El Ártico soviético planteaba un problema tan sencillo de formular como difícil de resolver. Moscú necesitaba mantener navegable y señalizada una costa gigantesca, pero colocar personal permanentemente en lugares aislados por hielo, oscuridad polar y miles de kilómetros de distancia era caro y, en muchos casos, poco práctico.
La solución que empezó a extenderse en los años 60 parecía hecha a medida: instalar generadores termoeléctricos de radioisótopos, los famosos RTG. No necesitaban combustible convencional, apenas tenían partes móviles y podían suministrar electricidad durante años sin que nadie estuviera allí para supervisarlos. La Agencia Internacional de Energía Atómica los describía precisamente como una tecnología especialmente adecuada para instalaciones remotas donde las baterías, los generadores convencionales o incluso los paneles solares resultaban poco prácticos.
Funcionó. Quizá demasiado bien.
No eran pequeños reactores nucleares. Eran enormes baterías radiactivas

Aunque hablar de «faros nucleares» resulta irresistible, dentro no había un reactor. Los RTG no producen una reacción nuclear en cadena: aprovechan simplemente el calor generado por la desintegración de un material radiactivo y lo convierten en electricidad mediante termopares. Por eso tampoco pueden sufrir una fusión del núcleo como una central nuclear.
En Rusia, muchos utilizaban estroncio-90. Y no en cantidades triviales.
La IAEA señalaba en 2006 que los RTG rusos podían contener fuentes con actividades de miles de terabecquerelios, suficientes para clasificarlas dentro de la categoría de fuentes radiactivas más peligrosas. Ese mismo año Rosatom contabilizaba 651 RTG pendientes de ser retirados o sustituidos en distintos puntos de Rusia. Solo en las regiones de Murmansk y Arkhangelsk había habido casi 200 en 1993.
Mientras existía una infraestructura capaz de controlarlos, aquella autonomía era precisamente su virtud. Cuando la Unión Soviética desapareció, se convirtió en su mayor problema.
El faro podía quedar abandonado. La radiactividad no

Muchos equipos estaban en emplazamientos remotos, apenas protegidos y extremadamente difíciles de inspeccionar. La IAEA documentó casos en los que chatarreros desmontaron los generadores buscando metales aprovechables y dejaron atrás la fuente radiactiva, ya sin su blindaje.
Uno de los episodios más surrealistas ocurrió en 1999. Un RTG había sido saqueado y su fuente radiactiva terminó junto a una parada de autobús en Kingisepp, en la región de Leningrado. Las autoridades consiguieron recuperarla. Dos años después, tres fuentes fueron robadas de faros en la bahía de Kandalaksha, aunque también acabaron siendo localizadas.
El peligro quedó todavía más claro en Georgia en diciembre de 2001. Tres hombres que recogían leña encontraron dos objetos que desprendían calor en mitad de un bosque y los utilizaron para calentarse. Eran fuentes de estroncio-90 procedentes de RTG soviéticos abandonados. Horas después comenzaron las náuseas, vómitos y mareos; posteriormente aparecieron graves lesiones por radiación. La IAEA terminó interviniendo en su recuperación.
El sueño soviético de una infraestructura que no necesitaba personas había dejado, décadas después, fuentes radiactivas que precisamente necesitaban vigilancia.
Al final, los paneles solares ganaron la batalla
Rusia, Noruega, Estados Unidos y otros países pusieron en marcha durante años programas para recuperar los generadores y sustituirlos. Solo el proyecto noruego había retirado más de 60 RTG de la península de Kola para 2006, reemplazándolos por paneles solares y baterías.
El proceso fue enorme. Un informe oficial ruso todavía registraba 224 RTG operativos a comienzos de 2011, todos destinados a ser retirados. Para 2021, responsables de la red de navegación de la Ruta Marítima del Norte aseguraban que los antiguos generadores de estroncio ya habían desaparecido de sus instalaciones y que las señales modernas funcionaban con energía solar y baterías.
La tecnología soviética había resuelto brillantemente un problema del Ártico: cómo mantener encendida una luz durante años donde prácticamente nadie podía vivir. Lo que no resolvió fue qué ocurriría cuando quienes habían instalado esas baterías radiactivas dejaran de estar allí para recordarlas.