A veces, el mar no devuelve un tesoro de golpe, sino una escena detenida. Un barco hundido, su carga todavía en orden, las marcas de quienes prepararon las ánforas, los cabos, las anclas, los restos de una vela y hasta objetos cotidianos que quedaron atrapados en el mismo instante hace más de 1.700 años. Eso es lo que convierte al pecio de Ses Fontanelles, en Mallorca, en un hallazgo tan especial.
El Consell de Mallorca acaba de culminar la extracción del barco romano tras cuatro meses de trabajos subacuáticos. La operación, realizada junto con la Universitat de les Illes Balears, la Universitat de Barcelona y la Universidad de Cádiz, permitió recuperar íntegramente los restos de una embarcación del siglo IV d. C. que llevaba siglos enterrada bajo la arena frente a la Platja de Palma. Según el Consell, la última pieza del casco salió del agua el 29 de junio y fue trasladada al Castillo de San Carlos, donde permanecerá aproximadamente un año y medio en piscinas de desalación.
El dato es más importante de lo que parece. Sacar un barco antiguo del mar no significa salvarlo automáticamente. De hecho, puede ser el momento más peligroso: la madera que ha permanecido siglos sumergida puede deformarse, agrietarse o desintegrarse si se seca sin tratamiento. Por eso el pecio no pasará directamente a una vitrina, sino a un proceso largo de estabilización, restauración y estudio.
Un barco romano apareció bajo una de las playas más transitadas de Mallorca

El pecio de Ses Fontanelles fue descubierto en 2019, después de que un temporal dejara al descubierto sus restos frente a la costa de Mallorca. El hallazgo sorprendió por dos razones: estaba a muy poca profundidad y se conservaba de forma excepcional. Según publicó El País, el barco apareció a unos 65 metros de la playa y a solo dos metros bajo el agua, con una embarcación de unos 12 metros de eslora y cinco de manga cargada con 320 ánforas distribuidas en dos niveles.
El estudio publicado en Journal of Maritime Archaeology ya lo definía como un sitio clave para entender el comercio entre los siglos III y IV en el Mediterráneo occidental. La investigación documentó una nave de unos 12 metros de largo y cinco de manga, cargada con dos niveles de ánforas y procedente del sureste de la península ibérica.
Esa procedencia es fundamental. No estamos ante un barco cualquiera perdido en una ruta menor, sino ante una embarcación que conecta Mallorca con Carthago Spartaria, la actual Cartagena, en una etapa tardía del Imperio romano. Según el resumen de ICREA sobre el proyecto, Ses Fontanelles es el primer pecio romano conocido con carga de esta región localizado en aguas mediterráneas.
Las ánforas son casi un archivo comercial romano
La carga del barco es una de las grandes razones por las que el yacimiento importa tanto. Las ánforas transportaban productos como salsas de pescado fermentado, aceite y vino o derivados de la uva. Muchas conservaban todavía inscripciones pintadas, conocidas como tituli picti, que indicaban contenidos, pesos y datos comerciales. Según ICREA, el conjunto constituye la colección más amplia de tituli picti de España y una de las más relevantes de todo el mundo romano.
Ese tipo de información es oro para los arqueólogos. Las ánforas no solo dicen qué se comerciaba, sino cómo se controlaba ese comercio. El País detalló que se han recuperado 84 inscripciones, suficientes para reconstruir parte de la organización del cargamento, identificar productos como liquamen (una salsa de pescado), aceite y vino, e incluso relacionar parte de las mercancías con dos comerciantes llamados Alunnio y Ausonio.
También aparecieron señales de cristianización temprana. Algunos tapones de cerámica llevaban crismones, el monograma de Cristo, un detalle coherente con el contexto posterior al Edicto de Milán del año 313. Además, una moneda hallada en la zona del mástil, fechada en torno al año 320, ayudó a ajustar la cronología del naufragio hacia mediados del siglo IV.
Lo que salió del agua no fueron solo maderas

La extracción no se limitó al casco. Al excavar el perímetro del pecio, los arqueólogos recuperaron materiales que permiten acercarse a la vida real de la nave: ánforas casi completas, vajilla fina decorada, cerámica de cocina norteafricana, una olla usada a bordo, restos de fauna, cuatro anclas, unos 90 metros de cabos, dos cestos de fibra vegetal, una polea y un escandallo para medir la profundidad y reconocer el fondo marino. Europa Press, a partir de la información del Consell, también destaca la presencia de nudos originales conservados en algunas anclas.
Uno de los hallazgos más delicados son los restos de las velas del barco. Aunque el lino está muy deteriorado, los investigadores pudieron documentar cómo se confeccionaban mediante la unión de distintos paños, con cuerdas, nudos y refuerzos que les daban resistencia. Es un tipo de evidencia muy rara, porque los materiales orgánicos suelen desaparecer mucho antes que la cerámica o el metal.
El proyecto también había documentado piezas excepcionales en campañas anteriores, como un taladro de arco utilizado por carpinteros de ribera para reparar la embarcación, dos zapatos (uno de esparto y otro de cuero), cordajes y restos orgánicos. Según ICREA, la conservación del casco fue posible gracias a un entorno de enterramiento anóxico, es decir, con condiciones pobres en oxígeno que ralentizaron la degradación.
Ahora empieza la parte menos vistosa, pero quizá más importante
La imagen potente es la extracción: globos de flotación, una estructura metálica diseñada para evitar deformaciones, una grúa, un camión góndola y la última pieza del casco saliendo del mar. Pero la fase decisiva empieza ahora. Según el Consell de Mallorca, las maderas permanecerán en piscinas de desalación antes de ser trasladadas al laboratorio ARQVAtec del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena, donde se aplicarán tratamientos de conservación y restauración.
Europa Press detalla que ese proceso incluirá impregnación con PEG y liofilización, además del estudio de la arquitectura naval, la identificación de especies de madera, dataciones radiocarbónicas y el inventario completo de los materiales recuperados.
Ese trabajo puede ser menos espectacular que levantar una pieza del fondo del mar, pero es el que permitirá responder las preguntas de fondo: cómo estaba construido el barco, qué técnicas navales se usaban, quién organizó su carga, por qué se hundió tan cerca de la costa y qué nos dice todo eso sobre las rutas comerciales del Bajo Imperio romano.
Ses Fontanelles no es valioso solo porque haya sobrevivido 1.700 años. Lo es porque sobrevivió con contexto. Con su bodega, sus ánforas, sus etiquetas, sus cuerdas, sus herramientas y parte de su arquitectura naval. En arqueología subacuática, eso es casi lo más parecido a abrir una cápsula del tiempo: no aparece un objeto aislado, sino un sistema completo esperando a ser leído.