitual incluye una potente retroalimentación climática. Cuanto más hielo se forma, más radiación solar refleja la superficie. Eso reduce la cantidad de energía absorbida por el planeta, disminuye todavía más la temperatura y permite que el hielo continúe expandiéndose.

Ahora, investigadores de la Universidad Ártica de Noruega plantean que la sal marina pudo haber reforzado considerablemente ese mecanismo. El trabajo fue publicado en agosto de 2026 en Climate of the Past.

Cuando el agua se congela, la sal queda atrás

El mecanismo comienza con un proceso bastante conocido.

Cuando el agua del océano se congela, la mayor parte de las sales disueltas no quedan incorporadas directamente a la estructura del hielo. En cambio, se concentran en pequeñas cantidades de líquido salado atrapado en su interior.

La sal pudo hacer todavía más extrema la “Tierra bola de nieve” de hace 700 millones de años
© Science Channel
– Youtube.

Si las temperaturas continúan cayendo lo suficiente, algunos de esos compuestos pueden empezar a cristalizar.

En regiones donde el hielo pierde masa mediante sublimación, pasando directamente de sólido a vapor, los cristales pueden permanecer en la superficie y acumularse formando depósitos muy reflectantes. Ahí aparece la clave del nuevo estudio.

Una superficie capaz de reflejar el 93% de la luz

Algunos cristales de sal presentes en el hielo marino presentan un albedo extraordinariamente elevado.

Los investigadores utilizaron para su modelo un valor de 0,93 para los cristales de hidrohalita, lo que significa que una superficie cubierta por ellos podría reflejar alrededor del 93% de la radiación solar que recibe.

Eso permitiría generar una nueva retroalimentación: el frío favorece la cristalización de sales, esas sales hacen que el hielo sea más brillante y, al reflejar más energía, la superficie continúa enfriándose. Los autores denominan al proceso retroalimentación sal-albedo.

El modelo encontró dos posibles Tierras congeladas

Al introducir este fenómeno en un modelo climático simplificado, los científicos obtuvieron dos estados estables de una Tierra completamente congelada.

En uno, el hielo marino permanecía sin grandes depósitos superficiales de sal. En el otro, las zonas de hielo desnudo estaban cubiertas por cristales altamente reflectantes y el planeta alcanzaba temperaturas significativamente inferiores. En las simulaciones, una vez iniciada la acumulación de sal, el sistema tendía a desplazarse hacia ese estado más frío.

La cristalización tampoco tendría que esperar necesariamente a temperaturas extremas de -36 °C. Algunos componentes del agua marina pueden empezar a precipitar antes: la mirabilita alrededor de -8 °C y la hidrohalita cerca de -23 °C.

La sal no habría iniciado la glaciación

Hay un matiz importante: el estudio no propone que la sal provocara por sí sola la Tierra bola de nieve.

El mecanismo necesitaría que una glaciación extensa ya estuviera en marcha para que se desarrollaran las condiciones adecuadas. Su papel habría sido el de un amplificador, haciendo todavía más intenso el enfriamiento inicial.

Además, el modelo no reproduce toda la complejidad del planeta. No incluye de forma detallada el movimiento del hielo marino, y todavía se desconoce si los depósitos de sal podrían mantenerse estables durante largos periodos. Los propios autores señalan estas limitaciones.

Por ahora, se trata por tanto de una hipótesis respaldada por modelos, no de una explicación definitiva.

Pero añade una pieza nueva a uno de los episodios más extremos de la historia climática terrestre: una vez que el planeta comenzó a congelarse, la misma sal del océano pudo haber convertido su superficie en un espejo todavía más eficiente, ayudando a empujar a la Tierra hacia un frío aún más extremo.

Fuente: Meteored.

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