La imagen clásica del neandertal como un cazador tosco, limitado a perseguir grandes animales tierra adentro, lleva años resquebrajándose. Primero aparecieron pruebas de uso de pigmentos, después herramientas complejas y enterramientos. Ahora, el mar vuelve a convertirse en escenario de otra corrección histórica.
En la cueva de Los Aviones, situada en la costa de Cartagena y amenazada hoy por la subida del nivel del mar, un equipo de investigadores ha encontrado evidencias de que los neandertales recogían y consumían moluscos hace unos 115.000 años. Pero el detalle realmente sorprendente no es ese. Lo verdaderamente llamativo es cuándo lo hacían.
Los neandertales preferían el invierno para mariscar

El estudio, publicado en PNAS, analizó decenas de conchas de dos especies marinas: el caracolillo del Mediterráneo (Phorcus turbinatus) y la lapa herrumbrosa (Patella ferruginea). Gracias al estudio isotópico del oxígeno presente en el carbonato cálcico de las conchas, los científicos lograron determinar en qué época del año habían sido recolectadas.
El resultado fue inesperadamente preciso: cerca del 80% de los caracolillos fueron consumidos entre noviembre y abril. En verano, en cambio, apenas aparecen restos. El patrón se repite con las lapas. Eso implica que los neandertales no recogían recursos marinos al azar. Había una selección temporal clara. Y esa estrategia coincide casi exactamente con la utilizada por comunidades de Homo sapiens miles de años después, tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico europeo.
La explicación tiene bastante sentido incluso vista desde el presente. En los meses cálidos proliferan bacterias y fenómenos tóxicos como las mareas rojas. Además, muchos moluscos pierden calidad nutricional tras reproducirse. En invierno ocurre justo lo contrario: concentran más grasas, proteínas y reservas energéticas.
En otras palabras: los neandertales quizá sabían perfectamente cuándo el mar ofrecía su mejor alimento, como identifica El País.
El hallazgo desmonta otra vieja idea sobre la evolución humana
Durante mucho tiempo, parte de la paleoantropología sostuvo que solo los Homo sapiens habían desarrollado la capacidad de explotar ecosistemas marinos complejos. El acceso regular a pescado, marisco y moluscos incluso llegó a presentarse como una de las claves biológicas detrás del éxito evolutivo de nuestra especie.
El problema es que los hallazgos de las últimas décadas empezaron a romper esa narrativa. Cuevas de la península ibérica llevan años ofreciendo pruebas incómodas para aquella visión tan lineal de la evolución humana. En Málaga, por ejemplo, ya se habían encontrado restos de moluscos asociados a neandertales con más de 150.000 años de antigüedad. Ahora, Los Aviones añade otro elemento todavía más sofisticado: planificación estacional. Y eso cambia bastante las cosas.
Porque una cosa es aprovechar lo que aparece delante de ti. Otra muy distinta es entender los ciclos naturales de un ecosistema y adaptar la recolección a los momentos más eficientes del año.
Puede que los neandertales entendieran el mar mucho mejor de lo que imaginábamos

Los investigadores todavía no pueden demostrar si aquellos grupos elegían el invierno porque los moluscos “sabían mejor”. Pero tampoco existe evidencia que descarte esa posibilidad.
De hecho, los ciclos reproductivos de especies como Phorcus turbinatus hacen que su valor nutricional y su contenido graso alcancen máximos precisamente antes del desove. Algo parecido sigue ocurriendo hoy con ostras, mejillones o erizos, cuya pesca tradicional suele concentrarse en determinadas épocas por razones muy similares.
También existe otra hipótesis: que los neandertales alternaran montaña y costa según la estación. Durante el verano podrían desplazarse a zonas interiores más frescas y regresar al litoral en invierno, aprovechando recursos marinos cuando las temperaturas bajaban.
Sea cual sea la explicación definitiva, el hallazgo vuelve a señalar lo mismo que muchos descubrimientos recientes llevan años insinuando: los neandertales no eran una versión “inferior” de los sapiens. Entendían su entorno, explotaban recursos complejos y tomaban decisiones mucho más sofisticadas de lo que durante décadas quisimos creer. Y quizá ahí esté la parte más incómoda de toda esta historia. Que cuanto más aprendemos sobre ellos, menos especial parece esa frontera que durante tanto tiempo trazamos entre “ellos” y “nosotros”.