Hay imágenes que terminan convirtiéndose en parte de la memoria colectiva, aunque nunca hayan ocurrido exactamente como las imaginamos. Una de ellas es la del cielo completamente oscurecido durante la crucifixión de Jesucristo. Pintores, escritores y cineastas han representado durante siglos un Sol oculto sobre el Calvario, como si todo el universo hubiera reaccionado ante aquel acontecimiento.
La escena resulta tan poderosa que parece imposible cuestionarla. Sin embargo, cuando se la observa desde la astronomía, aparece un problema fundamental: un eclipse solar no puede producirse en cualquier momento del mes lunar. Y las fechas tradicionalmente asociadas con la muerte de Jesús presentan una dificultad que cambia por completo la interpretación de aquella famosa oscuridad.

Una alineación que no podía producirse
Para que exista un eclipse solar, la Luna debe situarse entre la Tierra y el Sol. Esto ocurre únicamente durante la fase de luna nueva, cuando nuestro satélite se encuentra aproximadamente alineado con ambos cuerpos y su sombra puede proyectarse sobre determinadas zonas de la superficie terrestre.
El problema aparece al comparar esta condición con el contexto temporal de la crucifixión. Los evangelios de Marcos, Mateo y Lucas describen una oscuridad extraordinaria que habría cubierto la región durante varias horas. Sin embargo, el fallecimiento de Jesús se sitúa en torno a la Pascua judía, vinculada al comienzo del mes de Nisán y a una Luna llena.
Durante la Luna llena, la configuración es completamente diferente: la Tierra se encuentra entre el Sol y la Luna. Por eso, en esas circunstancias puede producirse un eclipse lunar, pero no uno solar.
Los cálculos astronómicos realizados mediante reconstrucciones del cielo antiguo permiten comprobar además cuándo fueron visibles los eclipses desde aquella región. No existe un eclipse total de Sol que encaje con las fechas probables de la crucifixión. Uno de los acontecimientos cercanos que suele aparecer en estas reconstrucciones tuvo lugar el 24 de noviembre del año 29 d. C., pero se encontraba demasiado alejado temporalmente de la Pascua.
Hay otra dificultad. Incluso un eclipse solar total real no podría explicar por sí solo las tres horas de oscuridad descritas en los relatos. La totalidad de un eclipse tiene una duración limitada y, en el caso máximo, puede alcanzar algo más de siete minutos.
La escena, por tanto, parece esconder otra explicación.
El cielo pudo oscurecerse sin un eclipse
Descartada la posibilidad astronómica de un eclipse solar en esas circunstancias, los investigadores han planteado diferentes hipótesis para explicar el fenómeno descrito en los textos antiguos.
Una de ellas apunta a fenómenos atmosféricos capaces de oscurecer considerablemente el cielo. En Oriente Próximo son conocidos los episodios de fuertes tormentas de polvo, capaces de transportar enormes cantidades de partículas y convertir el día en una escena extraordinariamente sombría. Una tormenta de este tipo podría haber generado una oscuridad prolongada sin necesidad de que la Luna bloqueara al Sol.
También se han considerado otras posibilidades, como episodios excepcionales de polvo atmosférico, calima o incluso partículas procedentes de erupciones volcánicas lejanas. Sin embargo, ninguna de estas hipótesis puede demostrarse de manera definitiva a partir de los relatos disponibles.
Existe además una interpretación completamente distinta: que la oscuridad no pretendiera describir un fenómeno meteorológico concreto.
En la literatura antigua era frecuente utilizar imágenes cósmicas para señalar la muerte de grandes personajes o acontecimientos considerados trascendentales. La desaparición de la luz podía representar simbólicamente el duelo de la naturaleza. Desde esta perspectiva, los evangelios no estarían intentando ofrecer una descripción astronómica, sino transmitir la dimensión extraordinaria que sus autores atribuían a la muerte de Jesús.
Ya en la Antigüedad, algunos autores discutieron la posibilidad de que aquella oscuridad hubiese sido provocada por un eclipse. El teólogo Orígenes, en el siglo III, consideró problemática esa interpretación y planteó que la oscuridad podía responder a otras causas.
Cuando el arte convirtió la oscuridad en realidad
Con el paso de los siglos, la diferencia entre símbolo, tradición y fenómeno astronómico comenzó a diluirse. La imagen del cielo oscurecido terminó instalada con enorme fuerza en el imaginario occidental.
Los artistas encontraron en aquella escena un recurso visual perfecto. Un cielo negro sobre el Calvario permitía expresar dolor, tragedia y trascendencia de una manera mucho más intensa que una representación cotidiana del paisaje.
La tradición apareció en mosaicos, pinturas religiosas y grandes obras del Renacimiento y el Barroco. El Greco, Velázquez, Zurbarán, Grünewald y Tintoretto recurrieron de diferentes maneras a cielos sombríos y atmósferas dramáticas para reforzar el significado espiritual de la crucifixión.
El cine tampoco escapó a la fascinación por aquella imagen. Uno de los ejemplos más llamativos ocurrió durante el rodaje de Barrabás, cuando se utilizaron imágenes de un eclipse solar real ocurrido en Italia en 1961 para recrear una escena de oscuridad asociada a la crucifixión.
Así, una escena cuya base astronómica resulta incompatible con un eclipse solar terminó convirtiéndose en una de las representaciones más reconocibles de la historia religiosa.
La ciencia no necesita negar el valor simbólico de aquella imagen. Lo que demuestra la astronomía es algo diferente: si la crucifixión ocurrió en el contexto temporal que describen las fuentes cristianas, un eclipse solar no pudo ser el responsable de aquellas tinieblas.
Quizás esa sea precisamente la parte más fascinante de la historia. El cielo que millones de personas han imaginado durante siglos probablemente pertenece más al territorio del arte, la tradición y el simbolismo que al de la astronomía. Y, aun así, la imagen consiguió sobrevivir hasta convertirse en una de las escenas más poderosas de la cultura occidental.
[Fuente: National Geograpich]