La Tierra que conocemos hoy, con sus continentes, océanos y montañas, podría deberle mucho más a la Luna de lo que imaginábamos. Hace aproximadamente 4.500 millones de años, nuestro planeta giraba a una velocidad tan extrema que un día podía durar menos de cinco horas. Su superficie no tenía la forma casi esférica actual: estaba considerablemente achatada por los polos y abultada en el ecuador. Y, según una nueva investigación, aquella deformación podría haber sido decisiva para que surgieran los primeros continentes.
La hipótesis fue presentada por Simon Lock, científico planetario de la Universidad de Bristol, en un estudio publicado el 2 de noviembre de 2026 en Journal of Geophysical Research: Solid Earth. Sus cálculos sugieren que, a medida que la Luna se alejaba y la rotación terrestre disminuía, la corteza comenzó a comprimirse y estirarse con una intensidad extraordinaria. Ese proceso habría desencadenado fenómenos geológicos capaces de transformar la superficie del planeta mucho antes de que existiera la tectónica de placas moderna.
La Tierra giraba tan rápido que su corteza pudo deformarse con una intensidad comparable a la formación del Himalaya

La historia comienza con uno de los acontecimientos más violentos del sistema solar. Según la NASA, la principal explicación sobre el origen de la Luna plantea que un cuerpo aproximadamente del tamaño de Marte chocó contra la Tierra primitiva y expulsó materiales que terminaron formando nuestro satélite.
Aquella colisión también habría dejado a nuestro planeta girando a una velocidad extraordinaria. En los escenarios más extremos del nuevo estudio, el día terrestre duraba apenas 2,3 horas, mientras que otros modelos contemplan jornadas cercanas a las cinco horas.
Esa rotación modificaba profundamente la forma de la Tierra. La fuerza centrífuga provocaba un enorme abultamiento ecuatorial y, según los cálculos de Lock, la primera corteza sólida pudo llegar a ser hasta diez veces más gruesa cerca del ecuador que en los polos.
Pero la situación empezó a cambiar cuando la Luna se alejó progresivamente. Su interacción gravitatoria con la Tierra disipó energía y ralentizó la rotación terrestre. Al perder velocidad, el planeta fue recuperando una forma más esférica, obligando a su corteza a adaptarse.
El resultado habría sido una combinación de compresión cerca del ecuador y estiramiento en las regiones polares. En determinados escenarios, la velocidad de aquella deformación pudo ser comparable a la que actualmente interviene en la formación del Himalaya.
De acuerdo con la investigación original de Lock, estos movimientos habrían generado una actividad tectónica considerable durante las primeras decenas de millones de años posteriores a la formación de la Luna.
La Luna pudo desencadenar volcanes y procesos que crearon las primeras rocas continentales

La deformación de la corteza no solo habría provocado movimientos de enormes masas rocosas. También pudo abrir fracturas que facilitaron la incorporación de agua y materiales alterados químicamente hacia zonas profundas, donde las altas temperaturas favorecían nuevas fusiones de roca.
Según explicó Science en su cobertura del hallazgo, esos mecanismos podrían haber contribuido a generar materiales semejantes al granito, característicos de la corteza continental, sin depender necesariamente de los procesos actuales de subducción.
La propuesta resulta especialmente interesante porque los geólogos llevan décadas intentando explicar por qué aparecieron materiales continentales tan temprano. Una revisión científica publicada en Reviews of Geophysics destaca precisamente las enormes dificultades para reconstruir las primeras etapas de la evolución terrestre, debido a que casi toda aquella corteza desapareció.

La hipótesis de Lock plantea que la Luna pudo proporcionar parte de la energía mecánica necesaria para iniciar aquella transformación geológica. Esto no significa que haya formado directamente los continentes actuales, sino que su influencia gravitatoria podría haber favorecido la aparición de sus primeros precursores.
Y las consecuencias quizá fueron todavía mayores. La actividad volcánica y el reciclaje de materiales habrían influido sobre la composición de la atmósfera y la evolución del interior terrestre, contribuyendo a establecer condiciones que posteriormente facilitaron la habitabilidad.
Todavía quedan preguntas importantes. Los cálculos dependen de cómo giraba realmente la Tierra primitiva, algo difícil de comprobar porque casi no existen rocas intactas de aquella época. Sin embargo, el estudio introduce una posibilidad fascinante: la Luna no habría sido únicamente una consecuencia del nacimiento violento de nuestro planeta, sino también una de las fuerzas que ayudaron a construir su primera superficie continental.