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Ciencia

Lo que las peores inundaciones de la historia nos están gritando (y no estamos escuchando)

Un nuevo estudio científico ha descubierto datos que podrían cambiar por completo cómo entendemos las crecidas fluviales más extremas del planeta. Las inundaciones más letales de hoy no son las peores que ha visto la Tierra, y eso plantea un problema mayor del que imaginamos
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Cuando vemos imágenes de ciudades sumergidas, puentes colapsados o pueblos enteros desapareciendo bajo el agua, pensamos que estamos ante desastres sin precedentes. Pero, ¿y si no fuera así? ¿Y si el verdadero peligro fuera no saber lo que ocurrió hace siglos? Un nuevo análisis geológico está desafiando esa visión. Y las conclusiones pueden cambiar todo lo que creíamos saber sobre el riesgo de inundaciones.

Mirar al pasado para entender el futuro

Las Peores Inundaciones
© Unsplash – Chris Gallagher

Un equipo de investigadores liderado por la Universidad de Exeter ha revelado que las recientes inundaciones en países como Alemania, Pakistán o España, por devastadoras que hayan sido, no se comparan con algunas que ocurrieron en el pasado remoto. A través del análisis de lo que se conoce como paleoinundaciones —eventos de crecidas registrados en capas geológicas, sedimentos o desplazamientos rocosos— se ha logrado reconstruir la historia oculta del comportamiento de los grandes ríos durante milenios.

El problema es que gran parte de la infraestructura crítica que construimos hoy (puentes, viviendas, diques) se basa en cálculos de recurrencia realizados con registros hídricos de apenas los últimos 100 años. Según los científicos, eso equivale a jugar a la ruleta con el clima. “Estamos subestimando los verdaderos riesgos”, advierte el profesor Stephan Harrison.

Cuando las aguas realmente se salieron de control

Las Peores Inundaciones
© Unsplash – Claudio Schwarz

Los científicos estudiaron depósitos fluviales en diversas regiones de Europa para comprobar hasta qué punto estamos malinterpretando la frecuencia y magnitud de las inundaciones. Uno de los ejemplos más llamativos es el del río Rin, cuyos registros abarcan más de 8.000 años. En ese lapso, se han detectado al menos 12 eventos que superaron con creces las peores inundaciones registradas en tiempos modernos.

Algo similar ocurrió en la cuenca del río Severn en Reino Unido. Aunque las inundaciones del año 2000 causaron enormes daños, el análisis reveló que una crecida ocurrida hacia el año 250 a.C. tuvo un caudal al menos un 50% mayor. De hecho, los últimos 72 años en esa región han sido relativamente tranquilos desde un punto de vista histórico.

Y en España, los sedimentos de antiguas inundaciones en la región de Valencia también muestran que las mayores crecidas del pasado superaron las actuales, desafiando la percepción de que el presente es más extremo que cualquier otra época.

Cambio climático sí, pero no es lo único

Los investigadores no niegan el papel del cambio climático en la intensificación de fenómenos extremos. Sin embargo, el estudio destaca que atribuir todas las inundaciones actuales únicamente al calentamiento global es una simplificación peligrosa. En realidad, la interacción entre factores naturales, variabilidad climática histórica y la acción humana genera un escenario mucho más complejo.

“El clima está cambiando, sí, pero no partimos de cero”, explica Harrison. “Ya hemos vivido situaciones extremadamente violentas, aunque no tengamos memoria de ellas. Si no las consideramos, nuestras proyecciones futuras estarán incompletas y nuestras ciudades mal preparadas”.

El pasado como herramienta de supervivencia

El profesor Mark Macklin advierte que sin una base de datos amplia y profunda, los modelos de predicción simplemente fallan. Si seguimos usando como única referencia los registros modernos, corremos el riesgo de diseñar infraestructuras que no soportarán la magnitud de lo que podría venir.

Por eso, los autores del estudio —publicado en la revista Climatic Change— insisten en que es urgente incorporar la ciencia paleohidrológica en los sistemas de evaluación de riesgo. No solo para mejorar la precisión de los modelos, sino también para desarrollar políticas públicas de adaptación realmente eficaces.

La historia del agua es más antigua y más violenta de lo que creíamos. Y si no escuchamos lo que nos cuentan las piedras y los sedimentos, podríamos estar caminando directo hacia una catástrofe repetida.

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