Cada vez que las antenas de la NASA captan un mensaje de la Voyager 1, están escuchando algo que partió casi un día antes. La señal, emitida por un transmisor de unos 20 vatios, menos potencia que la de muchas bombillas domésticas, viaja a la velocidad de la luz durante cerca de 23 horas hasta llegar a la Tierra, convertida en un susurro que solo los radiotelescopios más grandes del planeta pueden detectar.
La sonda, lanzada en 1977, se encuentra hoy a unos 25.700 millones de kilómetros de nosotros. Es el objeto construido por el ser humano más lejano que existe. Y en pocas semanas alcanzará un hito simbólico que ninguna otra máquina alcanzó: estar a un día luz de distancia.
Un día luz, un límite simbólico

Un día luz es la distancia que recorre la luz en 24 horas: unos 25.900 millones de kilómetros. Según las estimaciones, la Voyager 1 cruzará esa marca alrededor del 13 de noviembre de 2026. A partir de entonces, cualquier orden enviada desde la Tierra tardará un día completo en llegar a la nave, y la respuesta, otro día más en volver.
Para dimensionarlo, en ese momento la sonda estará unas 5,6 veces más lejos que Neptuno, el último planeta del sistema solar. Y, sin embargo, habrá recorrido apenas un 0,0027% de la distancia que nos separa de Próxima Centauri, la estrella más cercana. La Voyager 1 avanza a unos 61.000 kilómetros por hora en dirección a la constelación de Ofiuco.
Conversar a 160 bits por segundo
Comunicarse con la Voyager 1 es un ejercicio de paciencia extrema. Las órdenes se envían a apenas 16 bits por segundo, y los datos científicos llegan a unos 160 bits por segundo, una velocidad cientos de miles de veces menor que la de una conexión de internet hogareña. Cada mensaje es recogido por la Red de Espacio Profundo de la NASA, un sistema de enormes antenas ubicadas en California, España y Australia.
Esa lentitud complica cualquier reparación. A fines de 2023, la sonda empezó a enviar datos ininteligibles, y los ingenieros tardaron unos cinco meses en diagnosticar el problema: un chip de memoria dañado. Lo resolvieron reprogramando a distancia una computadora diseñada en los años setenta, una hazaña que se volvió célebre en la comunidad científica.
Apagar para sobrevivir

El gran enemigo de la Voyager 1 es la energía. La sonda se alimenta de un generador de radioisótopos que convierte en electricidad el calor del plutonio-238, y cada año produce unos 4 vatios menos. Para seguir funcionando, la NASA fue apagando instrumentos. El más reciente fue el experimento de partículas cargadas de baja energía, que dejó de operar en abril de 2026 tras casi 49 años de trabajo, como informó la agencia espacial estadounidense.
“La Voyager 1 todavía tiene dos instrumentos científicos en funcionamiento, que siguen trabajando muy bien y envían datos de una región del espacio que ninguna otra nave construida por humanos exploró jamás”, explicó Kareem Badaruddin, responsable de la misión. Esos instrumentos miden el campo magnético y las ondas del plasma del espacio interestelar, el medio que la sonda atraviesa desde 2012, cuando dejó atrás la burbuja de viento solar que envuelve a nuestro sistema.
El “Big Bang” que puede darle más tiempo
Para estirar la vida de las sondas, los ingenieros diseñaron una maniobra arriesgada que bautizaron “Big Bang”: apagar de una sola vez varios componentes que consumen mucha energía y reemplazarlos por alternativas de menor consumo, sin que la nave se enfríe demasiado. La probaron primero en la Voyager 2, su gemela, y en agosto de 2026 la NASA confirmó que funcionó: la sonda ganó al menos un año más de operación con sus tres instrumentos activos.
La agencia planea aplicar el mismo procedimiento en la Voyager 1 en los próximos meses. Si sale bien, incluso podría reactivarse el instrumento apagado en abril. Aun así, el final es inevitable: la NASA estima que hacia 2036 la señal de la sonda será demasiado débil para detectarla. Hasta entonces, la Voyager 1 seguirá enviando, a casi un día luz de casa, los únicos datos que tenemos del espacio entre las estrellas.