No es una cucaracha robot, sino un animal con una mochila electrónica
En un edificio derrumbado, una abertura de pocos centímetros puede resultar demasiado estrecha para un rescatista, un dron o un robot terrestre. Una cucaracha, en cambio, puede atravesar espacios reducidos, superar obstáculos irregulares y recuperar la posición cuando cae boca arriba.
Varios equipos de investigación están aprovechando esas capacidades naturales para crear insectos cíborg. El animal conserva sus músculos y su sistema locomotor, pero transporta una pequeña mochila con batería, comunicaciones, sensores y electrodos que permiten modificar parcialmente su dirección.
La especie utilizada habitualmente es la cucaracha silbadora de Madagascar. Su cuerpo, de unos seis centímetros en ejemplares adultos, es suficientemente grande y resistente para transportar componentes electrónicos. Además, carece de alas funcionales que compliquen la instalación del equipo.
Los investigadores pueden indicarle hacia dónde moverse
Los electrodos envían pequeños estímulos eléctricos que inducen al insecto a girar, reducir la velocidad o avanzar en una dirección determinada. El control no es tan exacto como el de un vehículo mecánico, porque la cucaracha continúa tomando decisiones y respondiendo a su entorno.
Un sistema desarrollado por la Universidad Tecnológica de Nanyang logró giros superiores a 70 grados y reducciones de velocidad de hasta el 68 % mediante órdenes remotas. Cuatro insectos equipados exploraron más del 80 % de un escenario con obstáculos en aproximadamente diez minutos y medio.

Sus mochilas pueden incorporar cámaras infrarrojas y sensores destinados a detectar señales de vida. Si una cucaracha encuentra una fuente de calor compatible con una persona atrapada, puede transmitir la información a los equipos de emergencia situados fuera de los escombros.
Algunas ya fueron desplegadas tras un terremoto real
La tecnología dejó de estar limitada al laboratorio en marzo de 2025. Diez cucarachas cíborg fueron trasladadas a Myanmar como parte de una operación de búsqueda y rescate organizada después del terremoto de magnitud 7,7.
Fue la primera utilización conocida de insectos híbridos en una misión humanitaria real. Los dispositivos no localizaron supervivientes, pero el despliegue permitió probar cómo se transportan, preparan y utilizan en un escenario de desastre auténtico.
Uno de los problemas prácticos era el tiempo necesario para convertir cada insecto en cíborg. El montaje manual podía prolongarse durante más de una hora. En 2025, el equipo de Hirotaka Sato presentó un sistema automatizado con visión artificial y un brazo robótico capaz de instalar la mochila en 68 segundos.
Una célula solar flexible intenta resolver la falta de batería
Otro equipo, liderado por Kenjirō Fukuda en el instituto japonés RIKEN, desarrolló una célula solar orgánica de solo cuatro micrómetros de grosor. El módulo se adapta al abdomen sin impedir que la cucaracha camine o se dé vuelta cuando queda boca arriba.
La célula produjo hasta 17,2 milivatios, más de 50 veces la potencia de otros sistemas de captación energética instalados anteriormente sobre insectos vivos. La energía se almacena en una batería que alimenta el control inalámbrico.
Esto no permite una autonomía ilimitada. En las pruebas iniciales, 30 minutos de iluminación proporcionaron energía para unos dos minutos de comunicación y control continuos. El sistema demostró que la batería puede recargarse sobre el propio animal, pero todavía requiere mejoras antes de utilizarse durante misiones prolongadas.
Un traje les permite trabajar durante tres horas bajo el agua
En 2026, investigadores de NTU y la Universidad de Waseda presentaron un traje flexible para extender las operaciones a zonas inundadas o con poco oxígeno. La cubierta impermeable incorpora un generador que produce oxígeno mediante la reacción entre peróxido de hidrógeno y dióxido de manganeso.
El gas llega por tubos a los espiráculos torácicos del insecto. Durante los experimentos, las cucarachas mantuvieron la respiración y el movimiento bajo el agua durante un máximo de tres horas.
El traje sigue siendo experimental y todavía debe probarse en entornos que reproduzcan mejor un desastre. Tampoco convierte a estos animales en sustitutos de perros, cámaras especializadas o robots de rescate.
Su ventaja está en otro lugar: aprovechar una plataforma biológica que ya sabe caminar, trepar y sortear escombros. La cucaracha aporta el cuerpo; la electrónica añade ojos, comunicaciones y cierto control. El resultado es una herramienta inquietante, pero capaz de entrar donde ninguna máquina convencional consigue hacerlo.