Tony Emmi tiene unas 120 hectáreas de campo en Baldwinsville, en el centro del estado de Nueva York. Durante años las trabajó como cualquier productor de la zona, lidiando con los precios de los cultivos perecederos, la falta de mano de obra y los costos en alza. En 2023 tomó una decisión que muchos de sus vecinos todavía debaten: alquiló unas 12 hectáreas, alrededor de 30 acres, a una empresa de energía solar.
El negocio le resultó rentable. Según contó, cobra entre 1.500 y 1.800 dólares por acre al año, es decir, entre 45.000 y 54.000 dólares anuales, sin tener que sembrar, cosechar ni contratar trabajadores en esa parte de su campo. Además, los impuestos inmobiliarios no se descuentan de ese pago.
Por qué los agricultores alquilan su tierra al sol

El caso de Emmi no es aislado. En Estados Unidos, los contratos de arrendamiento solar se volvieron una alternativa cada vez más atractiva para productores presionados por la volatilidad de los mercados agrícolas. A diferencia de una cosecha, cuyo valor depende del clima, las plagas y los precios internacionales, el alquiler solar ofrece un ingreso fijo y previsible durante décadas.
Estos contratos suelen extenderse por 20 años o más, la vida útil típica de un parque fotovoltaico. Instituciones como la extensión cooperativa de la Universidad de Cornell ofrecen a los productores guías para evaluar estas propuestas, revisar las cláusulas de retiro de los equipos al final del contrato y entender el impacto sobre el suelo.
Para las empresas de energía, los campos agrícolas son ideales: son terrenos planos, despejados, con buena exposición al sol y, muchas veces, cerca de líneas eléctricas. Nueva York, en particular, impulsa con fuerza la energía solar distribuida y ya superó los 8 gigavatios instalados.
El otro lado: la pérdida de tierra fértil

El auge también genera preocupación. Emmi mismo reconoce que la parcela alquilada era “muy buena tierra de cultivo”. Y ahí está el centro del debate: si los paneles ocupan los mejores suelos, se pierde capacidad de producir alimentos en zonas donde la tierra agrícola de calidad es un recurso limitado.
Brian Reeves, productor del condado de Onondaga y presidente de la Junta de Protección de Tierras Agrícolas local, defiende que los proyectos solares se instalen preferentemente en suelos de menor calidad. Otros especialistas proponen herramientas como las servidumbres de conservación, acuerdos que protegen de forma permanente las tierras agrícolas del desarrollo. Solo en el condado de Onondaga, unas 4.800 hectáreas ya están resguardadas con este mecanismo.
Las cifras, de todos modos, relativizan el problema a escala estatal. En los últimos 15 años se construyeron en Nueva York parques solares sobre unas 8.100 hectáreas, apenas el 0,3% de los aproximadamente 2,6 millones de hectáreas agrícolas del estado. La presión, sin embargo, se concentra en algunas zonas, donde también compite con otros desarrollos, como la gran fábrica de semiconductores que la empresa Micron planea construir en la región.
Agrovoltaica: paneles y cultivos en el mismo lugar
Una posible salida al dilema es la agrovoltaica, que combina en la misma parcela la generación de energía con la producción agrícola. Los paneles se instalan elevados o más espaciados para permitir cultivos debajo o entre las filas, o para que pasten animales, sobre todo ovejas, que además mantienen la vegetación bajo control.
Diversos ensayos muestran que la sombra parcial de los paneles puede reducir la evaporación del agua y proteger algunos cultivos del calor extremo, una ventaja cada vez más valiosa con el cambio climático. La técnica ya se prueba en distintos países, incluidos algunos de América Latina, donde la expansión de la energía solar también empieza a competir por el uso del suelo rural.
Para productores como Emmi, la ecuación hoy es simple: menos riesgo, menos trabajo y un ingreso asegurado. Para la sociedad, la pregunta es más compleja: cómo producir la energía limpia que se necesita sin sacrificar la tierra que alimenta a la población.