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Ciencia

Los jóvenes beben cada vez menos alcohol, pero hay algo que no cambia: la presión por no “cortar el rollo”

El consumo habitual de alcohol entre jóvenes españoles se ha desplomado en las últimas dos décadas, pero la presión social sigue muy presente en los espacios de ocio. Muchos jóvenes beben menos o no beben, aunque todavía sienten que deben justificarse cuando salen de fiesta.
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La Generación Z está cambiando su relación con el alcohol. No lo ha eliminado de su vida, pero ya no lo consume con la misma naturalidad ni con la misma frecuencia que generaciones anteriores. La imagen clásica de la juventud asociada de forma casi automática a la noche, el botellón y la borrachera empieza a quedar desactualizada.

Los datos lo muestran con claridad. Según el Ministerio de Sanidad, entre las personas de 15 a 24 años el consumo habitual de alcohol pasó del 43,8% en 2006 al 17,9% en 2023. Es una caída cercana al 60% en menos de dos décadas y la mayor reducción observada entre todos los grupos de edad analizados.

El cambio también aparece en los estudios de Fad Juventud. Su informe más reciente señala que el 35,6% de los jóvenes de 15 a 29 años que consumen o han consumido alcohol afirma haber reducido su ingesta, mientras que el 17,3% asegura haber dejado de beber. La tendencia apunta a una generación más consciente de los efectos del alcohol, más pendiente de la salud y menos dispuesta a asumir que beber sea obligatorio para divertirse.

Los jóvenes beben cada vez menos alcohol, pero hay algo que no cambia: la presión por no “cortar el rollo”
© Magnific

Beber menos no significa que el alcohol haya perdido poder social

La paradoja está en que el consumo baja, pero la presión sigue. Fad Juventud advierte que, aunque muchos jóvenes beben menos, el alcohol continúa muy normalizado en contextos de ocio y fiesta. Para una parte del grupo, no beber todavía exige explicación, excusa o justificación.

Ahí aparece la frase más reveladora del informe: en algunos contextos se asume que quien no bebe “corta el rollo”, estropea la diversión o queda fuera del grupo. El problema ya no es solo la cantidad de alcohol, sino el papel simbólico que conserva. Beber sigue funcionando como una forma de pertenencia, una señal de integración y una manera de no desentonar.

Esa presión resulta especialmente llamativa porque convive con una generación que sabe mejor que antes qué implica emborracharse. Muchos jóvenes reconocen que bajo los efectos del alcohol se hacen cosas que no se harían en otro contexto, se pierde control y aumenta la exposición a situaciones de riesgo. Aun así, la fiesta sigue teniendo una gramática social muy concreta: pedir agua, refresco o no beber nada todavía puede generar preguntas.

Por eso algunos jóvenes desarrollan estrategias para evitar el juicio. No se trata solo de decir “no quiero beber”, sino de esquivar la conversación que viene después. En los grupos de discusión citados por Fad Juventud, uno de los participantes contaba que a veces pide una Fanta, pero dice que es un combinado con vodka “solo para que te dejen en paz”.

Los jóvenes beben cada vez menos alcohol, pero hay algo que no cambia: la presión por no “cortar el rollo”
© Magnific

La abstinencia todavía incomoda más que el exceso

El cambio cultural, entonces, está a medio camino. La juventud bebe menos, pero la noche sigue organizada alrededor de la botella. La salud importa más, el gimnasio y el deporte ganan presencia, y hay una mayor conciencia sobre los efectos del alcohol. Sin embargo, en muchos espacios de ocio la abstinencia todavía se percibe como una rareza.

Eso obliga a mirar el fenómeno con más matices. No estamos ante una generación completamente sobria ni ante una ruptura total con el alcohol. Estamos ante una transformación desigual: baja el consumo habitual, crece el rechazo a ciertos excesos, pero persisten rituales sociales donde beber sigue siendo la norma invisible.

La industria del alcohol ya lo sabe. Su gran reto no es solo vender bebidas a una generación que consume menos, sino mantenerse presente en una cultura juvenil que empieza a discutir su papel. El problema para los jóvenes, en cambio, es más cotidiano: poder salir, divertirse y pertenecer sin que una copa funcione como peaje social.

La verdadera pregunta ya no es si la Generación Z bebe. La pregunta es por qué, incluso cuando bebe menos que nunca, todavía tiene que explicar por qué no quiere hacerlo.

 

 

Fuente: Xataka.

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