El asteroide que marcó el fin de los dinosaurios provocó una devastación a escala planetaria. Los océanos, en particular, sufrieron una crisis sin precedentes. Sin embargo, en medio de la destrucción, una familia de invertebrados marinos logró lo improbable: sobrevivir sin perder su lugar en el ecosistema. Un hallazgo reciente revela que su éxito evolutivo no solo fue excepcional, sino estadísticamente imposible.
La sorprendente resistencia de los bivalvos

El evento de extinción de hace 66 millones de años acabó con más del 70 % de las especies marinas. Criaturas como los ammonites y los mosasaurios desaparecieron por completo. Pero los bivalvos (moluscos como almejas, ostras y mejillones) no solo resistieron el impacto, sino que mantuvieron intactas casi todas las funciones que desempeñaban antes de la catástrofe.
Así lo explica el paleobiólogo Stewart Edie en The Conversation, basado en su estudio publicado en Science Advances. De las trece estrategias ecológicas documentadas en estos animales antes del impacto, solo dos se extinguieron. Esto incluye formas de vida como el filtrado de plancton, la simbiosis con bacterias y hasta comportamientos carnívoros. “No debió suceder”, afirma Edie, reconociendo que los modelos evolutivos no logran explicar del todo este fenómeno.
Un fondo marino reconfigurado

Pese a esta resiliencia, el mundo marino posterior al impacto no fue el mismo. Especies dominantes como los rudistas (formadores de arrecifes en el Mesozoico) desaparecieron por completo. Algunas funciones no recuperaron su diversidad original, mientras que otras se expandieron de manera inesperada. Por ejemplo, los trigónidos, conchas resistentes con estructuras complejas, sobrevivieron pero no lograron diversificarse como se esperaba, y hoy apenas habitan algunas costas de Australia.
Los científicos advierten que el caso de los bivalvos ofrece una lección importante para nuestro presente. Aunque algunas especies sobreviven a las grandes extinciones, el equilibrio ecológico se ve alterado de forma profunda. El estudio concluye que estos eventos no solo eliminan formas de vida, sino que transforman la funcionalidad misma de los ecosistemas, con consecuencias que pueden durar millones de años.